Estrip Art, por Juan Freile
El lugar del corazón, por Juan Freile
Cogí el cuchillo más filo con mi mano izquierda, que es la que me sirve, y me arranqué la cabeza de un solo tajo. Asenté el cuchillo en la mesita de noche, cuidando de no encharcar el tapete de sangre, y salí.
Llevaba mi cabeza apoyada en un costado, como solía llevar el balón cuando bajaba a la cancha a jugar con mis primos, pero luego la guardé en una funda porque empezaron a quemarme los ojos por el sol. De dónde habré sacado la funda, no sé y tampoco importa.
Me eché la funda al hombro izquierdo, que es el que me sirve, y seguí andando. Caminaba como tonto porque a través de la funda todo se veía borroso. Y encima, el plástico me hacía sudar la frente, y el sudor se me metía en los ojos, y los ojos me ardían, y tenía que parpadear un montón.
Cuando llegué a la esquina en la que debía curvar me fui de largo y me despeñé. Debía virar porque después de esa curva venía una recta, y después de la recta un abismo que no vi por todo eso de la bolsa de plástico y el sudor. Lo malo fue que al despeñarme se me soltó esa funda y siguió despeñándose sola porque yo alcancé a agarrarme de unas matas.
La cabeza se me deformó de tanto chibolo y tanto moretón. Y si antes veía poco por la funda, ahora veía nada porque tenía los ojos coagulados de tierra y sudor.
Dos opciones: o dejar que los gallinazos y las hormigas se coman mi cabeza, empezando por los huecos de la nariz, o liberarme de las matas que me sostenían, rodar al fondo de la quebrada y recoger mi cabeza abollada.
A la mierda, pensé, y escalé aruñando con mi mano izquierda las piedras y los hierbajos de la ladera. Llegué hecho trapo a la recta. Caminé a tientas, viré la esquina, y como sea avancé a entrar en la casa.
Cogí el mismo cuchillo filudo y traté de apuntarme al corazón, mas terminé descociéndome las tripas a puñaladas. Algo intenté pensar sobre lo difícil que es encontrarse el corazón, pero la hemorragia, el sudor con tierra en los ojos y el dolor de los chibolos me impedían pensar. Entonces, dejé que el aire acabe de salirse de mis pulmones y recogí las piernas para ovillarme como un feto o como un perro en una noche de frío.

Juanito me gusta tu texto. Es un gusto leerte y reencontrarte cabeza en mano.