21 Sep

2011 Lotus Flower, Radiohead

por Javier Avilés

 

En el sueño tenía arcadas. Escupía grumos de colores oscuros. No podía parar, como si algo pugnase por salir. Tosía y escupía. Finalmente, entre la opacidad viscosa, apareció el cuerpo de una mosca gorda y verde. Pugnó por liberarse del moco. Emergió. Agitó su iridiscencia. Alas y abdomen. Y se fue. Me dejó las excrecencias de un sueño y la libertad de volver a respirar. Pero algo, eso es lo que decía el sueño, había muerto en mi interior. Era la misma mosca de hace más de treinta años. Muchos más. Y no formaba parte de un sueño. No fue un sueño aunque los detalles del recuerdo están difuminados como los bordes de una película deteriorada. No recuerdo cómo había ido a parar a aquella casa o, en todo caso, no interesa. Tenía un largo pasillo que iba de la entrada, junto a la cocina, hasta la sala de estar. A un lado se encontraban las habitaciones. En el otro, una única ventana daba al hueco de las escaleras. El pasillo era tan inconmensurablemente largo, o así me lo parecía, que incluso en los días más soleados la luz no alcanzaba a iluminarlo del todo. El pasillo comunicaba las dos caras de un planeta. Si la luz entraba por la cocina, la zona del pasillo cerca de la sala estaba a oscuras. Si la luz entraba a raudales por la ventana de la sala entonces da igual porque lo que te voy a contar ocurrió de noche. Era el único que permanecía despierto. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas. Las ventanas de la sala y de la cocina estaban cerradas. Estaba en un extremo, la sala, de un espacio conformado por dos cubículos cerrados unidos por un pasillo recto. Estaba bebiendo. De alguna manera había conseguido saquear la despensa de los anfitriones y había encontrado una botella de oporto que no debía estar en buen estado, demasiado dulce, una dulzura irritante que punzaba el fondo del paladar. Primero, por supuesto, la oí. Un zumbido que se acercaba y alejaba del que no podía averiguar su origen. Ah, sí, un detalle que puede ser relevante o no: Bebía oporto y leía Rayuela. El zumbido me molestaba. Iba y venía, venía y se iba, como si la luz de la sala le imponiese un límite infranqueable. Hasta que dejó de serlo. La mosca finalmente entró en la sala, sobrevoló la mesa y volvió al pasillo. Era una mosca gorda negraverdeazul. Después de haberla visto por primera vez, después de constatar su tamaño, el zumbido pareció hacerse más grave y pesado. Siguió dopplereando pasillo arribabajo, de la remota cocina hasta sobrevolar mi cabeza. Había un periódico en la sala. Lo enrollé y me dispuse a esperar al insecto como un bateador. De repente un silencio. Como una espera. Como si la mosca estuviese calibrando la situación. Me imagino desde su punto de vista, desde el otro extremo del pasillo, multifacetado. El sonido volvió. La mosca se acercaba, el zumbido crecía, me parecía que con mayor intensidad que en las anteriores ocasiones. Entró en la luz. Se dirigía directamente hacia mi. Golpee con firmeza con el periódico enrollado. Fallé. La mosca chocó contra mi frente, justo entre mis ojos. Desapareció. Sentí el golpe físico. Pero allí no había nada. “Paredro”, pienso. “Mosca negra, manifiéstate”, pienso. El Nagual jugando a la rayuela en un espacio multidimensional cuya realidad se está resquebrajando. Aquella noche dormí en la habitación número seis. Llegué a la conclusión de que no había imaginado toda la historia de la mosca debido al oporto, que de alguna manera que no pertenecía a este plano de la realidad la mosca se había incorporado a mi cabeza. Mi paredro es una mosca interdimensional aleteando en mi cerebro. Hasta hoy. Hoy la escupí. No sabes lo doloroso que es. He perdido algo de la misma manera que obtuve algo. Y no estoy seguro de haber podido aprovechar ese algo. Y no quiero ni imaginar que durante todo este tiempo no he sido más que el vehículo de la mosca en nuestra realidad. Me siento mal. Hay un vacío en mi corazón donde las hierbas echan raíz. Ya no puedo desplegarme como la flor del loto. Bailo alrededor del agujero cuyo fondo es inalcanzable. La oscuridad está abajo. Me llama con un zumbido burlón.

14 Sep

2010 Write About Love, Belle and Sebastian

por Javier Avilés

 

Tienes que ver el sueño a través de las ventanas y árboles de tu sala de estar. Escribe sobre el amor. Asómate a la ventana, chaval, y dime que ves. Ladrillo, asfalto, metal. Todo arde. Los segundos se mueven si miras el reloj y el cielo se oscurece si miras hacia arriba… si miras hacia arriba no verás a ninguna chica en la cuerda floja… no hay cuerda floja tendida entre los edificios, solo cables eléctricos zumbando inaudibles. Y no se oscurece el cielo. El sol sigue quemando todo cuanto se mueve por aquí abajo. Y no hay hechizo que consiga detener el segundero del reloj, si lo hubiera no detendría el tiempo. Todo rueda hacia abajo. Escribe sobre el amor. Es una buena idea. Encontrarás una especie de llano en el declive en el que descansar durante algún tiempo. El amor nos salva, al menos por un momento. Ya hemos hablado de amor y tu no quieres que hable de amor. Tú quieres que hable de tu madre. Tú no quieres que hable de tu madre, no podrías soportarlo. Tienes que olvidar todo esto. Escribe sobre el amor. Invéntate una historia de amor y vívela. Olvídate de todo esto y sigue adelante. Camina sin mirar atrás, no te detengas en las encrucijadas aunque tengas el pie hinchado y el cansancio te empuje a esa sombra junto al río en el que acabas de perder una de tus sandalias. Sujeta tu ropa con agujas y evita que se te claven en los ojos. Duele caminar con esos pies, pero el camino es un descenso sin fin. Puedes rodar hasta el fondo del abismo pero no te lo aconsejo. Es imposible remontar el camino después. Nuestras vidas son los ríos, así que busca un remanso a la sombra y escribe de amor, almuerza en la azotea en el descanso del trabajo y escribe de amor. Busca alguien a quien amar, alguien que no seas tú, ni tu madre, ni ¿tu padre? Alguien cuya belleza te deslumbre, cuyo carácter te subyugue, cuya compañía se haga imprescindible, con quien bajar la cuesta hasta el final. Escribe de amor, joder, y deja ya esta puta mierda. El mundo ya es suficientemente oscuro y sucio como para que vengas a tirar más miseria sobre él. No importa ni quién eres ni de dónde vienes. Eres un individuo único e irrepetible. Somos son fruto de la combinación, del azar, si quieres, no hay que darle más vueltas. Acéptalo, no importa quién, ni cuándo, importa el ahora, el ya. No hay futuro, recuerdas. Solo un presente continuo. De igual manera no hay pasado. No hay pasado para ti, no hay pasado para mi. Y si te miro ahora… deja que te mire… bien… no hay pasado, pero viéndote no me parece que te haya ido tan mal… en fin, chaval, ¿qué más quieres que te diga? Toda esta historia no me interesa demasiado. Podría decir que incluso empieza a irritarme. Pongamos que existe una especie de oráculo que previene de futuros acontecimientos. Pongamos que me previene de la llegada de un periodista con magnetofón o de un joven calzado con una única sandalia. Esa persona será el causante de mi muerte. Pongamos que ese mismo oráculo te anuncia que matarás a tu padre. Dejemos de lado lo de la madre… lo dejamos en el plano teórico… no te pongas así, ya te he dicho que no tratamos ese tema… ¿por dónde iba?… vale, como te anuncia que matarás a tu padre agarras la grabadora y te vas de casa. En vez de subir a un autobús decides caminar por el paseo junto al río. Entonces oyes los gritos de la anciana y la ves en medio del río. Te pide que la ayudes a salir. Entras en el río, levantas a la mujer en vilo y la sacas del agua. Pero pesa más de lo que aparenta. Tropiezas con una piedra y pierdes una zapatilla. La dejas en la orilla y sigues caminando como puedes hasta aquí. La verdad es que no entiendo que fijación tiene el destino con los pies y el calzado. Quiero decir Destino. Y aquí estamos, dos líneas en descenso acelerado cruzándose. Podemos hacer caso al Destino o podemos ignorarlo. Porque ya lo has visto, el Destino no te predice lo que va ocurrir, el Destino se encarga de que eso que ha dicho que va ocurrir suceda. El Destino es un cabronazo que fuerza las situaciones para que se acomoden a su punto de vista. Ahora bien, podemos decidir. Hemos llegado hasta aquí, a este cruce, y estamos cara a cara. Podemos hacer lo que el Destino quiere que hagamos o podemos hacer lo que queramos. Vivir, por ejemplo. O escribir canciones de amor.

07 Sep

2009, Ulysses, Franz Ferdinand

por Javier Avilés

  

¿Por qué has vuelto? No eres Ulises y esta habitación no es Ítaca, isla áspera, pero buena criadora de mozos. Tal vez esto sea Eea y acabes convertido en cerdo. O quizás, puesto que su localización no aparece en los mapas ni su nombre escrito en ningún sitio, estés atrapado en la cueva de Polifemo, dispuesto para el banquete. No eres Ulises, chaval, nunca, nunca, volverás a casa. Vamos, coloquémonos. ¿No? Bien hecho. Beberé yo, entonces, como siempre. Tú puedes quedarte ahí, sentado, como siempre, con tu estúpido trasto grabando el silencio, como siempre. De todas formas tú tienes que saber mejor que yo lo que pasaba durante esos años. Deberían ser tus años del despertar a un mundo luminoso que creías que iba a ser tuyo. El diez se acercaba. Habíamos dejado atrás la locura mileniarista. Aceptábamos el inexorable y prosaico paso del tiempo. Una fecha en el calendario no significa nada. Creemos que nuestra arbitraria forma de medir el tiempo tiene consecuencias cuando el tiempo es una magnitud que se escurre entre los dedos. Creemos que poniéndole nombre podemos dominarla. Poner nombre a una cosa no es conocer su verdadero nombre. Solo el verdadero nombre, aquel que permanece oculto y que nunca nos será revelado, confiere verdadero poder sobre las cosas. Si conociéramos el verdadero nombre del tiempo, y no es Tiempo, lo podríamos controlar a nuestro antojo. Como no es así, todo transcurre en la dirección de la flecha… una gigantesca flecha que señala una tumba con nuestro nombre y en la que se puede leer USTED ESTÁ AQUÍ. No quiero repetirme, chaval. Pero vayamos a ello de nuevo. El fin del mundo no llega, el desastre no se produce la noche de fin de año. El mundo sigue adelante aunque hubiésemos querido pararlo. Las torres caen. El futuro es un horror de devastación o, proféticamente no hay futuro. Ese es nuestro legado. Entonces vosotros, para quienes el futuro debería ser brillante y prometedor volvéis al pasado, creéis reinventar el punk, creéis que se puede reventar el sistema con vuestra música, rescatáis la vieja fórmula, sexo, drogas y rock’n’roll, y os lanzáis a la calle en busca del último festival, de la última sustancia sintetizada en laboratorios clandestinos y creéis ser Ulises recorriendo la ciudad desde la mañana hasta la noche en busca, en busca, ¿qué buscáis? Yo tengo mi pastilla de jabón con aroma a limón y una patata en el bolsillo. ¿Qué tenéis vosotros? Una botella de agua “mineral” (perdona si me río) vendida a precio del mejor whisky, un sobre con sonrientes pastillas y ansiedad, mucha ansiedad, una continua e imbatible ansiedad que se contagia a todo cuanto os rodea. Una ansiedad que os congela la sangre y consigue que os quedéis inmóviles ante el escenario con el corazón sincronizado con la cadencia que transmite el bajo: la-la-la-la, hoo-hoo-hoo, you-‘re not U-ly-sses, hoo-hoo-hoo, la-la-la-la, hoo-hoo-hoo. No-e-res-u-li-ses. Y el borboteo de la ansiedad gestándose en el pecho, esa sensación que pone a los pulmones a punto de explotar , desaparece, creéis que desaparece tras la pastilla con la cara estampada de ese simpático personaje de dibujos animados que veías de niños y no puede ser malo si lleva la carita adorable de esa figura de plástico que guardabas como un tesoro, no puede perjudicarme si mis padres me ponían una y otra vez la colección de cintas de VHS donde aparecía ese entrañable personaje de las pastillas, en episodios de veinte minutos o en películas de hora y media, y no te importaba dónde estaban tus padres mientras la cinta desgranaba capítulo tras capítulo las aventuras del personaje que patrocina la pastilla que tragas con un sorbo de agua de tu botella de plástico y el mundo se ensancha de repente y todo es un gran televisor que emite veinticuatro horas al día tu serie favorita de dibujos animados, mientras en el escenario te dicen, no, no, no, no eres Ulises, nunca, nunca, nunca llegarás a casa. Y piensas, pensáis, que quién quiere volver a casa. Porque también habéis oído otras frases que pronunciábamos mientras pensábamos que estabais concentrados ante la pantalla del televisor. Frases bonitas como que hay que elevar una oración a los dioses para que el camino sea largo y esté lleno de aventuras. Pero también sandeces como que hay que vivir deprisa y morir joven para ser un bonito cadáver en la lista de los de veintisiete, y chorradas murmuradas en broma como un chiste rancio sobre si las drogas son malas, míralas, ahí sobre el mostrador, ¡aquí está la droga!, ¿te hace algo?, ¿te muerde?, ¿te pega?, ¿te araña?, ¿salta y te coje de los huevecillos? ¡Qué va a ser mala, hombre…!

29 Jun

2008 Salute Your Solution, The Raconteurs

por Javier Avilés

Creo que nos hemos desviado de la cuestión importante. A ver si entre los dos podemos enderezar esto, chaval. Escúchame, quizás puedas ayudarme. A veces reflexiono con preocupación sobre mis mejores intenciones. Siempre acabo estropeándolo todo. Creo que he creado demasiados problemas que al final acaban afectando a los demás. Lo intento, no tengo más que buenas intenciones, pero soy un pozo de mierda, un cubo de basura a donde va a parar todo. Y cuando algo cae dentro, dentro de mí, de mi cabeza, ya nadie quiere saber nada. Me refiero a todo en general. A ti también te ha salpicado la porquería. Es inevitable. Si subes la montaña de basura puede que al final tengas una buena vista del paisaje. Pero el olor es insufrible, ¿verdad? ¿Puedes ver algo cuando revisas las grabaciones lejos de este hedor? ¿Le puedes poner algo de perspectiva desde la altura de tus intenciones? Joder, chaval, ya no sé ni de lo que estaba hablando… lo que intentaba… a la mierda, volvamos a la cuestión principal… ¿de qué va todo esto? Vienes aquí cada jueves, pones en marcha tu estúpido aparato y esperas que yo hable y hable y hable. Te llevas sin permiso un cuaderno para cotillear en mis cosas privadas. ¿Te ha servido de algo la lista de la compra, la clave del wifi, las direcciones de amigos a los que hace siglos que no veo, el número de teléfono de mi dentista? No sé porque sigo aceptando tus visitas. Bueno, sí lo sé, pero quiero hacerte creer que no lo sé. La vida es así, chaval, una serie de casualidades sin causalidad en la que cada decisión determina la siguiente. Podría estar huyendo bajo una identidad falsa si aquella vez, la única que tuve una pistola en mi mano, hubiese disparado al pianista. Quizás no hubiese sabido usarla, aunque no me faltaban ni ganas ni motivos para reventarle la cabeza a aquel imbécil. Pero la dejé sobre la mesa y me fui para no volver. Sabes, aún recuerdo con nitidez el sonido que hizo el arma al depositarla sobre la madera y como al empujarla hacia el centro chocó con los vasos y las botellas y el cenicero. Todavía me despierto en medio de la noche cuando esos ruidos vuelven en forma de pesadilla. Creo que fue lo mejor que hice en la vida y creo que fue lo peor que hice en la vida. Muchas cosas dependen de ese gesto, de esa renuncia. Tú, por ejemplo. Ah, sí, chaval, aquí llegamos a la cuestión fun-da-men-tal en toda esta historia. Claro que conocí a tu madre… déjame pensar, ¿verano de 1991?… ¿cuándo naciste tú?… [ríe]… no te alteres… puede ser una simple casualidad… otra más… tú lo sabías cuando viniste, y yo lo supe en cuanto te vi entrar… pero no te equivoques… aunque fuese así, y hay formas de comprobarlo, no hay nada que nos vincule… ¿conoces la teoría del gen egoísta? Según ella no somos más que el envoltorio que usa, al parecer de forma no muy eficaz, nuestro ADN para perpetuarse. El sexo es la forma que tiene la genética de satisfacernos para que sigamos procreando. Así puede seguir expandiéndose… aunque es tan efectivo que acabará extinguiéndose. Su carcasa física consume demasiados recursos y los de este planeta son finitos. En fin… si esperas algo de mí, creo que voy a decepcionarte. No soy más que un receptáculo. Y estoy podrido por dentro. Si quieres saber algo pregúntale a tu madre. Lo que ella te diga será todo lo que debes saber. Yo soy una tumba. La tumba de mis cromosomas.

[Silencio. Bebe]

Hasta aquí hemos llegado, ¿no te parece? Si en todo este tiempo no has descubierto lo que querías saber, que siga hablando a este estúpido aparato no servirá tampoco, ¿Qué más quieres? ¿Más delirios de viejo consumido? ¿Más historias de degeneración, drogas, alcohol y sexo? ¿Te he contado historias de esas? [ríe] Supongo que eso es lo que estabas buscando cuando viniste, las viejas y míticas historias del rock and roll… excesos y mujeres, inodoros explotando y habitaciones destrozadas, juergas y peleas y orgías, sonidos desastrosos y escenarios precarios y el guitarrista saltando al público a golpear al imbécil que le ha tirado una lata… vivir sin una sola pausa más y tomar la ruta hacia la satisfacción que otros, que siempre parecen estar de vacaciones ya han tomado, ¿no?, ¿no, chaval? ¿eso querías, no? Porque eso es lo que piensas, que mi vida ha sido fácil, que estoy todo el día tumbado sin hacer nada, que no tengo PROBLEMAS. Eso es lo que crees, ¿no?, ¿que tengo todo lo que quiero y que hago esto solo por fastidiarte? Pues tienes razón.

[risa]

¿Tienes una solución?

Tendría que conformarme con lo que pienso. Y pienso mucho en Patricia, tu madre. Dale recuerdos de mi parte.

22 Jun

2007 Rest My Chemistry, Interpol

por Javier Avilés

[Ruido de engranajes]

(…)

¿Nunca dices nada al principio de la grabación? No sé… ¿la fecha, un número? Empiezo a sospechar que ni siquiera escuchas las cintas cuando llegas a casa. Quizás siempre esté hablando en la misma cinta, borrando lo anteriormente grabado. Intento sonsacarte alguna cosa pero tú no me das nada. Ni siquiera sé para que estamos haciendo esto. Solo sé que dices ser periodista y que quieres que hable ante este aparato para no-sé-qué. Dime una cosa, ¿estudiáis periodismo porque sois malos en ciencias y malos en arte, por ejemplo? ¿Malos en general en cualquier asignatura? [risa] Joder, chaval. Deja de poner esa cara. Dale un respiro a tu química. Sea lo que sea que tomas, déjalo por un tiempo. Y si no tomas nada quizás debas replanteártelo. ¿Es eso? ¿Quieres algo? Tengo polvos blancos. Pastillas azules y rojas. Líquidos fosforescentes. ¿No? Mejor… o peor, ya no sé qué pensar de ti. Tampoco es que me importe demasiado, pero ya son muchas semanas ante esta grabadora, hablando para no sé bien qué mierda de proyecto. Mírame. No he dormido en dos días, no me he bañado en nada que no sea sudor. Es posible que haya montado escenas y hecho muchas cosas de las que me arrepiento. Pero eso es la vida, un continuo arrepentimiento. Las cosas son así por todas las cosas que he hecho con anterioridad. Y me arrepiento, y acepto las consecuencias. Porque, al menos, he actuado, con acierto o desafortunadamente. Pero he hecho algo. ¿Me quieres decir qué estás haciendo aquí? ¿Qué estamos haciendo? Dame un motivo para el que la semana que viene vuelva a abrirte la puerta, un motivo que apacigüe mi deseo de empujarte escaleras abajo ahora mismo y lanzar la grabadora por la ventana. Leer más

15 Jun

2006 Shoot The Runner, Kasabian

por Javier Avilés

El periodista hojea rápidamente el cuaderno, tiene una cita hoy mismo con El Hombre y tiene que devolverlo. El tiempo se acaba. “El Tiempo se acaba”. Pasa páginas buscando acaso una revelación. Ya le ha dado mil vueltas y sabe que no encontrará. Tiempo, tiempo. Dispara al mensajero. “¿Cuál es la respuesta?”. Apenas entiende la letra enrevesada, las frases que acaban inconclusas junto a extraños dibujos geométricos. Un triángulo, tres puntos alineados que a veces parecen convertirse en tres rayas y otras formar una letra, un cuadrado cuyos bordes no se cierran, como un marco formado por dos ángulos incapaz de contener los garabatos que se desbordan por toda la página. Números. Cifras que recuerdan coordenadas. Cifras que podrían ser horas. Tiempo, tiempo, tiempo. Algo que el periodista no tiene, algo que ya no puede dilatar más. Intenta detenerse en algún texto, pero la urgencia le impele a continuar. Una sucinta referencia a Led Zeppelin a través de la escena de una película que desconoce. NO Starways to heaven. Notas. Notas. Delirios. Músicos de la Motown: “Todas esas personas que realmente impulsaron la música y que fueron sacrificadas en el altar del mercado blanco, anglosajón y conformista”. Páginas emborronadas. Los dibujos de una mente concentrada en una conversación telefónica. Furia y ruido. Otras más elaboradas. Diagramas con una estructura geométrica especular plagadas de nombres que el periodista no reconoce y que al girar la hoja se convierten en otros nombres, que tampoco identificaría si hubiese tenido la paciencia de comprobar el curioso fenómeno. “Baila, baila, ¿acaso no matan a los caballos?” Estrellas. Cientos de estrellas de cinco puntas entrecruzándose, plagando páginas y páginas. “Dispara al mensajero. Dispara al pianista. Cambiadlo por una pianola. Eliminad a los músicos. Cambiadlos por un programa informático”. Tabulaciones. Borradores de canciones. Canciones de amor. “Todas las cosas vienen y se van”. Canciones de posesión sexual. “Bitch”. Canciones de dolor de muelas. “Soy el Rey”. Canciones de alcohol. “Los reyes vienen y se van”. Canciones de espadas blandidas sobre las cabezas de los reyes y los enemigos. Canciones de desolación y absenta. Canciones de mierda. “El tiempo se acaba y ya no puedo escribirte una triste canción de derrota”. Lee: “¿Huelen las canciones?: A sudor y a vómito. Al regurgitar de cebolla medio digerida. Huelen a tres meses de alquiler sin pagar” Deprisa, deprisa, lee: “¡Qué sublime composición! Se nota que el autor se rascaba los cojones con la mano izquierda mientras apuntaba las notas en el pentagrama!” Deprisa, lee, quieren disparar al mensajero: “¡Qué bonita canción de amor capaz de emocionar al más insensible! Su autor pegó una paliza a su mujer mientras la componía”. Lee, lee, ya no queda tiempo. En el autobús, rumbo a su cita, se fija en la página en la que se puede leer con letras muy grandes “Lanzad la bomba. Acabad con todos” Rodean a las dos frases florituras a bolígrafo que oscurecen la página. Espirales y estrellas y cuadrados y círculos dentro de otros círculos dentro de cuadrados incompletos. De alguna forma todas aquellas líneas forman rostros. Ojos, narices y bocas desbordándose por toda la página. Rostros, cientos de rostros contemplando al periodista, demasiados rostros esperando su respuesta. Llega a su parada y a la última página escrita. “No hay nada más, chaval. Es posible que nunca haya habido nada. Ni antes, ni ahora, ni después”. Blanco, blanco, blanco, hasta el final del cuaderno. Un vacío inmaculado. Como el silencio socarrón que le rodea cuando entra en la sala donde el personaje simula dormir. La escenografía habitual. Suena Kasabian en el equipo de música. El periodista se acerca a la estantería y deja el cuaderno, más o menos en el mismo lugar del que recuerda, o cree recordar, que lo cogió. Del sillón salen ronquidos que parecen una carcajada contenida que preludia un acceso de tos. El hijo del personaje, que abrió la puerta al periodista y le acompañó hasta la sala, le hace señas desde la puerta. —No creo que hoy quiera hablar contigo. — Lo entiendo, — dice el periodista, sin que realmente entienda —, tal vez, aprovechando la ocasión, quieras contarme alguna cosa sobre tu padre. El hijo del personaje rompe a reír y sin dejar de hacerlo abre la puerta de la calle y le indica la salida.

 El periodista se detiene en el rellano, contempla las escaleras que descienden en penumbra hacia la calle.

Fade out.

08 Jun

2005 Only, Nine Inch Nails

por Javier Avilés

[Nota: Por primera vez, no volverá a ocurrir, un vídeo dirigido por mi odiado David Fincher]

¿Vas a morder la mano que te da comer, chaval? No, tú no eres de esos.  Ven, acércate más que te quiero tocar, estar cerca de ti. Quiero comprobar que eres real, que no solo te he inventado para hacerme daño. Para herirme. Ya no me preocupa encajar en tu mundo, chaval. Y sí, es tu mundo. Porque no importa, no me importa. Nada importa ya. Nada me importa. Bien. Este es tu brazo. Parece real al tacto. Y esta es tu mano. Real también. Esta es la mano que cogió sin permiso un cuaderno que no le pertenece. Vale, chaval, ya te suelto. Mira que he dicho “cogió”. No he dicho la mano que robó el cuaderno. Porque eso fue lo que hiciste. No importa. No me importa. Nada importa ya. Nada me importa desde hace tiempo. ¿Por qué crees que acepté esta especie de charlas contigo? Porque no me importa. Es un incordio, pero no me importa. Pero es molesto. Sobre todo porque no sé qué mierda estás haciendo con todas estas grabaciones. ¿Escribes un libro? ¿Sobre mí? Quiero ver algo de lo que escribes. No te voy a permitir que publiques nada sin autorizarlo antes, así que quiero leer lo que escribes. Y, me parece que no pienso aprobar nada. ¿Sabes por qué? No me fío de ti. No me gustas. No veo claro cuáles son tus intenciones. ¿Qué buscas? ¿Una historia, un padre? Pues no vas a encontrar nada de eso aquí. Tú. Tú no existes. No hay más tú, solo yo. There is no you, there is only me. There is no fucking you, there is only me. Solamente yo. Y yo soy yo y mis cicatrices, como dijo el filósofo. Y las viejas heridas, por muchos puntos de sutura que intenten cerrarlas, por mucho que se enquisten, por mucho dibujo absurdo que dejen en tu piel, siempre están ahí, siempre permanecen abiertas. Son pasadizos sanguinolentos hacia el pasado. Máquinas carnales del tiempo que nunca dejan de supurar, que palpitan como ideas que no encuentran salida. Recrea esta imagen en tus crónicas si eres capaz: Imagina que empiezo a hurgar en la cicatriz de mi brazo, que reabro la herida con mis uñas. La sangre mana, ¿o ya no sangran las heridas cerradas por el tiempo? Ahora meto un dedo en la herida y la ensancho. Luego dos. Luego toda la mano. Agarro con fuerza un amasijo de tendones y músculos y estiro. Mi brazo se introduce en la herida. Sigo estirando de mí mismo desde dentro y logro introducir el hombro y parte del tronco. ¿Puedes visualizarlo? Me introduzco completamente dentro de mi herida. Estoy dentro de un pasadizo que intenta cerrarse sobre sí mismo y atraparme dentro. Sigo avanzando. Escalando hacia no sé bien qué lugar. Estoy en algún lugar donde se suponía que no debía estar y puedo ver cosas que nadie podría ver. Y descubro que las cosas no son tan bonitas por dentro como podría parecer. Sigo avanzando mientras la herida se cierra de nuevo. Estoy en un mundo nuevo y no me gusta. Tú, sin embargo, me has visto desaparecer delante de tus ojos. Según tu punto de vista me he ido consumiendo ante tus ojos, haciéndome cada vez más pequeño mientras me introducía dentro de mi herida, hasta que me he convertido en un punto, una entidad bidimensional, que finalmente se ha desvanecido con el sutil ruido de una pompa de jabón estallando. Sin embargo aquí estoy. No es agradable pero es mi lugar. Uno al que imbéciles como tú jamás podrán llegar. Solo yo. Únicamente yo. Tu no. Jodida y radicalmente NO, chaval. No existes. Veo a través mío, a través de mi piel que he absorbido en mi viaje y te veo con esa cara de idiota estupefacto por mi desaparición. Lo que no entiendes, chaval, lo que el mundo no entiende, es como de me-ri-dia-na-men-te claro se ven las cosas desde aquí dentro. Os seguís preguntando cómo lo he hecho para desaparecer. Lo que no entendéis es que yo sigo aquí, los que habéis desaparecido sois vosotros. Todos y cada uno de vosotros. Seguid con vuestra ficción de existencia, no me molesta porque no me importa. Nada me importa.

[Pausa… bebe]

Haremos una cosa, chaval. El próximo día que vengas me encontrarás dormido en este sillón. No intentarás despertarme. Dejarás el cuaderno en la estantería y te irás para tu casa o para dónde sea que habites en tu ficticia existencia.

01 Jun

2004 Reptilia, The Strokes

por Javier Avilés

El cuarto está en llamas mientras ella se peina. Es una vieja canción. Estás en una parte extraña de la ciudad, continúa. Pero ya no hay partes en este todo extraño. Ella no se peina y el cuarto no está en llamas. Siempre un cuarto, una habitación desvaída, cuyos detalles son imposibles de vislumbrar. Sus ojos se ajustan con dificultad a la tenue iluminación que parece surgir del suelo. Pero hay una lámpara. Siempre un cuarto, siempre una lámpara, con una pantalla mugrienta por los excrementos de cientos de insectos, que oculta una bombilla amarillenta y el polvo humedecido de mil noches o de una noche sin límites hace tiempo caducada, una noche que persiste monótona o insistentemente. Siempre una habitación de dimensiones cúbicas, las paredes empapeladas con un dibujo que se repite sin fin pared tras pared tras pared; veríamos flores, arabescos y ardillas emparejadas y enroscadas en mutua felación repetida hasta la saciedad si fuésemos capaces de distinguir el decorado, si fueran visibles los contornos de los dibujos ennegrecidos por miles de respiraciones hediondas, alientos saciados de alcohol, tabaco y carne putrefacta, emanaciones de exudaciones acres, restos epiteliales digeridos por millones de ácaros, pelos y escamas lentamente fagocitadas por larvas microscópicas. Flores, arabescos y ardillas en un borroso mejunje orgánico que fluctúa a lo largo de las cuatro paredes sin cesar jamás, a no ser que nuestra vista se encuentre con la puerta y volvamos, después de perdernos en una marea de flores y arabescos y ardillas conspicuas, de nuevo a la puerta y nos detengamos mientras todo el decorado sigue girando a nuestro alrededor a la mortecina luz de la lámpara a pesar de que la iluminación parece surgir del suelo. Ella no se peina y el cuarto que fluctúa no está en llamas. Ella se apoya contra la puerta. Siente en su espalda una vibración sorda. El jadeo mecánico de un motor lejano, la convulsión del ingenio que mantiene el mundo en movimiento, o lo suspende en el tiempo. Pero nos olvidamos del motor y nos quedamos en el cuarto, ese es todo nuestro mundo, el mundo de ella, que no se peina y se apoya contra la madera de la puerta; un mundo de cuatro paredes, una inútil bombilla amarillenta y un suelo de baldosas ennegrecidas por miles de pasos ociosos y desesperanzados que han arrastrado y dispersado por su superficie excrementos y vómitos y sudor y licores violáceos y humores sanguíneos y todo aquello que perdemos, lo que pesa, enfría y oscurece. La bombilla parpadea en el centro del techo pero la luz surge del suelo, la sombra de la lámpara se dibuja en el techo, los ojos tardan en acostumbrarse, se ajustan con dificultad a la contradicción, y apoyada en la puerta, reteniendo la vorágine de las paredes que se acelera, un maelstrom de flores, arabescos y ardillas, busca a su espalda el picaporte con la mano, mira la sombra imposible de la lámpara y descubre las pisadas ensangrentadas esparcidas por todo el techo.

(Fragmento de Un acontecimiento excesivo)

Me echaste de la carretera. La espera ha terminado. Ahora cogeré el control. Ya no te ríes.

No me ahogo lo suficientemente rápido.

25 May

2003 Seven Nation Army, The White Stripes

por Javier Avilés

Sangro, sangro, sangro. Todas mis palabras son como pérdidas de sangre que caen sobre mi camisa. Y las manchas de sangre dicen que me vaya a casa. Pero, ¿dónde podría ir? Mi casa está donde pisan mis zapatos, donde mi culo se aposenta para pasar una larga tarde más de espera infructuosa. Mi casa está donde pueda apoyar un vaso y la botella no se termine nunca. Si ésta es una ópera eterna, entonces yo no llego a ser ni un triste figurante que aparece en la esquina izquierda del escenario. No tengo ni una sola frase y ni siquiera pertenezco al coro. Algunos, chaval, solo somos parte de la escenografía. Ya sé, dirás que algo tengo que haber hecho si tú estás aquí entrevistándome, intentando descubrir algo del mundo musical a través de mis experiencias en estos más de cincuenta años. Después de todas estas charlas, ¿tú qué crees? Dicen que todo el mundo tiene una historia que contar, desde la Reina de Inglaterra hasta los Sabuesos del Infierno. Cualquier persona, no esos tan destacados, sino, pongamos, el cartero o el carnicero, tiene una historia que contar. Quizás alguna de esas historias te espeluznarían. Cada historia personal deviene en una historia de terror. Puede que te sientas decepcionado porque no te estoy contando esas historias. Sabes, me las cuento una y otra vez cada noche. Porque no puedo olvidar y tampoco puedo dormir. Viajo adelante y atrás en mi memoria reviviendo toda mi vida, como una película que avanza y retrocede a mi antojo. Y la única conclusión que obtengo es “Déjalo”. Quizás un ejército de siete naciones logre al final que desvele los secretos, que me saque las palabras como esos bárbaros me arrancarían la espina dorsal estirando por la espalda. Imagina que bonito trofeo. Imagina que buen mástil para un contrabajo. Qué bonita clavijera podrían insertar en mi cráneo. Déjalo, me repito, vuelve a casa, me digo justo antes de levantarme de la cama, de ese potro de tortura al que acudo cada noche a contarme a mi mismo todas mis historias. Y cada día, antes de que salga el sol, me digo lo mismo. Vuelve a casa. Y me siento en el sillón y abro una nueva botella de bourbon. Nada saldrá de mis fríos labios muertos. Nada conseguirán, ni aunque vengan juntos elfos, hombres, enanos, orcos y trasgos y… ¿cuáles eran los otros dos ejércitos? ¡¿Cómo?! ¿qué dices?,  ¿que no es eso?… pues siempre creí que… ¿en serio?… entonces es la batalla de los cinco ejércitos y no el ejercito de las siete naciones… bueno, como sea, como diría algún personaje de novela, prefiero recordar las cosas a mi manera. Jajajajaja…. Ahora sí que me has dejado patidifuso. No tenía ni idea. Siempre he estado confundido en ese detalle. ¿Lo ves? ¿No es mejor que no te cuente nada de mi vida en los escenarios, de mis giras, de mis actuaciones? Si lo hiciera estaría inventando mi propia vida, recreándola de manera parcial y falsa. Mira a tu alrededor. Esta habitación en penumbra, apestando a tabaco y alcohol, impregnada del sudor rancio acumulado a lo largo de los años. Esta es la realidad. Lo que recuerdo cada noche es la historia de mi vida que me cuento a mí mismo. La vida vista desde mi punto de vista. Mi vida. Personal e intransferible. Única. Es lo que me queda. Y no tengo interés en compartirla con nadie. No quiero que nadie me la refute. No quiero que nadie venga a decirme que cada noche de insomnio recreo una ficción… ¿cómo la llamarías tu?… sí, una ficción solipsista que solo, y lo digo siendo optimista, solo roza la realidad por la parte que me tocó vivir. ¿Sabes una cosa? Cuando uno está en el escenario prefiere no mirar hacia el público. Las luces, el sonido que te vuelve, de alguna manera te aísla. No todos te dirán los mismo. Cuando tocábamos yo siempre prefería mirar las cuerdas del bajo. Miraba mis zapatos y la lista de canciones. De alguna manera estaba solo. Formando parte de un grupo, sí, pero aislado en la parte que me tocaba y tocaba. Fuera todo atronaba, todo te enceguecía y te asordaba. Cada persona es una isla. Somos un arrecife de islas móviles flotando en la inmensidad de un mar que nos tragará y nos borrará… en fin, ¿así que no se trata de la batalla de los cinco ejércitos? Jajajajaja.

