22 Mar

“John Ford a París”, Capítol 34

per Maiol de Gràcia

In a prison cell (catalan mode)

(Em diuen que el meu advocat d’ofici arribarà en qualsevol moment. Els demano paper i llapis i m’ho porten tot. Mentre espero, m’entretinc)

Imatges nítides,

Temps afegit.
Pretensions purament quilomètriques.
Vassallatge de mar de fons.
La nit il·lumina les incògnites amb distraccions quiromàntiques. És  com si el més profund de la foscor hi tingués alguna cosa a dir.

BULLSHIT

La intensitat de la solitud.
El cap camí per recórrer.
La pau de saber que no hi ha res més enllà dels quatre barrots rovellats.
Una mentida sobre una altra.
Meva, teva,

ONIONSHIT

Què se’n deu haver fet de?
Qui deu haver decidit què?
Prostitucions de per vida.
L’amor disfressat de Pandora.

22 Mar

La vida com a tragèdia

Antoni Janer (http://www.antonijaner.com)

En aquesta vida, prest o tard podem acabar en la pell d’un heroi tràgic. Aristòtil, en la seva Poètica, defineix la tragèdia com la imitació (μίμησις) d’una acció (πρᾶξις) de caràcter elevat, en un llenguatge bell. La tragèdia naixé dels ditirambes  (διθύραμβος) o himnes de caràcter majestuós que es cantaven a les processons dedicades a Dionís. Els seus dansaires es disfressaven de boc perquè creien que el déu es manifestava sota aquesta forma. El mateix Aristòtil volgué veure en aquest fet l’etimologia de la paraula “tragèdia”. Segons ell, el mot significaria “el cant (ᾠδή) del boc (τράγος)”. El que no se sap, però, és si el boc era la víctima del sacrifici o el premi del certamen o competició (ἀγών, d’on tenim agonia, protagonista i antagonista). Leer más

21 Mar

No amarás

por Xavi Ballester

A los catorce años mi hermano Teo decidió enamorarse de las camareras, a pesar de mi advertencia de que eso de enamorarse de las camareras no era nada original. Sus intentos se prolongaron durante todo el segundo trimestre del curso, pero fracasó: los encuentros eran demasiado fugaces, apenas un “¿qué vas a tomar? Una Coca-cola, gracias”. La economía de un chaval de catorce años no daba para mucho más y por supuesto yo no estaba dispuesta a financiarle sus escarceos amorosos. Teo se dio por vencido justo con la llegada de la primavera, lo que le sirvió para romper otro de los mitos del amor. Leer más

20 Mar

“El Minotauro global” de Yanis Varoufakis

por Dioni Porta

Uno de los recuerdos más vividos de mi época como estudiante de económicas fue la vergüenza que sentía cada vez que un economista se animaba a ilustrarnos a través de la metáfora, la comparación u otras figuras literarias. Circula un dicho que no puede ser más exacto: hortera como metáfora de economista.

La sombra de Winston Churchill y otros maestros de la frasecilla feliz, el amor por el aforismo y el ingenio efectista, la desconfianza en la complejidad y la deconstrucción, y, yendo más allá, la propia deformación ejercida por la teoría económica de los últimos cuarenta años -dominada por la verborrea matemática-, ha creado un perfil de economista, moderno, elástico, buen comunicador, didáctico y pedagógico, con una fe ciega en el microrrelato cipotudo. Leer más

17 Mar

Estrip art

 

