30 Jun

Declaració d’amor, per Dioni Porta

Declaro que vull ser la substància (ara elèctrica ara mucolítica ara gas ara pedra ara què) que s’obri pas a través del que faci falta. Siguin dificultats. Siguin interseccions que no es creuen. Sigui la reincidència. Sigui entre les escletxes. Del que faci falta fins a arribar a tu. Fins a l’autèntica tu. Fins a convertir-me en una síntesi incandescent a favor teu. En el rovell que es mereix un ésser històric com tu. Un ésser flexible i articulat com tu. Un ésser invulnerable al temps i a les seves manotes com tu. Com tu. I jo, previst. I jo, previst i preparat. Per travessar-te com un raig. Com una brotxeta. Com l’amor de la teva vida. Mentre et dic coses precioses. Que seré dúctil i mal·leable per tu. Que les teves aigües seran la meva religió. Que moriria de fàstic per tu. Que vull ser la riba de les teves ones. Xarop de la teva tos. El teu tallaungles i la teva crema hidratant. La teva llar i la teva dildo i el teu cafè del matí. Mentre t’espero. Mentre et dic que t’espero. Mentre et dic que no puc esperar més. I aquí estic. I tu ho saps. Compartint el meu desesper amb tu. Mentre et dic coses úniques. Que vull ser la teva substància. Que vull ser la teva insubstància. Que vull ser la teva elecció d’absurd. Que mai m’acostumaré a tu. Jo poso la tristesa i l’humor. Tu, la ira i el carisma. Amb amor t’ho dic. Serem collonuts. Gairebé irreals. Gairebé imaginaris. Gairebé casuals. Parlaran de nosaltres. Amb el cor i el fetge t’ho dic. Amb els ronyons i la punta de la fletxa. Amb les ulleres t’ho dic. T’ho dic. T’ho declaro, eh, idea meva?

29 Jun

2008 Salute Your Solution, The Raconteurs

por Javier Avilés

Creo que nos hemos desviado de la cuestión importante. A ver si entre los dos podemos enderezar esto, chaval. Escúchame, quizás puedas ayudarme. A veces reflexiono con preocupación sobre mis mejores intenciones. Siempre acabo estropeándolo todo. Creo que he creado demasiados problemas que al final acaban afectando a los demás. Lo intento, no tengo más que buenas intenciones, pero soy un pozo de mierda, un cubo de basura a donde va a parar todo. Y cuando algo cae dentro, dentro de mí, de mi cabeza, ya nadie quiere saber nada. Me refiero a todo en general. A ti también te ha salpicado la porquería. Es inevitable. Si subes la montaña de basura puede que al final tengas una buena vista del paisaje. Pero el olor es insufrible, ¿verdad? ¿Puedes ver algo cuando revisas las grabaciones lejos de este hedor? ¿Le puedes poner algo de perspectiva desde la altura de tus intenciones? Joder, chaval, ya no sé ni de lo que estaba hablando… lo que intentaba… a la mierda, volvamos a la cuestión principal… ¿de qué va todo esto? Vienes aquí cada jueves, pones en marcha tu estúpido aparato y esperas que yo hable y hable y hable. Te llevas sin permiso un cuaderno para cotillear en mis cosas privadas. ¿Te ha servido de algo la lista de la compra, la clave del wifi, las direcciones de amigos a los que hace siglos que no veo, el número de teléfono de mi dentista? No sé porque sigo aceptando tus visitas. Bueno, sí lo sé, pero quiero hacerte creer que no lo sé. La vida es así, chaval, una serie de casualidades sin causalidad en la que cada decisión determina la siguiente. Podría estar huyendo bajo una identidad falsa si aquella vez, la única que tuve una pistola en mi mano, hubiese disparado al pianista. Quizás no hubiese sabido usarla, aunque no me faltaban ni ganas ni motivos para reventarle la cabeza a aquel imbécil. Pero la dejé sobre la mesa y me fui para no volver. Sabes, aún recuerdo con nitidez el sonido que hizo el arma al depositarla sobre la madera y como al empujarla hacia el centro chocó con los vasos y las botellas y el cenicero. Todavía me despierto en medio de la noche cuando esos ruidos vuelven en forma de pesadilla. Creo que fue lo mejor que hice en la vida y creo que fue lo peor que hice en la vida. Muchas cosas dependen de ese gesto, de esa renuncia. Tú, por ejemplo. Ah, sí, chaval, aquí llegamos a la cuestión fun-da-men-tal en toda esta historia. Claro que conocí a tu madre… déjame pensar, ¿verano de 1991?… ¿cuándo naciste tú?… [ríe]… no te alteres… puede ser una simple casualidad… otra más… tú lo sabías cuando viniste, y yo lo supe en cuanto te vi entrar… pero no te equivoques… aunque fuese así, y hay formas de comprobarlo, no hay nada que nos vincule… ¿conoces la teoría del gen egoísta? Según ella no somos más que el envoltorio que usa, al parecer de forma no muy eficaz, nuestro ADN para perpetuarse. El sexo es la forma que tiene la genética de satisfacernos para que sigamos procreando. Así puede seguir expandiéndose… aunque es tan efectivo que acabará extinguiéndose. Su carcasa física consume demasiados recursos y los de este planeta son finitos. En fin… si esperas algo de mí, creo que voy a decepcionarte. No soy más que un receptáculo. Y estoy podrido por dentro. Si quieres saber algo pregúntale a tu madre. Lo que ella te diga será todo lo que debes saber. Yo soy una tumba. La tumba de mis cromosomas.

[Silencio. Bebe]

Hasta aquí hemos llegado, ¿no te parece? Si en todo este tiempo no has descubierto lo que querías saber, que siga hablando a este estúpido aparato no servirá tampoco, ¿Qué más quieres? ¿Más delirios de viejo consumido? ¿Más historias de degeneración, drogas, alcohol y sexo? ¿Te he contado historias de esas? [ríe] Supongo que eso es lo que estabas buscando cuando viniste, las viejas y míticas historias del rock and roll… excesos y mujeres, inodoros explotando y habitaciones destrozadas, juergas y peleas y orgías, sonidos desastrosos y escenarios precarios y el guitarrista saltando al público a golpear al imbécil que le ha tirado una lata… vivir sin una sola pausa más y tomar la ruta hacia la satisfacción que otros, que siempre parecen estar de vacaciones ya han tomado, ¿no?, ¿no, chaval? ¿eso querías, no? Porque eso es lo que piensas, que mi vida ha sido fácil, que estoy todo el día tumbado sin hacer nada, que no tengo PROBLEMAS. Eso es lo que crees, ¿no?, ¿que tengo todo lo que quiero y que hago esto solo por fastidiarte? Pues tienes razón.

[risa]

¿Tienes una solución?

Tendría que conformarme con lo que pienso. Y pienso mucho en Patricia, tu madre. Dale recuerdos de mi parte.

28 Jun

“John Ford a París”, Capítol 45

per Maiol de Gràcia

THE CHARMING MAN

Recordo un senyor de bigoti franquista i mirada intensa. Recordo que bordava com un gos rabiós i jo em moria de por. Això el feia riure d’allò més i bordava encara més fort, em pessigava el cul i jo sortia corrents.

Aleshores el pare m’agafava en braços i somreia. Acceptava la broma però no l’aprovava.  Era només la seva  manera d’interactuar amb la gent, discreta,  transigent, amable, disposada a cedir per damunt de discrepàncies puntuals. És el record punyent que brolla del plor d’un infant espantat.

 

27 Jun

Cap. 23. Biblioteca Canyelles, El lector y el detective privado

por Dioni Porta

En uno de los capítulos de El último lector, Ricardo Piglia reflexiona sobre el detective privado (private eye) del género policiaco, que según él “es una de las mayores representaciones modernas del lector”. Piglia sitúa el inicio del género en Los crímenes de la rue Morgue (relato escrito por Edgar Alan Poe en 1841) y concretamente en la escena de la librería en la que el narrador conoce a Auguste Dupin mientras ambos buscan un mismo libro, sin que llegue a revelarse de cual se trata.

Dice Piglia que decía Borges que el detective es la clave formal del relato policial y también que su figura, ese individuo que “siente al mismo tiempo lo multitudinario y la soledad” mientras pasea por las calles desiertas de la noche parisina, es la evolución natural del flâneur. El detective es aquel que lee la escena del crimen, alguien que lee la realidad, descifrando todo lo que estaba ahí, a la vista, sin que nadie supiera captarlo. Leer más

23 Jun

Collage d’Ignasi Mateo, Text de Miquel Bauçà

Collage d’Ignasi Mateo, Text de Miquel Bauçà

Amb la punta d’una espasa,

 Fitoraren-li ambdós ulls,

 al fill gran de la comare…

Ara, com un eixorbat,

 Ha de viure de la rifa…

Ell no és rancuniós,

 No obstant la feta impúdica…

A trenc d’alba és el primer

 a esberlar els tous flocs de boira

 i a trobar volenterós

 l’espai just que l’allibera

i el gombolda tot seguit…

Qui pogués com ell encara

 tenir els peus mercurials….!

Miquel Bauçà

‘En el feu de l’Ermitatge’

 

22 Jun

2007 Rest My Chemistry, Interpol

por Javier Avilés

[Ruido de engranajes]

(…)

¿Nunca dices nada al principio de la grabación? No sé… ¿la fecha, un número? Empiezo a sospechar que ni siquiera escuchas las cintas cuando llegas a casa. Quizás siempre esté hablando en la misma cinta, borrando lo anteriormente grabado. Intento sonsacarte alguna cosa pero tú no me das nada. Ni siquiera sé para que estamos haciendo esto. Solo sé que dices ser periodista y que quieres que hable ante este aparato para no-sé-qué. Dime una cosa, ¿estudiáis periodismo porque sois malos en ciencias y malos en arte, por ejemplo? ¿Malos en general en cualquier asignatura? [risa] Joder, chaval. Deja de poner esa cara. Dale un respiro a tu química. Sea lo que sea que tomas, déjalo por un tiempo. Y si no tomas nada quizás debas replanteártelo. ¿Es eso? ¿Quieres algo? Tengo polvos blancos. Pastillas azules y rojas. Líquidos fosforescentes. ¿No? Mejor… o peor, ya no sé qué pensar de ti. Tampoco es que me importe demasiado, pero ya son muchas semanas ante esta grabadora, hablando para no sé bien qué mierda de proyecto. Mírame. No he dormido en dos días, no me he bañado en nada que no sea sudor. Es posible que haya montado escenas y hecho muchas cosas de las que me arrepiento. Pero eso es la vida, un continuo arrepentimiento. Las cosas son así por todas las cosas que he hecho con anterioridad. Y me arrepiento, y acepto las consecuencias. Porque, al menos, he actuado, con acierto o desafortunadamente. Pero he hecho algo. ¿Me quieres decir qué estás haciendo aquí? ¿Qué estamos haciendo? Dame un motivo para el que la semana que viene vuelva a abrirte la puerta, un motivo que apacigüe mi deseo de empujarte escaleras abajo ahora mismo y lanzar la grabadora por la ventana. Leer más

20 Jun

Ploure de baix

per Xavi Ballester

Vaig arribar a la casa buida i em vaig tancar a l’habitació. No volia que el pare em veiés plorant. El primer dia, no. Amb la cara entaforada al coixí, la veu del professor ressonava més acusadora encara: A veure, la nova, qui va formular la llei de la gravetat? El pitjor van ser les rialles dels companys, com agulles clavant-se totes alhora arreu del meu cos. L’endemà, vaig pensar, serà pitjor.

També era la primera nit, la primera nit a la casa nova. El pare va arribar tard. Va obrir la porta de l’habitació, però em vaig fer l’adormida. Plovia. La pluja queia del cel com un sol cos pesat. No va parar de ploure fins que se’m van tancar els ulls.

En despertar-me, sense esmorzar, el pare em va fer caminar damunt la gespa xopa. Anàvem descalços, les gotes de pluja ens esquitxaven els turmells. “D’això se’n diu ploure de baix”, em va dir. Després va afegir que la mare no tornaria. Jo vaig preguntar-li si sabia qui havia inventat la llei de la gravetat. Newton, va respondre. Mai no l’havia sentit aquell nom, i, quan vaig arribar a la porta de l’escola, ja l’havia oblidat. No sabia què fer, ja havia entrat tothom, estava sola al carrer. Segur que el professor m’estaria esperant per preguntar-me de nou per la llei de la gravetat. Vaig girar cua, volia fugir corrents, però llavors vaig sentir un pessigolleig als turmells: el pare i jo, tots dos de nou amb els peus nusos damunt la gespa humida. No vaig recordar el nom de Newton, però vaig saber que el futur no hi entén de lleis i sense cap por vaig creuar la porta de l’escola.

 

16 Jun

“Somnis a la carta”, Olga Guinart

Aquesta història li va passar a un amic d’un amic meu. M’ho va explicar el meu amic Ferran un dia després de fer uns “montaditos” a prop de l’estació de França.

El seu amic, August, que devia rondar la quarantena, sempre havia tingut una manera de ser despistada, d’aquesta que sovint se li atribueix als genis o als científics, només que ell no era cap geni ni cap científic, o si ho era, encara no s’hi havia posat en ferm. Era despistat i prou. Rient, m’explicava que era capaç de sortir de casa amb sabatilles i adonar-se’n quan ja feia mig matí que caminava per Barcelona…o que un cop va haver d’anar a urgències després de rentar-se les dents amb pintura a l’oli…  Leer más

15 Jun

2006 Shoot The Runner, Kasabian

por Javier Avilés

El periodista hojea rápidamente el cuaderno, tiene una cita hoy mismo con El Hombre y tiene que devolverlo. El tiempo se acaba. “El Tiempo se acaba”. Pasa páginas buscando acaso una revelación. Ya le ha dado mil vueltas y sabe que no encontrará. Tiempo, tiempo. Dispara al mensajero. “¿Cuál es la respuesta?”. Apenas entiende la letra enrevesada, las frases que acaban inconclusas junto a extraños dibujos geométricos. Un triángulo, tres puntos alineados que a veces parecen convertirse en tres rayas y otras formar una letra, un cuadrado cuyos bordes no se cierran, como un marco formado por dos ángulos incapaz de contener los garabatos que se desbordan por toda la página. Números. Cifras que recuerdan coordenadas. Cifras que podrían ser horas. Tiempo, tiempo, tiempo. Algo que el periodista no tiene, algo que ya no puede dilatar más. Intenta detenerse en algún texto, pero la urgencia le impele a continuar. Una sucinta referencia a Led Zeppelin a través de la escena de una película que desconoce. NO Starways to heaven. Notas. Notas. Delirios. Músicos de la Motown: “Todas esas personas que realmente impulsaron la música y que fueron sacrificadas en el altar del mercado blanco, anglosajón y conformista”. Páginas emborronadas. Los dibujos de una mente concentrada en una conversación telefónica. Furia y ruido. Otras más elaboradas. Diagramas con una estructura geométrica especular plagadas de nombres que el periodista no reconoce y que al girar la hoja se convierten en otros nombres, que tampoco identificaría si hubiese tenido la paciencia de comprobar el curioso fenómeno. “Baila, baila, ¿acaso no matan a los caballos?” Estrellas. Cientos de estrellas de cinco puntas entrecruzándose, plagando páginas y páginas. “Dispara al mensajero. Dispara al pianista. Cambiadlo por una pianola. Eliminad a los músicos. Cambiadlos por un programa informático”. Tabulaciones. Borradores de canciones. Canciones de amor. “Todas las cosas vienen y se van”. Canciones de posesión sexual. “Bitch”. Canciones de dolor de muelas. “Soy el Rey”. Canciones de alcohol. “Los reyes vienen y se van”. Canciones de espadas blandidas sobre las cabezas de los reyes y los enemigos. Canciones de desolación y absenta. Canciones de mierda. “El tiempo se acaba y ya no puedo escribirte una triste canción de derrota”. Lee: “¿Huelen las canciones?: A sudor y a vómito. Al regurgitar de cebolla medio digerida. Huelen a tres meses de alquiler sin pagar” Deprisa, deprisa, lee: “¡Qué sublime composición! Se nota que el autor se rascaba los cojones con la mano izquierda mientras apuntaba las notas en el pentagrama!” Deprisa, lee, quieren disparar al mensajero: “¡Qué bonita canción de amor capaz de emocionar al más insensible! Su autor pegó una paliza a su mujer mientras la componía”. Lee, lee, ya no queda tiempo. En el autobús, rumbo a su cita, se fija en la página en la que se puede leer con letras muy grandes “Lanzad la bomba. Acabad con todos” Rodean a las dos frases florituras a bolígrafo que oscurecen la página. Espirales y estrellas y cuadrados y círculos dentro de otros círculos dentro de cuadrados incompletos. De alguna forma todas aquellas líneas forman rostros. Ojos, narices y bocas desbordándose por toda la página. Rostros, cientos de rostros contemplando al periodista, demasiados rostros esperando su respuesta. Llega a su parada y a la última página escrita. “No hay nada más, chaval. Es posible que nunca haya habido nada. Ni antes, ni ahora, ni después”. Blanco, blanco, blanco, hasta el final del cuaderno. Un vacío inmaculado. Como el silencio socarrón que le rodea cuando entra en la sala donde el personaje simula dormir. La escenografía habitual. Suena Kasabian en el equipo de música. El periodista se acerca a la estantería y deja el cuaderno, más o menos en el mismo lugar del que recuerda, o cree recordar, que lo cogió. Del sillón salen ronquidos que parecen una carcajada contenida que preludia un acceso de tos. El hijo del personaje, que abrió la puerta al periodista y le acompañó hasta la sala, le hace señas desde la puerta. —No creo que hoy quiera hablar contigo. — Lo entiendo, — dice el periodista, sin que realmente entienda —, tal vez, aprovechando la ocasión, quieras contarme alguna cosa sobre tu padre. El hijo del personaje rompe a reír y sin dejar de hacerlo abre la puerta de la calle y le indica la salida.

 El periodista se detiene en el rellano, contempla las escaleras que descienden en penumbra hacia la calle.

Fade out.