22 Nov

En verano todo se desplaza

por Elsa Plaza

Pocos éramos los vecinos que permanecíamos en nuestros pisos agotando este verano, húmedo y pegajoso, encerrados, cada uno soportando su neurosis y tratando de mostrar la mejor sonrisa cuando nos cruzábamos con el otro o la otra con quien compartíamos el tedio estival.
Iba a tender la ropa recién lavada con la pesadez que caracteriza mi subida, fui ganando uno a uno los escalones que me conducían al terrado. Me cuesta hacerlo cada vez más, mis brazos se adelgazan con la misma celeridad que se hincha mi vientre, y así, los años me han ido otorgando la silueta de un pollo al horno que me dificulta la carga de objetos pesados. Por eso, los 18 escalones que debo salvar a pie, acarreando el cesto con ropa mojada, son para mí una prueba de resistencia. Pienso, mientras lo hago, que esa será la última vez, que erraré el impulso que me lleva al siguiente escalón o que el cesto resbalará, y yo caeré. Nadie podrá socorrerme, y menos en verano cuando quedan tan pocos vecinos y los que están o son demasiado viejos o apenas se asoman para no descubrir que ese año no han podido hacer vacaciones.
 Llego, al fin, sana y salva, a la cúspide. Mi Moira me ha otorgado una nueva oportunidad, o quizás estaba distraída cortando el hilo de la vida de otra desventurada ama de casa que, en ese momento, perdería el equilibrio desde el banquito de la cocina, donde se habría montado para alcanzar un tarro de harina. La vida de las mujeres tiene esas sorpresas y los actos cotidianos, esos que la nueva economía feminista ha dado en llamar cura, entrañan más riesgos que los que llevan a los jugadores de fútbol a la enfermería. En esas cosas pienso cuando voy montando, a duras penas, los 18 escalones, y también me imagino, en una especie de flash-front (¿se dirá así cuando uno anticipa escenas que preferiría no se produjeran, pero que aparecen como recuerdos del futuro?), que el cesto de la ropa va cayendo en cámara lenta varios pisos más abajo. El cesto es de mimbre y lo encontré en la calle, es bonito y muy fotogénico. Imagino también la ropa mojada y pesada que se queda allí mismo, sobre los escalones, buscando acomodarse a la forma de los mismos, y mi cuerpo que se pierde en un gesto que busca el equilibrio a manotazos torpes. Me quedo desparramada más abajo, con la espalda pegada contra los escalones y con vergüenza para gritar pidiendo socorro. Pero, al fin, decido gritar y nadie viene.
Pero, sí, me he salvado nuevamente y estoy frente a la puerta del terrado, aunque la encuentro abierta y forzada. Pienso, distraída, que alguien, un vecino impaciente no pudo abrir con la llave y forzó el pestillo de la cerradura. Voy colgando, una a una, las piezas de ropa…y cuando estoy a punto de descender para regresar a mi casa, el pensamiento distraído se convierte en atento y  recuerdo que es verano: la puerta no puede permanecer abierta. Hay riesgo que ladrones que saltan terrados  asusten a las viejecitas solitarias que tengo por vecinas. Y yo Madame Supepollo me erijo en la santa patrona de todas ellas.
Aparto el cesto de mimbre y bajo rauda a mi piso en busca del legado de mi padre, su herencia más preciada:una cartera de piel negra donde guarda los atributos de su oficio de electromecánico, pinzas, destornilladores, bolígrafo, sierra de mano, un portalámparas con las puntas de los cables pelados…Saco de ella varios destornilladores y me dirijo, otra vez, a la puerta del terrado para devolverle su uso a la cerradura violada por algún desaprensivo. Refrendará mi acción la solvencia que me da las herramientas  heredadas, las  voy probando  en busca de la más adecuada para extraer la cerradura y así conseguir desatascar el pestillo, absorbido por el forcejeo al que fue sometido.
Feliz de constatar que los tornillos van cediendo, uno a uno, a mi habilidad en el manejo del instrumento, digna hija de mi padre, su herencia está en acción. La cerradura está a punto de poder ser extraída. Y cuando, al fin, cede el último tornillo, con un ruidito de metal contra metal, veo la cerradura despedirse de mí, desapareciendo, ante mi mirada estupefacta, dentro del agujero que deja su propia ausencia. Allá se va, oculta ahora entre las dos hojas de metal de la propia puerta.
¿Qué hacer? ¿Intentar seguir con mi afán y arremeter contra todos los tornillos que unen las hojas de la puerta? El acto de destornillar es lo único que se me da bien, pienso, por un instante. Si consigo desarmar la puerta podré extraer la cerradura. Pero, es demasiada puerta para mi metro sesenta y mis bracitos de pollo. Me siento al borde de un escalón,  desconsolada cual Cenicienta que regresa a la realidad de sus fogones. Si los vecinos se enteran… me harán pagar todos los desperfectos ocasionados, no puedo seguir en esto. Renuncio, debo pedir auxilio. Tendré que ir a comprar una nueva cerradura, urgente. Si antes la cerradura estaba forzada, yo la dejé inexistente… ¡¡¡Guauuuuu….!!! Un día más de este verano absurdo. Ahora me siento Madame Superpollo desinflado.
Dibujo el agujero dejado por mi acción, lo mido, lo calco sobre un papel y me llevo la llave. Con todo eso tendré una cerradura semejante a la perdida en el agujero negro de la galaxia puerta de terrado. Una cuarta dimensión: la de mi propia estupidez elevada a la potencia de la depresión veraniega.
Cabizbaja, llego a la ferretería, pero los datos que aporto son insuficientes.
Debo regresar a la escena del crimen, nuevas medidas. Ahora parece que sí. Me muestran una cerradura que podría ser compatible con todos los datos que aporto. Pero, se produce un nuevo contratiempo, la llave que llevo es más larga que la que ofrece el tamaño del ojo de la nueva cerradura. Me explican mecanismos. No hay nada que hacer, ya no existen de ese tipo. En el mercado ya no se fabrican. La única solución es llamar a un cerrajero y que instale una nueva cerradura, deberá hacer otro agujero para adaptarla. Todo podrá costar unos ¡doscientos euros! ¡Doscientos euros! Compro un billete de tren y me voy a París. Y que todos los ladrones que pasean por los terrados asalten  a todas las viejecitas del edificio, después de todo es una posibilidad entre mil, pienso. Me escaparé de este verano.  Todo esto se me ocurre mientras sigo apoyada en el mostrador forrado de linóleo de la ferretería. Siento que el sudor de mis axilas comienza a oler, el desodorante de flor de loto me abandona. Frente a la disyuntiva vital que se me presenta recuerdo que, elegir es la angustia de nuestro tiempo, dijo Sartre, o dijo algo así. La cuestión es que debo elegir. Me escapo a París con mis doscientos euros y me olvido de la ropa puesta a secar, de las viejecitas asaltadas, de mis vecinos ocultos, del verano pegajoso, o llamo a un cerrajero.
Un señor, cliente de la ferretería, sigue con atención mis explicaciones y las del ferretero.Creo que también es sensible a mi estupefacción ante el diagnóstico definitivo dado por el comerciante. Había percibido su llegada al comercio y su interés en mi caso, por eso,  mientras hablaba intenté, con la mirada, incluirlo en la conversación. Debe estar despidiéndose de la década de los setenta, va vestido como un personaje de Agatha Christie en un viaje por el Nilo: sombrero panamá, pantalones claros, impecable camisa blanca planchada con el amor que pone una esposa o una antigua criada, bigotes perfectamente teñidos de marrón, gafas de sol con montura de pasta y un bastón de empuñadura de plata, es bastante más bajito que yo misma.
 ¿Me permite?, me dice. ¿Es de madera la puerta? Si fuera así, se introduce por el espacio, dejado vacante por la cerradura, un imán colgado al extremo de una cuerda. El imán engancharía la cerradura que, seguramente, no ha caído hasta el borde inferior de la puerta, sino que debe haber quedado en un primer tramo, el que tiene en el interior a modo de…
Asombrada por su inteligente solución y la sabiduría que expresa acerca de la constitución interna de las puertas y el comportamiento de las cerraduras perdidas, le expreso mi desolación ante la desgraciada circunstancia de que la puerta, en cuestión, es metálica. ¡Es metálica!, afirmo, con voz trémula y como disculpándome, quizá con la secreta esperanza de que el señor del sombrero panamá me dé otra solución alternativa, semejante a la del imán, la cual me había parecido casi mágica.
Como respuesta a mi información, comenta otras soluciones con imanes, buscando la complicidad del comerciante, pero siempre con la salvedad de que las puertas deben ser de madera, en caso contrario los imanes se pegan a las hojas, etc.

La luz de la esperanza, que significara la intervención del elegante señor a lo Agatha Christie, se apaga en un segundo, y la angustia de la elección regresa a mí. Claro que me encanta la idea de dejar todo plantado y correr hasta la estación de Sants en busca de la libertad definitiva, pero la realidad me retiene ahí, pegada mi barriga al mostrador de linóleo. Un viaje en AVE o un cerrajero…

Cuando desde el éter llega a mis oídos la sugerencia amable que me hace aquel señor: Compre un alambre e intente pescar la cerradura. Le miro con ojos agrandados y gesto amargo, como de dibujo animado. No porque desconfíe de su consejo, sino de mi habilidad. La confianza en mí misma, que me llevó a sentirme Madame Superpollo, armada con los atributos de electromecánico, contenidos en la cartera de piel negra de mi padre, se había desinflado a lo largo de aquella tarde, engullida con la cerradura.

Pero, por intentar algo, que no quede. Y como ello no  requiere grandes inversiones, ni decisiones drásticas, pido que me sirvan el alambre de rescatar cosas perdidas. No sabía de la existencia de este instrumento, es un gran descubrimiento, al menos, regresaría con una pequeña esperanza en forma de rollo de alambre verde, retorcido una punta en forma de gancho, y que me exige un desembolso de dos euros y treinta y cinco céntimos. Prolongaría un par de horas más mi huida a cualquier lugar, porque ya los flash-front invaden nuevamente mi imaginación fatalista.
Pero, sucede un milagro. Mientras recibo el tíquet por la compra de mi rollo de alambre, el señor del panamá, mostrándome la mejor sonrisa de su dentadura nueva, me sugiere acompañarme e intentar, él mismo, pescar de entre las entrañas de aquella puerta, de la que él parece conocer todos sus secretos, a la huidiza cerradura.
Había ido a la ferretería en busca de una nueva cerradura y regresaría con un señor salido de las páginas de  una historia de Agatha Christie, que me va explicando por el camino  que es nacido en Murcia y hace setenta años que vive en Barcelona. Caminamos codo a codo, él desplazándose con la elegancia que le otorga un bastón de mango de plata y su educada conversación, expresada en una mezcla perfecta de catalán y castellano. Una mezcla que maneja con habilidad y gracia y que le da una expresividad particular, que denota una cultura forjada por sí mismo. El señor del panamá consigue, al fin, dar a mi desolación un poco del brillo del verano y pienso que, aunque no consiga pescar la cerradura (porque estoy segura que no lo hará), al menos me ha reconciliado con la buena vecindad, con aquello que descubrí durante las jornadas del 15 M, pero que se agostó con el verano, cuando todo parece que retorna a la miseria y la soledad de nuestras vidas de egoístas anónimos.
El señor del panamá se sienta, parsimonioso, junto a la puerta de cerradura ausente. Me confía el bastón y me dice, extendiéndome la mano: Me llamo Víctor. No nos conocemos, aunque yo paso casi todos los días por esta calle. Puede ser que nos hayamos cruzado muchas veces, tal vez. Ahora, si nos volvemos a ver, ya nos reconoceremos. Luego, se lleva la mano al bolsillo pequeño del pantalón y extrae de allí una navajita.
No se asuste, me dice. Usted no me conoce y puede pensar: “Ahora este hombre saca una navaja y me mata”. Parece que se adelanta a mis pensamientos macabros. Pero, en ese momento, no había pensado nada. Sobre todo porque la navaja es de tamaño ridículo.
¿Ve?, agrega, la hoja es muy pequeña, pero a mí me sirve para todo.
Sí, yo también tenía una navajita así, era de mi papá, pero me la robaron, la llevaba dentro de mi bolso.

Se ve que usted es una mujer apañada, me responde. Bueno, más que apañada soy temeraria, ya ve lo que hice.

Me siento a su lado a ver cómo logrará extraer, desde aquel triángulo de las Bermudas, la cerradura desaparecida. Y comienza a manipular el alambre,  intentando pescar algo invisible, aunque conociendo y explicando cada  maniobra que realiza para que la pesca dé resultado. Como si poseyera un radar natural, me va indicando donde está la cerradura, sabe exactamente la longitud que el alambre debe tener para extraerla.  Me explica que yo debo sostenerlo a una cierta altura, y  girarlo hacia un ángulo preciso, para que él pueda proceder a engancharla. ¿Por donde la enganchará?, pienso. ¿Cómo puede saber de qué lado está, si no la ve?

Pasan unos cuantos minutos, en los que, ya en solitario, lo veo maniobrar pacientemente, y durante los cuales va explicando aspectos de su vida como mecánico de coches y “arreglatodo”. Hasta que, ¡consigue pescar una punta del objeto perdido! Pero, aun no es suficiente para subirlo hasta la superficie, así que, otra vez demanda mi ayuda. Me da unas instrucciones dignas de un profesor de física, que sabe que si se hace un movimiento se producirá otro, exactamente controlado y en respuesta a este primero, logrando el efecto deseado sobre el cuerpo que manipula. Así, yo voy torciendo el alambre que él sostiene, cuando… ¡click!, logra, al fin, asir la otra punta del objeto perdido. Y lo veo comenzar a asomar, desde la oscuridad del misterioso interior donde había permanecido oculto. Es para mí una extracción tan milagrosa, que me invade una emoción comparable a la de un arqueólogo que ve asomarse la quilla de un barco hundido durante siglos. Estallo en aplausos. Ya no debo elegir entre la huida o el cerrajero.
¿Tiene un destornillador?, me pregunta a continuación. Y sí, sí llevo aún el arma del delito conmigo. Por lo que, para asombro del señor Víctor, saco un destornillador de mi bolso.
Ve, que usted es una mujer muy apañada, comenta al verme ofrecerle la herramienta.
Con la paciencia y la perfección que caracteriza todos sus actos,  Víctor vuelve a colocar la cerradura y, con gran habilidad, luego se ocupa de enderezar lo que habían torcido al forzarla. Las vecinas solas en verano estamos ya a salvo de los merodeadores  de las alturas.
Le invito con una cerveza, le digo. No bebo nunca, me responde.
 Permítame ofrecerle algo, diez euros al menos, para que tome lo que le apetezca.  No, no, se excusa. Pero, yo insisto, ya que me parece justo retribuir a ese trabajador, ya jubilado, que esa tarde calurosa ha regresado a su antiguo oficio con un éxito rotundo y cosechando toda mi admiración.
¿Volveré a encontrarme con el señor Víctor? ¿Es otro de esos dioses menores,  que  aparecen en la estación del metro de La Sagrera? En verano, ya se sabe, todo se desplaza, y las líneas de metro quedan interrumpidas por obras de reparación. El señor Víctor es, quizá, uno de esos que en verano, desplazado de los túneles precintados por obras, ha salido a la superficie encargado de solucionar incidentes menores que afectan a las amas de casa. Tal como el extravío de una cerradura, engullida por las fauces de una puerta.

 

Más textos de Elsa Plaza en el blog “El magnetismo del viento nocturno”

18 Oct

Las diosas de la Sagrera

por Elsa Plaza

(Para Tania Alba y Marta Saiz)
Demeter, diosa de la agricultura. Relieve helenístico de terracota. III a. C.
Sí, sólo se produce cuando regreso del trabajo. Es cuando desde la línea roja del metro voy hacia la azul. La Epifanía puede darse en el mismo andén de la línea roja, cuando estoy caminando hacia la escalera y entre los pasajeros, hombres y mujeres que nos cruzamos sin mirarnos, de pronto se manifiesta. No ocurre todos los días. Ni tampoco yo estoy alerta siempre. Lo olvido, claro, como me ocurre olvidar lo que persisto en recordar. Se me escapa entre los dedos. Pero sé que cuando lo recuerdo es que está a punto de pasar.
Las diosas suelen ser extranjeras, latinoamericanas o africanas. Están de pié, esperando el metro, impacientes, o sentadas sosteniendo entre sus brazos una bolsa repleta de comida. Esas son las manifestaciones de Ceres ubérrima, copiosa en sus carnes oscuras y apretadas que se asoman desde el escote. Manzanas partidas envueltas en chocolate. El cabello erizado, las piernas robustas como firmes columnas. Giran su cabeza y descubro la mirada ciega de quien sobrevuela más allá de esa estación de metro donde, por gracia hacia nosotros, pobres ciudadanos vencidos por lo cotidiano, ellas concedieron manifestarse. Paso a su lado y al darles la espalda sé que ya no están.

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02 Oct

A Ítaca con los camaradas

por Elsa Plaza

Hasta que comencé ese viaje rumbo a Grecia, no me di cuenta de que para mí la vida se gozaba solamente en la imaginación. Los momentos más plenos de mi infancia habían sido aquellos en los que leía Mujercitas por las tardes, cuando volvía del colegio, echada sobre la cama de mis padres y mientras mordía una manzana. Recuerdo la escena con una sensación de bienestar absoluto. Pero durante el verano de 1976 viajaba desde París hacia Grecia en un viejo coche que conducían por turnos dos “camaradas”, estudiantes como yo en la Universidad de Vincennes. Formábamos parte de la “célula” del distrito XVIII, de un partido de la izquierda revolucionaria. Yo iba en el asiento trasero junto a Muriel –ya que entre mis tantos vacíos estaba también el de no saber conducir. Muriel, “otra camarada”, era sindicalista. No sé qué grado de importancia daba ella a su militancia obrera, pero durante el viaje demostró que lo que más le interesaba era comer y dormir.

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18 Sep

Los encuentros fortuitos (2a parte)

por Elsa Plaza

 Granada
En una esquina de la calle San Antón de Granada, unos antiguos portales de hierro permanecen abiertos. Invitan el paso hacia un jardín con canteros y fuentes cantarinas. El edificio es de dos plantas, partido al medio por un cenador cubierto por cristales, accedo por las escaleras de mármol a un comedor de paredes pintadas con colores cálidos. El hotel Oniria parece desierto. Mesas cubiertas de manteles blancos almidonados donde los platos permanecen vacíos y las copas brillantes contienen servilletas dobladas con arte japonés. Me acomodo en un sillón con una novela en mis manos. El tiempo se deshace entre sus páginas, cuando oigo una voz de soprano mezclándose con el arrullo del agua que llega desde el jardín. Ella exclama, ¡¡Ahhh!! , mientras eleva su lamento por la pérdida de un amor que se aleja en una nave… lontano , lontano. Otra voz, ésta de un contratenor, le augura que en los sueños volverá a encontrar el amor perdido.

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11 Sep

Los ecuentros fortuitos (1a parte)

por Elsa Plaza

Karlskrona ( Suecia)
En el verano del año 2015 escribía, a ratos, en la Biblioteca de Karlskrona (Suecia) un trabajo sobre una calle del Raval de Barcelona, Sant Antoni de Pàdua, desaparecida bajo la piqueta. Karlskrona, aparte de su paisaje de ciudad naval a orillas del Báltico, no ofrece muchas atracciones a alguien que como yo no conduce coche, no dispone de dinero para gastar en excursiones y no habla ni lee el sueco. Por lo que paso largas horas en su biblioteca leyendo Le Monde o El País, que llegan dos o tres veces por semana, escribiendo o mirando los libros, en español o en francés, que se encuentran junto a todos los extranjeros en la planta baja. La biblioteca es un lugar placentero, inaugurada en el año 1959 su arquitectura, que divide el espacio en varias plantas, aprovecha toda la escasa luz que el sol mezquino de los países escandinavos ofrece, y logra alegrar el espacio y hacerlo acogedor gracias a la madera clara y el diseño de sus muebles. Los bibliotecarios son correctos y educados, aunque incapaces de un gesto de reconocimiento o empatía, a pesar de los seis o siete veranos que llevo pasando por allí. Pero, ya se sabe el carácter nórdico, digo yo que será eso.

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26 Jun

La caballerosa deferencia de los sábados por la noche (2a parte)

por Elsa Plaza

Me quedé detenida sin animarme a bajar las escaleras, no veía el final de ellas y tuve miedo. Entonces busqué el mechero en el fondo de mi bolso, intentando dar luz a ese espacio desconocido que se abría ante mis pies. Bajé a tientas y di con una puerta formada por paneles de cristales opacos. El tango seguía: Esta noche amiga mía el alcohol nos ha embriagado que me importa que nos miren y nos llamen los mareados. Giré el picaporte y ante mí se abrió un espacio iluminado por una luz tenue que envolvía a los que por allí deambulaban. Al fondo, una barra de bar hecha con listones de madera de dos tonos y cubierta por una encimera de fórmica roja. Pensé que había perdurado intacta desde los años cincuenta o sesenta, igual que las mesas, de patas delgadas y abiertas, que se distribuían siguiendo un banco corrido, forrado de plástico también rojo. Un gran espejo, al fondo, duplicaba el espacio.
19 Jun

La caballerosa deferencia de los sábados por la noche (1a parte)

por Elsa Plaza

(Para Carlos Moreira)
Algo pasó aquella noche que alteró la lógica de todas las convenciones, incluso aquella por la que creemos que el tiempo es unidireccional y que a noviembre le sucederá, inexorablemente, diciembre.
Meses después, cuando quise volver a recordarlo, busqué en mi agenda lo que allí creía haber escrito. Estaba segura que durante todo el mes de diciembre había ido anotando mis citas dejando atrás un largo relato; éste comenzaba en una página correspondiente a los finales de noviembre y acababa en octubre, lo había escrito utilizando las páginas al revés para no estropear los espacios dedicados a los días que vendrían. La agenda estaba olvidada en un cajón junto a otros papeles. La abrí, y en el mes de noviembre no había nada que no fuesen las anotaciones normales. Citas con médicos, con mis amigas, fechas de entrega de trabajos, el día en el que realicé el último viaje con mi ex marido, entrevistas con abogados. Hoy me dispongo a rehacer, con lo que queda en mi memoria, aquella noche.

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29 May

Pasajer@s clandestin@s

por Elsa Plaza

¡Asombroso!

Espero un tren en el andén de Paseo de Gracia y oigo que desde los altavoces advierten que está prohibido atravesar las vías. Una advertencia que llevo años escuchando distraídamente… pero esta vez me sorprende, aunque quizá ya hace meses que el cambio se produjo y yo no lo había advertido…, desde el altavoz no se refieren a mí, a tod@s l@s que estamos esperando allí el próximo tren, como “señores pasajeros”, sino como “señores clientes “. La poesía del tránsito sustituida por la economía del mercado. Y, de inmediato, recordé la novela de Italo Calvino: Si una noche de invierno un viajero… ¿Debería llamarse, ahora: Si una noche de invierno un cliente? ¿Trataría, entonces, de un iracundo cliente estafado por un mal servicio de telefonía, de suministro de electricidad u otros? No, claro, el cliente ideal es el que gasta y no se queja. ¿Un cliente que compra un billete en Ave, clase preferencial? ¿Un cliente de un prostíbulo en la Jonquera? Siempre masculino, el cliente lo imaginamos comprando servicios, no importa de qué tipo, pero siempre gastando, la mano en el bolsillo, la billetera o la tarjeta de crédito. Siempre, el cliente evoca la inmediatez de una compra. El pasajero, que ha dejado de existir para Renfe (¡Oh, gestores de los servicios públicos que invaden y anulan, con sus planes de eficacia, hasta el espacio de nuestros sueños!) lo anunciaban como un hombre también, pero la libertad adquirida en las últimas décadas nos ha permitido, a las ensoñadoras féminas, aventurarnos en el viaje solitario…Y apenas decían señores pasajeros, ya nos transformábamos en pasajeras y nos dejábamos transportar por la niebla fecunda que envolvía la silueta despedida desde el altavoz. El viaje a lo desconocido comenzaba, valija en mano, no con rueditas -el ruido de éstas, al deslizarse sobre las imperfecciones de la calle, entorpece el hilo del pensamiento que divaga. Una bufanda roja al cuello protege a la pasajera de la humedad de la noche. Porque ella llega a una estación cualquiera, pero siempre de noche, y se dirige hacia una pensión barata, donde nunca estuvo antes. La calle que recorre está iluminada por una luz amarillenta, que llega desde un farol mecido por la brisa nocturna. Las gotas de humedad brillan sobre la acera. La pasajera les dedica un pensamiento, a la semejanza de las gotas de humedad con las gemas de un cristal de roca, donde subsisten y bailan arco iris. Otro pensamiento recorre los brotes que asoman entre las piedras de los muros, que conforman la escenografía donde la pasajera, que acaba de descender de un tren de la Renfe, se desliza para ir en busca de su Historia.