Secretos diminutos, por Rubén Pérez

Carlos conoció a Carla un sábado de madrugada en un after, a esas horas en las que uno ya no espera gran cosa y se conforma con lo que venga. Quizá por eso se enamoró inmediatamente de ella, ya que en su excitado estado de drogas y alcohol, que aquella preciosidad le sostuviera la mirada y además le sonriera de forma insinuante era sin lugar a dudas mucho más de lo que él podía esperar. Cuando apenas unas horas después se dio cuenta de que estaban juntos en su cama, Carlos se sentía como el tío más afortunado del mundo. Se magrearon un buen rato, aunque Carla en todo momento le negó a Carlos que le tocara el coño. Justo cuando Carlos estaba a punto de preguntarle si pasaba algo, Carla le pidió que le follara el culo. Carlos, poco acostumbrado a que le ofreciesen semejante regalo, no tardó ni un segundo en montarla. Apenas tres minutos después ya se había corrido, pero aquello no pareció importarle a Carla. Y sin preguntarle si le importaba, Carlos se quedó dormido. Por la mañana Carla le despertó con el desayuno en la cama y una sonrisa y Carlos, aun con resaca, pensó que la vida era a veces realmente buena. En un impasse, mientras ella se arrellanaba a su lado y le untaba mermelada a una tostada, Carlos acercó su mano a la entrepierna de Carla lascivamente, pero apenas entró en contacto con el breve tanga, tuvo que retirar la mano horrorizado. Carla le sonrió como si no hubiera pasado nada y Carlos no supo muy bien cómo ni qué decirle, pese a que estaba seguro de que Carla era un hombre. Cuando ella le pregunto con naturalidad si quería más café, Carlos pensó que todo aquello era una locura y se levantó de la cama sumamente confuso. Pretextando de manera poco convincente una cita ineludible, Carlos se vistió apresuradamente. Ya en la puerta Carla le metió en el bolsillo una tarjeta con su teléfono con el ruego de que la llamara. Carlos asintió a toda prisa, mientras ya abría la puerta, angustiado por la posibilidad de que Carla intentara besarle. Al llegar a la calle arrugó la tarjeta y la tiró al suelo. Después siguió adelante unos metros, pero pensó que si ella salía por cualquier cosa y encontraba en la puerta de su casa la tarjeta arrugada quizás se sintiera mal y sin saber muy bien por qué desandó el camino hecho, recogió la tarjeta y la tiró unos metros mas allá, dentro de un container. Leer más

16 Mar

1995 Hyperballad, Björk

por Javier Avilés

 

¿Crees que no sabía lo que hacías cada mañana? ¿Crees que no veía el barranco duplicado en tus ojos cada vez que te miraba, oía el sonido de los trastos despeñándose a través de tus oídos? ¿Crees que no veía con alivio la sonrisa que me brindabas cuando creías que me acababa de despertar? ¿Crees que tu sonrisa no me liberaba de la angustia de tus huesos quebrados, de tu cabeza partida, de tus ojos abiertos y cerrados para siempre? Cada mañana la misma comedia de pretendida felicidad, cuando yo sabía que cada día te permitías unos minutos de coqueteo con el abismo. Tú sabías que no podía durar, que yo, de alguna manera, tarde o temprano, como así fue, lo iba a joder todo. ¿En qué lugar me dejaba tu maldita hiperbalada de amor? ¿Acaso no me dejaba un único papel a representar? El rol del estúpido egoísta carente de emociones. Me arrinconaste, me condicionaste, me dejaste sin salida. Tú te asomabas al precipicio y arrojabas piezas de coches abandonados y botellas. Escuchabas el estrépito del metal contra la roca, el sutil estallido del cristal. Imaginabas tu cráneo, tus miembros. Pero, querida, ¿no te das cuenta que el que estaba continuamente al borde del abismo era yo? Claro que sí. Tú sabías que yo lo iba a destrozar todo. Lo único que esperabas era que llegase ese día para empujarme hacia las rocas y los matorrales. ¿Ibas a arrojarte conmigo? ¿Pensabas darme un abrazo mortal antes de dar el último y fatídico paso? ¿Pensabas brindarme una última sonrisa mientras caíamos? Hiperdramática, creías vivir conmigo en la cima de una montaña, aislados del mundo, cuando en realidad vivíamos en un vertedero en los suburbios de los suburbios, cerca de un río infecto y herrumbroso cuya agua apestaba a cientos de kilómetros. Te lo digo por si no lo recuerdas. Seguro que sí. Seguro que recuerdas avergonzada aquellos días y el amor que decías sentir por mí. ¿Recuerdas? La cagué, lo jodí todo. No podía ser de otra manera. Seguro que lo recuerdas. No podrías olvidar mi traición. O quizás sí. Quizás me has olvidado completamente, me has borrado de tus recuerdos para no tener que recordar como eras entonces. Para no recordar el barranco hacia el que nunca te precipitaste. Te imagino ahora. Una madura madre de dos hijos adolescentes que en sus ratos libres lee en su lengua original a poetas cuyos nombres nadie sabría pronunciar. Algo queda de aquella hiperbaládica joven tras tu aspecto de mujer convencional, tras el disfraz de profesional seria y concienzuda. Algo que finalmente no saltó al abismo. Aunque cierta parte de ti se precipitó al vacío, como aquellas botellas, como la cubertería que dejabas caer para oír como iban chocando contra las rocas. Ahora que te has librado de aquella parte, ahora que te has librado de mí eliminándome del todo, ahora te sientes segura, ahora te sientes verdaderamente feliz en la seguridad de tu mediocridad. No hace mucho te vi…

 (El periodista hojea el cuaderno buscando una continuación a aquella ¿carta?, pero no encuentra nada más aparentemente relacionado, o no sabe encontrarlo, o no entiende nada. Se pregunta si ese texto va dirigido a la misma mujer a la que sollozaba con lágrimas de borracho en otra página del cuaderno… no sabe. Se siente impulsado a crear una historia que las relacione, que de consistencia a un relato vital que el personaje le escamotea continuamente en un juego que solo el personaje entiende y disfruta. ¿Acaso no es lo mismo con esa(s) mujer(es)?, piensa. ¿Acaso la vida del personaje no es más que un juego personal con sus propias reglas en el que no permite que nadie más participe? Un juego que reconstruye la realidad a conveniencia de su autor y único jugador. El periodista se ha documentado. Sabe todo lo que se ha escrito sobre el personaje a lo largo de los años. Sabe lo del accidente. Sabe sobre los rumores que envuelven a aquel fatídico episodio de la vida del personaje. Sabe que no obtendrá nada interrogando al personaje… escribe: “En 1995…”)

14 Mar

Corrosión, Capítulo 16, Subrayar o no subrayar, esa es la cuestión

Hay dos tipos de personas: las que subrayan y marranean con gusto sus libros y las que no osan ponerles ni medio dedo encima. Yo soy de este segundo grupo. Supongo que tiene que ver con la educación familiar recibida, que siempre fue más ética que política, remarcando mucho y bien la importancia del respeto, y algo menos las posibilidades de la subversión. Leer más

09 Mar

1994 Parklife, Blur

por Javier Avilés

 

Vorsprung Durch Technik demuestra que todo lema alemán nos invoca el espectro del nazismo. Adelantado a la técnica. En fin, ¿un trago, chaval? ¿no? Tú te lo pierdes. Chavales rijosos derrochando simpatía y amabilidad. Chavales cejijuntos emanando rabia apenas contenida. Por un lado los amenazan los impecables automóviles alemanes, coches para el pueblo con diseños futuristas y precios elitistas. Por otro, las arrolladoras guitarras de Seattle. ¿Y qué tienen ellos? Furibundas disputas de pub un sábado por la noche. La adscripción a un equipo como violentos hooligans. Nunca caminarás sólo. Siempre tendrás el respaldo de tantos otros como tu defendiendo los colores de una camiseta que llevan jugadores que después del partido conducen coches adelantados a la técnica, inasequibles con tu subsidio de desempleo. Los lunes al sol. Parklife. Sentarse en la estación haga frío o calor y mirar pasar los trenes, anotar sus números, comprobar el horario. Trainspotting también es inyectarse heroína. Buscar la vena-vía y esperar el impacto de una locomotora en tu cerebro. Un hobby británico. Un hobby de desesperación y subsidios y miseria y vida en el parque. Toda la gente, tanta, tanta gente, todos van tomados de la mano. ¿Entiendes lo que digo, chaval? ¿Lees entre líneas? Pues deberías. Demasiada gente. Todo el mundo. Deja de correr de aquí para allá. Me da la sensación de que eres uno de esos que dan de comer a las palomas, incluso a los gorriones, y que eso te da una enorme sensación de bienestar. ¿Acierto? ¿No? Seguro que tienes un coche que pretende estar adelantado a la técnica pero no es más que un sucedáneo cuyo motor suena a chatarra herrumbrosa. ¿Tampoco? Eres todo un enigma, chaval. Por cierto, hablando de coches. Fíjate en el vídeo de Parklife. Salen Ken y Cindy junto a su coche. Cindy es el bajista travestido, pero ¿Ken? Parece el mismísimo John Hurt. No he encontrado ninguna referencia a que participase en el rodaje. Seguramente no sea él. Demasiada gente. Demasiados rostros. Y todos los rostros el mismo rostro. Sutiles diferencias genéticas y de constitución. Pero todos el mismo rostro. Ni siquiera la Idea de rostro. No, algo más mezquino, más animal, más ancestral. Todos los rostros ocultan el salvaje egoísmo, la insoportable ansia de supervivencia. Quizás eso sea al fin y al cabo una Idea de rostro. La cara primigenia que todos llevamos bajo nuestros rasgos y que no son más que sutiles alteraciones de unas variables finitas. No es ya que puedan haber dos rostros iguales. Deben haber cientos de rostros iguales. Cientos de John Hurt apareciendo en miles de fotos y vídeos por todo el mundo. Jajajajaja. ¡Pero un único John Merrick! Jajajajajaja, es la deformidad la que nos hace diferentes y únicos. Es posible elegir la deformidad, la fealdad, la agresividad como forma de mostrarte ante el mundo. Puedes ser grosero y soez y enseñar el culo por la ventanilla del autobús y luego hacer baladas bobas. O puedes, sabiendo que todas las caras son la misma cara, adoptar un aire jovial y desenfadado, construir narraciones alegres y bailables e introducir en ellas una irónica carga social. Que toda tu rabia contra la máquina, esa máquina Vorsprung Durch Technik, sea agradable y luminosa como una mañana en el parque. Que tu rabia quede oculta tras la máscara del hijo agradable de la vecina. Parklife. Que las sonrisas oculten la amargura. Parklife. Que los colores luminosos oculten la grisura. Parklife. Te voy a contar una historia, chaval. Pásame otra botella… ahí, en el armario… hace un tiempo me operaron de la mano. Puedes ver la cicatriz. Mierda… jajajajaja, ahora sabes un motivo de mi retiro… no te entusiasmes, no tiene nada que ver… pues eso, estaba tumbado en la mesa del quirófano con el brazo inmovilizado y anestesiado, mirando las luces del techo, mientras el médico hurgaba en mis tendones. De repente, no preguntes porque hasta entonces no me había dado cuenta,  noté que sonaba música por la megafonía del quirófano. Exactamente, Parklife. Albarn cantaba mientras sajaban y mi sangre corría hasta recipientes metálicos y el cirujano raspaba y cosían finalmente la herida. Parklife. Casi me pongo a cantar mientras me operaban. No lo hice porque me di cuenta del contrasentido, me di cuenta que toda aquella operación no era más que otra muestra de parklife, del vacío que nos consume, de la inanidad de todo lo que nos rodea. Parklife, chaval. Vamos a dar de comer a las palomas.

08 Mar

“John Ford a París”, Capítol 32

Sutter Creek

per Maiol de Gràcia

Sutter Creek queda a una hora en cotxe de Sacramento. A l’aeroport, agafo el cotxe de lloguer i segueixo les instruccions del mòbil fins l’autopista. Després, només cal agafar el trencall que porta cap al llac Tahoe i seguir per la carretera secundària durant uns tres quarts d’hora.

La carretera és sinuosa i en lenta  pujada. Oscil·la per entre turons verds i grocs primer, i, més endavant, per entre arbredes que recordo d’una extraordinària bellesa. No se m’oblidarà mai la primera arribada, ara fa vint anys, també a la tardor, després d’haver deixat enrere l’últim revolt per davallar cap a la vall on el poble, petit i blanc, hi descansa des de les primeres extraccions d’or de l’època dels pioners.

Recordo, sobretot, els arbres vermells en totes les seves gradacions, vermells com mai no els havia vist mentre provava d’entendre i fer-me entendre per aquella família que havia decidit acollir-me durant un any sencer. Parlava i mirava de cua d’ull tots aquells arbres vermells, tots aquells turons grocs, totes aquelles cases colonials que no s’assemblaven en res als arbres, turons i cases de l’altre costat del mar, i pensava que aquell racó ja estava reclamant-me una futura visita més llarga i contemplativa, no importava ni quan ni com, potser en una altra època de la meva vida, quan fos que la vida i la casualitat m’hi volguessin portar de nou. Ja volia tornar a aquell mateix lloc i aturar-m’hi a la mateixa hora. Apagar el motor, sortir del cotxe i mirar-m’ho tot per segon cop.

Diria que avui ha arribat el dia.