14 Oct

“La sanidad”

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y estoy convencida de que el aceite no puede mezclarse con el agua. Esto es lo que le dije al responsable de unos laboratorios farmacéuticos que había acudido a la consulta a visitarme [eufemismo por «venderme sus productos»]. ¿Ha puesto alguna vez sal en el café?, insistí. Cierto que los mestizajes son muy ricos para evitar las endogamias en barrios, ciudades y países, reflexioné a mi vez. Pero no ocurre así con la sanidad, exclamé, y con un puñetazo en la mesa, rugí: ¡Es totalmente impensable que convivan en armonía la sanidad pública y la privada!

Para entonces, el de los laboratorios ya llevaba unos cuantos segundos con la mano en el pomo de la puerta, preparado para huir en cuanto esa doctora loca (yo misma, para servirle), una radical compulsiva, le diera la opción. Su corbata casi le precedía y le señalaba el recto camino hacia el mundo del «sálvese quien pueda y tenga posibles». Pero yo no iba a perder la oportunidad de intentar convertirlo en un adepto de la sanidad pública. Me había propuesto un reto extraordinario, un salto mortal sin red de protección: atraer a mis filas a un excelso representante de una nefasta industria que acapara ingentes beneficios monetarios y que juega con la salud de los ciudadanos. ¡¿Qué también dedican mucho dinero a la investigación?!, me enervé cuando el sujeto objetó la supuesta tarea benéfica de su gremio, y le repliqué [mis aletas nasales palpitando con indignación]: Pues muchísimo más que le dedican a la promoción, es decir, a comprar decisiones. Lo acababa de leer en una entrevista al jefe del servicio de farmacología del hospital Vall d’Hebron y director de la Fundació Institut Català de Farmacologia. Y esto por no mencionar que quien corre con los gastos de la preparación de los investigadores es el Estado gracias a que las universidades son públicas [sic].

El ambiente en la consulta había aumentado unos cuantos grados y, en ese momento, el tipo empezó a sudar y boqueó como un pez al que le falta el aire. Estrés y ansiedad, evidentemente. Pero decidí hacerle entender la importancia de la salud por la vía de la praxis. ¿Cuáles son sus niveles de colesterol?, le pregunté. Esta no se la esperaba. Y ni tiempo tuvo de protestar cuando le pedí que se remangara. Aproveché, mientras le tomaba la presión, para encajarle una amigable directa en toda la panza. Le dije, por si no le había quedado claro: «Los intereses de la sanidad pública y de la privada son demasiado diferentes como para que puedan coexistir: la sanidad privada se guía por el afán de lucro, no por el cuidado de los pacientes, y no me conteste ―bramé―, que le estoy tomando la presión. ¿Y de verdad cree usted que está bien enriquecerse a costa de la salud de los demás?». El tipo no decía nada, asustado por la urgencia de mis movimientos: le ausculté el corazón, medí el perímetro de su barriga e hice un teatral gesto de negación. Así no vamos bien, lo asusté. ¿Qué tengo, doctora?, me preguntó. Rápidos goterones de sudor le bajaban por la frente y todo su cuerpo temblaba. ¿Me estaba excediendo, quizá? Seguramente, me dije con malevolencia, y le pregunté si tenía una mutua.  El tipo afirmó con la cabeza. Y yo dejé de lado mi juramento hipocrático. Allí se lo dirán. Para algo les paga, ¿no?, respondí, para que la sanidad pública se «desatasque» y pueda dedicarse a los casos realmente extremos.

No es una justificación ni estuvo bien hecho, pero ese día me había enterado de que un paciente mío con hepatitis C no iba a poder beneficiarse del tratamiento necesario con  Sovaldi® (sofosbuvir) por motivos estrictamente económicos.

 

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