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03 May

Las tristes pianistas de la línea amarilla

por Elsa Plaza

 Tocan a Chopin, serias, nunca sonríen, con sus pianos eléctricos y el amplificador a un lado. Ahora son dos, que se turnan. Son tan parecidas, aunque hubo una primera con un teclado muy sencillo que ocultaba, con su sonido de plástico, la habilidad que demostró con el nuevo. Ya no se acompaña con el chimpúm de fondo que utilizaba antes y desmerecía la ejecución. Suenan las teclas en un solo virtuoso, que surge de la suave caricia, casi vuelo, sobre la sonrisa amarga que imitan las teclas, a modo de compensación del hieratismo de las ejecutantes. Vestidas con la austeridad de una portera de monasterio, sus caras redondas y muy blancas, enmarcadas por el cabello castaño que recogen, pulcras, en un rodete que llevan hacia la nuca. No miran a los viajeros que pasan a su lado, y nunca he visto a nadie que se detenga a escucharlas, ni que hable con ellas. A ellas tampoco se las ve dispuestas a decir nada. Concentradas en el devenir de sus manos y, quizás, en la música con la que rocían el pasillo del metro. Aquel que comunica, en la estación Maragall, el sofocante andén de la línea amarilla con el más vital de la línea azul. Allí, un mendigo, como escapado de una pintura de Brueghel, se acoda contra una muleta de madera y extiende un vaso de cartón ante los viajeros que pasan de prisa para no perder el metro, que abre sus puertas para tragarlos y desparecer.
Pero las pianistas son ajenas al ritmo de ese tiempo subterráneo marcado por el minutero que anuncia la entrada de los trenes. ¿En qué piensan las pianistas de la línea amarilla del metro? Como diseñadas para vivir esos únicos momentos en los que aparecen con sus carritos de la compra, donde transportan su arte. Para luego, parsimoniosas, instalarse en su espacio reservado para usos musicales que el transporte metropolitano de Barcelona ha diseñado para tal fin. Extraen del carro, en orden minucioso, cada uno de los artefactos necesarios para convertirse en las pianistas del metro. Sobre el mínimo banquito, que previamente han desplegado, acomodan prolijamente sus faldas antes de sentarse -nunca llevan pantalones-, y ocupar su lugar detrás del piano. Con la espalda perfectamente erguida, tocan a Chopin, a Schumann, siempre los románticos, pero sin cerrar los ojos, ni elevar las manos con gestos expresivos, como suelen hacer otros pianistas.
¿Qué hay antes de esos momentos, o después de ellos, cuando regresan por donde llegaron? ¿Hacia dónde regresan? Tan transparentes de aspecto y tan compactas en su pasado o su futuro. ¿Son dos (o tres)? Las puedo evocar, vestidas de invierno, bajando por una calle de Bucarest cubierta de nieve, camino del conservatorio de música. De eso hace ya tanto tiempo que la imagen, en sus mentes, quedó casi borrada. Quizás es ese mismo pasado, que ellas sienten tan lejano, el que las hace tan solo presentes allí, en ese rincón del metro contra la pared de azulejos. Sin una sonrisa, sin más sueños que el que les presta un nocturno de Chopin.
Pero hubo una excepción. Hace un tiempo, una de las dos (o tres), quizás la mayor de ellas, la más transparente de todas, esbozó un gesto, una sonrisa, a un perro enorme que llevaba atado el segurata del metro. Le sonrió, fijando su mirada al hocico que el perro tenía encerrado detrás de una especie de jaula. Inclinó su cara ante él y sus labios se alzaron hacia las comisuras. Y el perro le sostuvo la mirada; sus ojos entristecidos de animal atado parecieron querer comunicarle algo.
Luego de unos días, volví a interceptar otro gesto cómplice entre ellos. Cuando el perro pasó a su lado, prisionero de la tensa correa que retenía su amo, ella extendió el pié por debajo del piano eléctrico y rozó suavemente su barriga. El animal entonces exhaló un leve gemido, apenas audible. Y en sus ojos perrunos se adivinó la intensidad de un afecto que acababa de nacer. Entonces ella atacó un allegretto, mientras el perro continuaba su camino, bien sujeto a la correa, pero esta vez iba agitando, acompasadamente, su cola.
Foto: Carlos Barajas
No me cabe duda de las señales que se fueron intercambiando durante días, o quizás meses. Hasta que llegó el momento en el que al pasar junto a la pianista, creo la mayor de todas, el perro se quedó plantado. La miraba de frente; su amo quiso seguir el camino hacia la escalera mecánica y estiró de la cuerda, pero fue inútil. Ella entonces comenzó a tocar haciendo, por primera vez, muchos gestos. Levantaba los codos, cerraba los ojos y acentuaba exageradamente los acordes.
Y el segurata estiraba al mismo ritmo la cuerda, hasta que se dejó vencer por un conmovedor vals triste. Y lo vi seguir solo su camino hacia la escalera mecánica, con una lágrima rodando por sus mejillas y la correa del perro entre sus manos. Entonces vi a la pianista, por primera vez, dejar el marco de la pared de azulejos, donde se recortaba su figura erguida de pianista y, acercándose al perro echado a sus lado, abrir la especie de jaula que le mantenía encerrado el hocico.
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19 Abr

Viaje a Suecia (2a parte)

por Elsa Plaza

(Aquí la 1a parte)

 Karlskrona

Amanece en Karlskrona, y a pesar del calor seco y sofocante de la habitación donde paso estos días, sé que afuera hará frío.  Los 8 o 9 grados de temperatura, que unos números insistentes señalan  sobre la pared de un edificio, indican que el frío no es intenso, pero sé que el viento hará que nosotros, peatones, caminemos ajustándonos cuellos y bufandas. No hay nieve, invierno eran los de antes, me dicen, cuando, para salir de casa teníamos que hacerlo provistos de una pala para hacernos camino.  La práctica del verso de Machado: caminante no hay camino, se hacía cotidiano. Silenciosa Karlskrona, de acento lánguido y palabras entrecortadas y suspirosas. Cantan mucho cuando hablan estos suecos de Blekinge, tanto que, el intentar imitar el sonido de sus palabras es un difícil ejercicio de rítmica sincopada y de muecas con los labios. Pronunciar sus vocales para que suenen inteligibles al chófer del autobús, cuando pido un billete hasta Öljersjö, necesita de largo entreno previo.  Leer más