06 Jun

La oreja

per Xavi Ballester

La respuesta del jefe del Departamento de Anatomía y Fisiología del Crecimiento siempre era la misma:

– No tiene por qué preocuparse, ya se lo he dicho, su metabolismo funciona como el de cualquier otra persona. Nuestras orejas no dejan de crecer mientras vivimos, de día y de noche, despiertos o dormidos, tristes o felices, 0,22 milímetros por año, impasibles, perseverantes, ajenas a todo. La única diferencia entre usted y yo es que su oreja izquierda ha acelerado su crecimiento exponencialmente. Me hago cargo que no deja de ser una molestia, pero no se preocupe por su salud, se encuentra perfectamente, nosotros cuidamos de usted-

Condescendiente, sin apenas mirarle a la cara. Sin embargo, las palabras del doctor ya no lo tranquilizaban. La verdad era que, llegados a ese punto de no retorno, más bien le traía sin cuidado lo que le dijera. Había asumido la derrota.

Desde su nacimiento, cuando tan solo salir del vientre de su madre alguien le golpeó insistentemente las nalgas sanguinolentas hasta provocar su llanto, supo que el silencio había dejado de existir.

Lo había buscado sin descanso durante toda su vida: en las iglesias, en las bibliotecas, en lo más alto de las cimas, en el centro de los desiertos, en la fosa de las Marianas, en los cementerios y en los pueblos abandonados. Incluso una vez se presentó voluntario para entrar en el primer prototipo experimental de cápsula de aislamiento sensorial de última generación. Pero nada. La búsqueda había resultado estéril.

A medida que su pabellón auditivo izquierdo aumentaba de tamaño, su esperanza se desvanecía. Cada día podía escuchar más y mejor, y ahora ya podía escucharlo todo: el batir de las alas de las mariposas, la combustión permanente del sol a millones de quilómetros de la Tierra o el confuso e incesante zumbido de los pensamientos de los otros. Incluso, si se concentraba lo suficiente, era capaz de escuchar un ruido antes de que se produjera: el repicar de las gotas de lluvia antes de la aparición de nubes en el cielo o el estrépito del cristal antes de que el vaso cayera al suelo. Toda la memoria sonora del futuro se iba acumulando en su cabeza a punto de estallar.

Aún no lo sabía, no lo había escuchado todavía, pero allí, sentado en la camilla de la consulta con los pies colgando a ras del suelo, indefenso y descamisado, justo en el momento en el que el doctor, fonendoscopio en mano, se dispusiese a penetrar en su oído insondable, la búsqueda finalizaría. Después de tantos años, su desesperación iba a desaparecer, sin más.

La enfermera le estaba reforzando con esparadrapo la prótesis de aluminio que le sujetaba su descomunal tímpano izquierdo. Lo hacía con delicadeza, podía sentir el contraste entre el frío del aluminio de la prótesis y el calor de los dedos femeninos. El esparadrapo era áspero y, de vez en cuando, a pesar del extremo cuidado de la enfermera, le tiraba del cuero cabelludo. El sonido era desgarrador. Mientras tanto, el doctor se había situado ante él con el fonendoscopio en la mano. Se disponía a introducirle el instrumento en la oreja izquierda – una operación terriblemente delicada y potencialmente mortal ya que el más mínimo error de cálculo podía producirle un dolor atroz e irreparable hasta causarle la muerte debido a la hipersensibilidad de su oído-, pero en el último instante se detuvo. El doctor empezó a sacudir el fonendoscopio con rabia: la lucecita del aparato no se encendía. Lo golpeó sobre la mesa un par de veces, pero el aparato seguía sin funcionar. Al parecer se había quedado sin pilas en el momento más inoportuno. Todavía sentado en la camilla, respiró aliviado. Esta vez se ahorraría la desagradable sensación del metal penetrando lentamente en su oído. El doctor empezó a maldecir. Con tal de no tener que ver sus muecas desagradables – no escuchar las agrias quejas del doctor era una cosa imposible de evitar para él- dirigió resignado la mirada hacia la ventana. Tenía que girar la cabeza con delicadeza, si hacía algún movimiento demasiado brusco la prótesis de la oreja podría desprenderse y entonces sería peor, sería una hecatombe.

Al otro lado del cristal, en el exterior, el sol iniciaba su descenso. Justo en el momento que alzó la mirada un rayo de luz se proyectó certero directamente a sus ojos a través de la ventana. Lo deslumbró. Instintivamente cerró los párpados. Fue en ese preciso instante, envuelto todavía en la oscuridad amarillenta, cuando sucedió.

Al ver que fruncía el ceño y apretaba los ojos, la enfermera, con una sonrisa en los labios, le preguntó si se encontraba bien. Pero él no la veía. Y, por primera vez en su vida, no escuchaba la voz de alguien que le hablaba. Mantenía los ojos cerrados con fuerza, ansioso y, al mismo tiempo, en paz. Sólo tenía oídos para aquella maravilla que, después de tantos años de búsqueda infructuosa, estaba escuchando por vez primera con toda claridad. La enfermera le seguía hablando, pero ahora él era capaz de aislar y enmudecer cualquier sonido que no quisiera escuchar. De todas formas, pensó, qué más da lo que pueda decirme nadie. La enfermera está muerta, como todos. Como el doctor. Como él. Como el mundo.

La única duda que tenía era si decírselo o dejar que siguiera con aquella estúpida sonrisa vacía en el rostro. Aunque lo más seguro era que no le creería, como cada martes por la tarde que le tocaba revisión. Seguro que si intentaba convencer al doctor, éste cambiaría su tono condescendiente por el de reprimenda. Como si él todavía fuese un niño o un loco o un enfermo.

Pero esta vez, no había ninguna duda. Lo podía escuchar con claridad, lo estaba escuchando con total nitidez. Aunque nadie le creyera. Era la extinción del mundo. Y era preciosa. Y era el silencio. El silencio. Por fin. Tan sólo era cuestión de esperar su inminente llegada. El silencio. Aunque nadie, excepto él, lo escuchase.

One thought on “La oreja

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *