Número 59 (23/1/2018)

 La Sombra de la Solapa (1a parte), por Elsa Plaza

(Para Gabi)
 
Hoy, en un local de Caritas donde se amontonaban objetos usados -recortes de vida de tanta gente- encontré un collar hecho con diminutas frutas de cristal; estaba en una caja de latón que alguna vez había contenido turrones de la marca Puig, de Agramunt. Allí, entre botones de nácar, hebillas de metal, artilugios antiguos para máquinas de coser… brillaba el colorido del collar; era idéntico al que llevaba puesto aquella mujer de las gafas de sol. Fue en Buenos Aires y en la  misma época en la que apareció por casa La Solapa.
 
 
La Solapa era una sombra detrás del armario. En mi casa poco espacio había para secretos, toda ella se componía de una sola habitación. El día que mi padre trajo a casa La Solapa me dijo, acercándome aquel impermeable oscuro a la cara: “¡Uhhh!, no la toques… es…¡ La Solapaaaahhh!”. Y, luego de martillar un clavo detrás del armario, allí lo colgó.
 
A veces la espiaba, sobre todo de noche antes de dormir, cuando la luz de la lámpara hacía que las sombras se agigantaran.La Solapa tenía dos sombras, una casi transparente y otra muy oscura.
 
Acostumbraba a quedarme dormida en la cama de mis padres mientras ellos leían y yo los iba observando hasta que se me cerraban los ojos. El libro de mamá era enorme, y tenía unos dibujos extraños sobre papel brillante. Eran imágenes de palacios aztecas, nobles indígenas y conquistadores españoles; lo recuerdo falto de cubiertas. Años más tarde supe su título: La hija de Moctezuma. El libro de papá sí tenía cubiertas, eran de un azul grisáceo y sobre éste se destacaba recuadrado el perfil de dos hombres. Uno era de rostro anguloso y una frente que se convertía en cabeza, adornada con una prolija barba en punta; al otro, en contraste, le salía el pelo como una ráfaga de viento que se cerraba sobre su frente estrecha; un bigote patriarcal, al que yo asociaba con las raíces de un puerro, escondía su boca.
 
Una noche, arrebujada entre mis padres –y cuando el sueño ya iba bajando mis párpados mientras recorría con mi mirada las páginas de uno de esos libros que ellos sostenían entre sus manos-, se me ocurrió que las historias que leían se dibujaban en las formas que adquirían los bloques de letras; caminos tortuosos que se abrían de arriba abajo, de abajo arriba, o de izquierda a derecha. Me expliqué entonces que la lectura debería consistir en encontrar los dibujos que conformaban los bloques de letras, en su combinación con los espacios que quedaban entre ellas, de arriba abajo, de izquierda a derecha y viceversa, y así, aprendiendo a ver esos dibujos, iría surgiendo la historia que transcurría en aquellas páginas.
 
 Le expliqué mi descubrimiento a mi madre y ella me prometió que al día siguiente me compraría el libro Upa, con el que los niños argentinos de mi generación aprendimos a leer antes de ser escolarizados. 
 
Eran imágenes de palacios aztecas, nobles indígenas y conquistadores españoles
 
(…) el libro Upa, con el que los niños argentinos de mi generación aprendimos a leer
En mi hogar siempre se hablaba de política, y aunque obrera, mi familia no era peronista, a pesar de que en aquellos años casi todos lo eran. Y explico esto porque tiene que ver con la la llegada a casa, una tarde de verano -¿por qué siempre recuerdo mi vida preescolar como un largo verano?– de una mujer que preguntaba por mi padre. Llevaba un pañuelo de seda en la cabeza, gafas oscuras, cartera negra colgando del brazo. Mi madre le ofreció asiento y un vaso de refresco. Se acomodó, cruzando las piernas, con holgura, bajo una amplia falda estampada.
 
¿A qué hora vuelve Guillermo? –preguntó mientras abría su bolso y sacaba un cigarrillo, maniobrando con elegancia una pitillera. Tuve la irresistible tentación de morder una de sus uñas, perfectamente rojas, que iban y volvían de la boca a la mesa acompañando al cigarrillo. Echaba el humo torciendo los labios, y de vez en cuando una tosecita ronca acompañaba su respiración.
 
Tengo un poco de asma –dijo como disculpándose–. El tabaco no me hace bien, pero no puedo dejarlo. Además el clima de Buenos Aires…, tanta humedad. Pero el mes que viene ya vuelvo a Italia. Allí, donde yo vivo, el clima es mejor.
 
Hablaba en un perfecto castellano, italianizado en el sonido de las jotas y las erres. Me tenía hipnotizada, en aquel momento decidí que cuando fuese grande seria una mujer de gafas oscuras y cartera; no como mi madre, que cuando salía conmigo llevaba un monedero, y las manos vacías cuando lo hacia con mi padre.
(…) en aquel momento decidí que cuando fuese grande seria una mujer de gafas oscuras y cartera
Mamá escrutaba a la mujer con recelo y envidia, y no pudo contenerse de remarcar el original collar, con diminutas frutas de cristal, que llevaba.
 
¿Le gusta?, es de Murano– dijo mientras miraba su reloj pulsera con impaciencia. Finalmente se puso de pié y sacando del bolso un paquete agregó:
 
Esto es para que Guillermo, se lo entregue a Sonni. Salude de mi parte a su marido, y dígale que ya les enviaré una postal cuando llegue a Milán. -Se fue dejando en la pieza olor a tabaco y maquillaje.
 
No nos atrevimos a abrir el paquete porque era para Sonni, un compañero de trabajo de mi padre. Si la mujer le hubiese dicho: “es para Guillermo”, inmediatamente hubiéramos sabido su contenido.
 
Aquella noche era tarde y papá no llegaba. Preocupada por el retraso, mi madre me sacó de la cama, y casi arrastrándome, me llevó hasta la casa de Sonni. Salió a recibirnos Clara, su mujer, también militante del Partido.
 
¡Sonni, Ambrogno, y Guillermo están presos! –dijo mientras nos empujaba hacia dentro, cerrando la puerta apresuradamente. –Recién se fue Merelle, él me avisó, me dijo que iba hacia tu casa.
Pero, ¿qué hicieron?
¡Y yo qué sé!, Me dijo Merelle que están en la Sección Especial, ya sabés, donde llevan a los comunistas a molerlos a palos y a ponerles la picana eléctrica. Y Clara empezó a sollozar.
 
Mamá, haciéndose la valiente o quizás porque ya en aquella época había comenzado a aprender a distanciarse de la vida que llevaba mi padre, contestó con un:
 
Bueno, no será para tanto.
Sí, sí, que es para tanto. Luisa, ¡hay que ir a buscarlos, a decirles que los larguen, que ellos no han hecho nada malo! Porque no deben haber hecho nada malo, son unos pobres pelotudos… ¿Qué pueden haber hecho? Seguro que una volanteada, ¿qué más? Al menos que quede constancia de que los familiares saben que están allí. Eso es importante. Merelle dijo que iría a avisar al abogado del Partido.
 
Mi madre entonces deslizó el paquete misterioso en manos de Clara. Al abrirlo se encontraron con una pistola, como las que salían en las películas de vaqueros pero más cuadrada, más negra y más pesada; al menos es la impresión que a mí medio.
 
Las mujeres se quedaron mudas. Clara, nerviosa, la escondió en el ropero disimulada entre las sábanas. Luego salieron en busca de sus maridos hacia aquel lugar que a mí me sonaba tan enigmático: la Sección Especial.
 
 Aquella noche me quedé a dormir en casa de Clara, arrullada en los brazos de su suegra, una señora de piel muy arrugada y muy suave que olía a talco. Antes de cerrar los ojos vi que, escondida detrás de una puerta, se asomaba, tímida, una tortuga. Recuerdo que mi madre me amenazaba, ante mi negativa sistemática a bañarme, con que me convertiría en tortuga, como aquella que estaba en casa de Clara y Sonni. Ya que aquel animal cascarudo, según la historia que ella me relataba, había sido una niña -la única hija de esa pareja amiga, quien, como yo, lloraba a moco tendido cada vez que su madre intentaba darle un baño. Así, la acumulación de mugre sobre su cuerpecito se fue convirtiendo, con el paso del tiempo, en la capa córnea de una tortuga. Me gustaba la historia porque sabía que no era cierta, pero explicaba el protagonismo que aquel animal, tan discreto, tenia en esa casa, y el cariño que todos le profesaban.
 
(…) aquel animal cascarudo, según la historia que ella me relataba, había sido una niña.
<continuará>
 
 
Más textos de Elsa Plaza en el blog “El magnetismo del viento nocturno”