28 Nov

El gol de Peraltita

por Adrián Demichelis

En este tiempo exitista y mezquino, triunfalista a rabiar, en donde ganar es lo que sirve y ser campeón es lo esencial, el gol de Peraltita sería como una trompada en los testículos a los empachados de ambición, una cachetada en la boca a los creadores de frases imbéciles como: “que del  segundo nadie se acuerda”, y tantas otra pavadas inventadas para alimentar las almas de los eternos perdedores, que solo disfrutan de la victoria, sin saber que la gloria es mucho más que ganar.

Peraltita era un morochito flaquito, por genética y obligación, de ojos grandes y tristones, el mayor de tres hermanos, de condición  humilde, era el último suplente de nuestro equipo (la categoría 74 del glorioso Porvenir), el que entraba cuando el partido estaba ganado fácilmente o la derrota era inevitable. Peraltita era el primero en llegar a las prácticas (quizás para escapar de las cosas tristes de la vida), no tenia los Ocelote, esos de muchos tapones, o los Pumas Maradona que usaba el hijo del doctor, el se calzaba las Flechas, las azules, esas con puntas para patear perros, las mismas que utilizaba para ir a la escuela.

Domingo tras domingo Peraltita iba  a todas las canchas, a la de San Antonio, Centralito, hasta la de Campeadores, esa que quedaba en la “coch”… muy lejos. Siempre acompañado por su viejo, un morocho delgado, de bigotes anchos y negros, de manos callosas y piel curtida por el viento y el sol, de andar cansino y poco hablar. Peraltita siempre estaba, aunque a veces no le tocaba jugar, y sin chistar, ni reclamar, se volvía a su casa, sentadito en el caño de la bici mormona de su papá.  Con los ojos mirando el piso buscando una respuesta.

Era la última fecha del campeonato, de aquel año 1984, nosotros jugábamos con All Boys, ellos primeros, y mi querido Porvenir, segundo, pero a un puntito nada más.  Definíamos en nuestra cancha. Me acuerdo que la noche anterior no pude dormir, era una parada difícil, ellos tenían al Chincuenta, que la movía muy bien y adelante al grandote Pérez que le pegaba con un fierro. Para colmo  ese domingo era el día del padre, yo soñé mil festejos con dedicatoria a mi viejo, me imaginé la vuelta olímpica y la cara de Don Luis (mi padre) aplaudiéndome detrás del alambrado.

Salimos a la cancha como siempre los mismos siete, Petete al arco, Farías de cuatro, el Ñoño de dos, Gremito de tres, Cachula de cinco, el Pata Fina y yo adelante. Luisito, Tigero, Muñeco y Peraltita al banco.

Ellos empezaron con todo, pases cortos, largos, tacos, caños, y gambetas. Nosotros parados. En una de tantas el Ñoño no puede con el  Grandote Pérez, zapatazo y a cobrar, perdíamos uno a cero y el campeonato se alejaba.

Segundo tiempo y nosotros buscábamos por todos lados hacerle un gol al Lechuga Ceballos, el arquerazo de ellos. Este la sacaba con las manos, con las piernas, hasta con el culo, no la podíamos embocar. De repente contragolpe de All Boys, Chincuenta para el Grandote Pérez y ese hijo de su madre la colgó en un ángulo, dos a cero y chau campeonato.

Yo tenía ganas de llorar, de putear , quería irme al lugar más alejado de la tierra. Kiki nuestro técnico empezó a hacer cambios, entro Tigero, Luisito y Muñeco. Peraltita  miraba de reojo a nuestro Dt, como implorando desde las tripas  que lo llamaran.  Faltando tres  minutos se escuchó, con resignación, la voz imperativa de Kiki: – Peraltita calentá.  Salió como un cuete por la línea de cal, saltaba, metía piques cortos y de vez en cuando pispiaba para atrás de uno de los arcos en donde siempre se ubicaba su papá en soledad.

Restando dos minutos el árbitro, el Toto Perazzi, autoriza el cambio. Salí yo a puro llanto, entró Peraltita con todo su entusiasmo. Jamás había marcado un gol, ni en las prácticas las embocaba.  Hasta que de repente, después de un  pase de Cachula, Peraltita quedó solo frente al arquero, apretó los dientes, sacó fuerzas desde el alma, rezó para que las Flechas lo ayudaran y pateó  con todas sus tristezas amontonadas en su pie derecho.  Para que la pelota cómplice ingresara en el arco, que por un momento pareció hacerse más grande. Un grito seco, un desahogo se escuchó: -¡gollll!, gritó Peraltita y nadie lo acompañó. Solamente quedó tiempo para sacar del medio, después Perazzi pitó  el final y ellos gritaron campeón.

Todos terminamos llorando, mientras  los All Boys revoleaban sus camisetas verdes y daban la vuelta olímpica. El único que estaba contento era Peraltita, que salió corriendo como una liebre en busca de su viejo, se acercó con el pecho inflado de orgullo y le dijo:

-Feliz día, papá, este gol es para vos, es el regalo que no te pude comprar.

Su padre, ese morocho de bigotes anchos, dejó rodar dos gotitas cristalinas por sus mejillas curtidas, abrazó a Peraltita, lo apretó contra su cuerpo, y en un lenguaje silencioso agradeció a su manera el regalo de su hijo. Después lo tomó de la mano y se fueron caminando.  Esta vez Peraltita no iba sentado en el caño de la bici mormona, viajaba aferrado a su padre, contando con ojos emocionados las vivencias del gol que hacía un rato había marcado.

2 thoughts on “El gol de Peraltita

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *