18 May

Tot el camp és un clam: las Marchas de la Dignidad

por Carolina Montoto

 

Soy la doctora M, especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy, a modo de proclama, quiero decir que nunca me ha gustado el fútbol, que detesto la histeria de los hinchas y que si por mí fuera metería a Messi un buen penalti por estafar a hacienda, y sin embargo en estos momentos estoy a punto de subir a un autocar repleto de culés para ir a Madrid. La única posibilidad que me quedaba para asistir a la gran manifestación de las Marchas de la Dignidad del sábado día 27.

Oh, my god, que dicen los ingleses: en buena me he metido.

Resignada, tomo asiento al lado de un joven con aspecto de pasarse demasiado tiempo en el gimnasio. En efecto, con cierta extraña turbación (¿me estaré haciendo mayor?) no puedo evitar fijarme en la camiseta de pico que le deja todo el pecho, depilado, al descubierto. ¿Le olerán los pies?, me pregunto. Por si acaso, voy armada con una barrita de incienso.

Comienza el viaje. Ellos cantan som la gent blaugrana y yo les contesto coreando «a, anti, anticapitalistas». Hasta acabar ronca. Pero de repente se hace el silencio y todos se me quedan mirando como si yo fuera la mismísima madre de Cristiano Ronaldo. Lo que evidentemente no soy. Y sé que se están preguntando qué hace una señora de mediana edad y aspecto respetable como yo allí mientras yo me pregunto cuándo comenzarán a presumir de sus virguerías sexuales o a enseñar fotos guarras.

Pero no ocurre nada de eso. Muchos ojos interrogantes me rodean. Uno de ellos afirma:

―Tú no eres de la peña. ¿También vienes a la final de la Copa?

Gran suspiro. ¿Y ahora voy a tener que contarles que un paciente me ha ofrecido la posibilidad de que me apuntara con su peña para ir a Madrid, pero no precisamente para ver el partido? Empiezo con la explicación diciéndoles los motivos que me llevan a la capital: que el 1% más rico del Estado español posee el 20% de la riqueza, que el 25% de la población catalana se encuentra en riego de pobreza, que…

―560.000 personas en paro ―me interrumpe un hombre de ojos saltones que hacen que me resulte simpático al instante―. ¿Y todavía nos dicen que hemos salido de la crisis?

Mi boca tan abierta que hasta se me deben de ver las muelas picadas.

―¿Crisis? De crisis, nada. Esto, compañeros, es el capitalismo ―suelta otro joven que lleva una cuidada perilla―. ¿Sabéis que un 0,9 % del PIB se destina a Defensa y que se pretende aumentar el presupuesto a más de 11.000 millones de euros?

Paralizada de la emoción, con mi corazón brincando peligrosamente al ritmo del Himno de Riego, entro en pleno estado de éxtasis cuando oigo a un tercer revolucionario decir:

―Lo peor, que se está subvencionando con dinero público las llamadas escuelas concertadas, o sea, religiosas, cuando solo se destina a Educación el 2,8 del PIB.

Mi papada se hincha con orgullo mientras procuro intercalar una pequeña cuña publicitaria:

―Por eso son tan necesarias las Marchas de la Dignidad, que llegarán en columnas desde diferentes puntos de la península para encontrarse en Madrid… ―digo, pero no puedo acabar. Con la mosca detrás de la oreja, compruebo cómo los entusiastas culés me interrumpen de nuevo.

―Para reivindicar la dignidad, una palabra tan olvidada en los desventurados tiempos que corren ―apunta un hombre con aspecto melancólico y barba de tres días―: Dignidad es trabajar por un sueldo justo que le permita a uno cubrir todas sus necesidades sin problemas y no meramente sobrevivir.

Incrédula, miro a mi alrededor y solo veo camisetas del Barça y alguna bandera independentista.  ¿Me están tomando el pelo? ¿No se tratará de compañeros de otras comunidades de las Marchas de la Dignidad que se han disfrazado de culés para gastarme una broma?

Los pongo a prueba. Le pregunto a uno:

―¿Sabes cuál es la alienación del Barça?

Me la recita de corrido y continúa con su discurso:

―Y ya ni hablemos de cómo sufren las mujeres la llamada «crisis»: mi hermana tiene un contrato que pone que trabaja en una categoría inferior y así cobra menos de lo que le pagarían a un hombre. Y además tiene que cuidar de la madre de su compañero…

―… Ya, un trabajo que no se valora ni se retribuye porque lo hace una mujer, aunque es totalmente necesario. Si lo hiciera un hombre, en cambio…

―Como los chefs que tanto se han puesto de moda… ―responde otro. Lleva los pantalones tan caídos que se le ve la raja del culo.

Y así, patatín patatán, durante una hora, y yo ya comienzo a cansarme. Llevo toda la noche sin dormir, después de una complicada guardia en urgencias, y lo único que deseo es descansar un poco. ¿Van a estar todo el viaje de cháchara? ¿Me dejarán en algún momento coger mi libro y concentrarme en la lectura? Sin embargo, sus reivindicaciones y quejas prosiguen. Intento que cambien de tercio y les pregunto:

―¿Qué os parece la condena a Marhuenda y a Ussía por injurias contra Messi?

Ni caso. Pero al menos, gruño, a nadie se le ha ocurrido sacar un fuet para compartirlo con los demás, y justo cuando me estoy felicitando por ello un joven de aspecto sanote saca unos embutidos de una bolsa y empieza a repartirlos por todo el autocar.

Envuelta por los efluvios del chorizo, las siete horas de viaje se me hacen interminables. Además, mi estresado sistema nervioso no puede con tanto entusiasmo juvenil. Así que cuando al fin llegamos a Madrid, respiro aliviada, pensando que pronto ya me habré librado de ellos.

―Si cogemos el metro, llegaremos antes que en autobús ―dice el joven al que se le ve la raja del culo.

―¡¿Adónde llegaremos?! ―exclamo pasmada.

Las Marchas de la Dignidad, llenas de seguidores del Barça, acaban siendo un éxito: Madrid queda paralizado por los manifestantes y en muchas ciudades del Estado la gente se echa a las calles para reclamar cambios en la Constitución que favorezcan una mayor democracia, la implantación de la Renta Básica Universal y que todos los corruptos acaben en la cárcel.

Mientras, mis compañeros de viaje continúan de parloteo.

¿Me dejarán al menos ver el partido del Barça contra el Alavés tranquila?

12 May

The dark side de la economía

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y en estos momentos me encuentro en el upper de Barcelona, donde cae una lluvia torrencial. Mis opciones para no acabar como una perra empapada son dos: entrar en el Corte Inglés (y quizá mangar ahí algún paraguas) o meterme en alguna universidad hasta que pase el aguacero. En mi camino se cruza un edificio de estilo brutalista que llama mi atención, y me decido: entro.

Es la facultad de Economía y Empresa de la Universitat de Barcelona, llena a rebosar de estudiantes con gafas de pasta negra que si quieren ser «algo en la vida» tendrán que pagarse un máster [por obra y (des)gracia de los planes Bolonia]. Estudiantes miméticos entre ellos que de pronto se convierten en una muchedumbre entusiasta que, en su avance, me arrolla con su euforia. ¿Habrá llegado ya la revolución?, me pregunto con cierta esperanza. De eso nada. Hay clase magistral con un excelso economista, al que llamaremos Buenaventura Piquillo, que va a dar una charla que lleva por título «Gasto e inflación, the dark side de la economía». Leer más

05 May

No queremos bomberos que apaguen nuestros fuegos

por Carolina Montoto

Como soy más chula que un madrileño (por ejemplo, Ignacio González), hoy me han sometido a una sesión de tortura: leer un libro de Megan Maxwell, una autora que, por si alguien es tan afortunada como para no saberlo, ha escrito títulos tan infames como: Fue un beso tonto o Los príncipes azules también destiñen. Y ojito con el booktrailer con el que promociona su último libro, que no tiene desperdicio:

Alguien se preguntará de dónde me sale esta vena tan masoquista. Lo mismo que me pregunto yo, que me he dejado provocar cuando una amiga, vermut por medio, ha pretendido escandalizarme diciéndome que había muchos libros que merecerían que alguien los echara a la hoguera. Leer más

28 Abr

Una mujer blanca, heterosexual y ligeramente ácrata en Melilla

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en Medicina Familiar y Comunitaria, y como casi todo hijo de vecino de vez en cuando tengo vacaciones, además de mucha curiosidad por conocer otros universos para constatar que mi mundo de mujer heterosexual, blanca y ligeramente ácrata no es, desde luego, ni el único que existe ni el mejor, por supuesto, aunque sus paladines se llenen la boca con palabras como democracia, progreso y respeto.

Pero la vida está llena de jarros de agua fría: he estado tanteando entre varias amigas la posibilidad de emprender un viaje juntas a Marruecos, y ni una sola se ha entusiasmado con la idea. Me temo que ha corrido la voz de mis aventuras en el crucero y ya nadie confía en mi capacidad de garantizar unas vacaciones relajadas. Me lamento de ello ante una fotógrafa que conozco de mis correrías por las calles de Barcelona, y ella sí, ella se entusiasma. Y yo me quedo sin saber qué contestar cuando me propone que compartamos coche hasta Melilla, donde se quedará a trabajar. Levanto una ceja sorprendida y ella invoca los numerosos edificios modernistas que hay en la ciudad como aliciente.

Y yo caigo de cuatro patas en su ardid. Leer más

21 Abr

Somewhere over the rainbow… solo hay mierda

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en Medicina Familiar y Comunitaria, y debo decir que hoy me he despertado con unas inexplicables ganas de llenar la tierra de hijos míos: pequeñas doctoras Montotos con las que colonizar el planeta y llenarlo de valores como la solidaridad, la confianza, la generosidad… Niñas guerreras que, al enterarse de que los delitos fiscales prescriben a los cinco años, se planten delante del Parlamento hasta lograr que se cambie la ley. Mocosas que, sabedoras de cómo funcionan las puertas giratorias entre políticos y empresarios, señalen a los culpables hasta quedarse afónicas. Pequeñas monstruas que ya a los tres años sabrán a la perfección qué es la apostasía. ¿Acaso no hacen lo mismo, pero en sentido contrario, los seguidores del Opus Dei?

Con las dos coletas bien puestas, he acabado soñando.

Es primavera, me ha contestado alguien. Leer más

07 Abr

Sang i fetge

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y esta noche no he pegado ojo. Ni dos tilas han podido con lo que me rondaba en la cabeza, con mis inquietudes fruto de mi visita a mi tía abuela Margarita a la residencia de ancianos donde vive.

Llego a la residencia y me los encuentro a todos embobados mirando la tele. Bocas abiertas, algún hilillo de saliva que escapa de la boca. Ojos brillantes y curiosos, en el caso de mi tía abuela, que delatan una inteligencia que ya quisieran para sí muchos políticos. ¿Qué es lo que los absorbe tanto de la tele, hasta el punto de que permanecen inusualmente callados? Miro la pantalla y, en primer plano, un actor con aspecto perturbado y ojos saltones parece emperrado en acabar con algo parecido a un ser humano, un guiñapo de ser humano, en realidad, al que le da con un martillo, le pega varias patadas en el vientre y le estrella la cabeza, una y otra vez, la cabeza contra el suelo con una cadencia casi poética. Qué espanto, me digo, y aparto la vista automáticamente del aparato. Casi parece que la sangre del andrajo de hombre va a salirse del televisor salpicando a los ancianos, para luego derramarse por el suelo y mojar las zapatillas de mi tía abuela, que tanto quería a los animales y que siempre acogía en su casa a los gatos abandonados. Pero ella, ni mu. Otra octogenaria de pelo blanco y apariencia dulce se tapa los ojos con las manos, pero dejando una rendija entre los dedos para no perderse ni un segundo de la tortura que está sufriendo ese despojo humano llamada hombre, ya agonizante, si no muerto. Leer más

31 Mar

El perquè de tot plegat

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy, según todos los medios de comunicación, es el gran día. Lo llevan anunciando desde hace un mes a platillo y bombo. Y para que no lo olvidemos y nos lo creamos, nos bombardean con anuncios en los autobuses y en las librerías. Y hasta al salir de casa me doy de morros con el Gran Acontecimiento del Año. OH, MY GOD!, que dicen los ingleses. Ante mí, una gran valla publicitaria que anuncia el libro que batirá todos los récords de ventas. Una novela que tendrán que tragarse todas las personas que quieran estar al día y tener un tema de conversación sin devanarse demasiado los sesos.

El mundo, desde luego, está hecho para los vagos. Y para los crédulos, que pican el anzuelo de los departamentos editoriales que consiguen hacer pasar un libro mediocre  por un libro interesante. Que logran encontrar, entre la paja, todos los elementos que los lectores esperan de una novela, y los sacan a flote. Leer más

24 Mar

Pon una estrella en tu vida

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y, hoy, 25 de marzo de 2034, he constatado en mi consulta los perniciosos efectos secundarios de la omnipresente entidad bancaria ante la que nos hemos estado postrando durante más de cien años pese a saber de su rapiña.

El caso que me ha llevado a semejante conclusión es el de un varón blanco, sin antecedentes familiares de interés, que dice haber sufrido múltiples y repetidos episodios de ataques epilépticos. La angustia es evidente en su voz. Las manos le tiemblan y comienza a sudar. Temo que vaya a sufrir una inminente crisis, por lo que le pido que se tienda en la camilla mientras aviso a los de la sección de Infecciosas. Leer más

17 Mar

Sobre artistas, autores y otra fauna

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy llueve. No llevo paraguas y, aun encontrándome en la calle, bastante lejos de mi casa, descarto la opción A: entrar en Zara para no mojarme. Qué se le va a hacer: cada una tiene sus manías y principios. Y por eso me meto en una galería de arte.

Al instante se me acerca un barbudo hipster new age de apariencia esmeradamente desaliñada y cuidada manicura en las manos. ¿Cuánto le habrá cobrado el barbero a don Narciso?

Me dice: ¿Michele? Soy Pascuale. Leer más

10 Mar

¿Quemamos también el Louvre?

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y también en fauna de lo más variopinta. Como el individuo que acaba de entrar en la consulta con poca cara de pocos amigos y expresión patibularia: patillas, nariz larga y voz ronca. Compruebo que a la exploración física muestra un buen aspecto físico: permanece consciente y orientado, normohidratado y normocoloreado, y sin embargo advierto que está visiblemente alterado, con el pulso acelerado. Y juega constantemente con el mechero que lleva en las manos. Intento averiguar las causas de su excitación.

Si por él fuera, me dice a bote pronto, quemaría todos los museos, con todas las obras de arte dentro. ¿Con la Mona Lisa dentro, incluso?, le pregunto con un hilo de voz y algo escandalizada, la verdad sea dicha. Con la Mona Lisa dentro, dice sin dudar. ¿Y también con El Retrato de los Arnolfini o El origen del mundo? Por supuesto, responde muy serio. Leer más