18 May

2002 Hysteria, Muse

por Javier Avilés

 

por Javier Avilés

Muy lejos, este barco me ha llevado muy lejos. Lejos de los recuerdos de las personas que se preocupan si vivo o muero. Tal vez sea el remordimiento, la culpa, la vergüenza. ¿De qué hablamos hoy, de amor? Venga. Toda historia de amor es una historia de acecho, violencia y acoso. L’ amour fou. El amor es una locura, un impulso hormonal incontrolable que nos hace perder la razón. Lo otro, quizás lo que perdura, es un acuerdo de convivencia. Love is (not) forever. Nada es para siempre. Salvo la culpa. El recuerdo del estado irracional que nos hizo perder el control, que nos transformó en bestias, que nos volvió del revés y consiguió que nuestro corazón explotase. Queríamos el alma y el corazón de otra persona. Y eso nos transformó, nos obsesionó. La inmediatez del deseo hizo que olvidásemos hasta las más mínimas normas de decencia. Lo destrozamos todo, incluso al objeto de nuestro amor. De eso que llamamos amor. Esto, atiende, chaval, es un impulso básicamente masculino. Supongo que habrá alguna mierda que explique los cambios en nuestro organismo a nivel hormonal… siempre estamos secretando sustancias de nombre impronunciable, siempre estamos sujetos a las veleidades salvajes de nuestro cerebro de reptil, somos de alguna manera esclavos de nuestros impulsos atávicos… la verdad del amor… oye, ¿no hemos hablado de esto antes?… hace tanto tiempo que vienes por aquí cada semana con tu estúpida grabadora… jajajajaja, no te molestes, es un apelativo cariñoso… pues, decía, hace tanto tiempo que vienes por aquí con tu “preciosa grabadora vintage” que ya no sé de qué hemos hablado y de qué no… ¿no tienes un registro de nuestras conversaciones?, no sé, ¿notas? ¿un cuaderno? No pongas esa cara. En algún momento querrás hablar del cuaderno, supongo. Es un tema que me molesta, me irrita y, como dirían ellos, me retuerce. Aún así, mantengo el control… quizás sea la última oportunidad para mantener el control, pero es así. No pasa nada. De momento. Ya hablaremos del cuaderno. Ahora hemos llegado a  la cuestión fundamental, mantener el control. De todas formas no entiendo la conexión entre la canción y el videoclip. La letra nos dice que está aprendiendo a controlarse, a ser frío por dentro… más bien que algo le obliga a ser de esa manera, porque en realidad le esta retorciendo y volviéndole del revés… las imágenes nos muestran a un acosador obsesionado que debido a su frustración ha destrozado la habitación en la que se aloja. Todo es caos y derrumbe y destrucción. Sé de que hablo, chaval. Yo he destrozado a puñetazos todos los retrovisores de una hilera de coches aparcados. He peleado con mis amigos. He reventado puertas y gritado en medio de la noche. He aullado como un animal por eso que llaman “amor”. Toda historia de amor es una historia de violencia. No hemos aprendido todavía el valor de la palabra NO, ni su significado. Nos escondemos en teorías científicas y en respuestas metabólicas. Pero NO siempre significa NO. Pero resulta que el organismo masculino no puede aceptar ese NO. ¿En qué momento perdemos nuestra capacidad de razonar y entender? Ah, sí, dicen, hormonas. La hormona de la estupidez. Yo era un estúpido. Siempre lo he sido. Y llamamos a la estupidez amor. Al deseo irrefrenable de aparearse unido al sentimiento de posesión y dominio. Quiero tu alma y tu corazón. Quiero que me los entregues sin más. Porque, entendámonos, chaval, una cosa son las reacciones orgánicas que te ciegan y hacen que no desees más que la cópula, algo animal y básico, pero también humano, y otra es ese deseo de posesión. Eso no tiene una explicación basada en la química. Eso es algo social, un comportamiento ancestral y caduco que proviene de los primeros tiempos de la humanidad. Bueno, de los segundos si hacemos caso a Fraser y Graves… luego te apunto los libros… Porque en los primeros tiempos, dicen, existía una sociedad matrilineal esencialmente femenina y agrícola que fue desplazada, no sin violencia, por hordas patriarcales provenientes del norte. Y ahí, en la lucha por el poder, empezó toda esta locura de la posesión y la exclusividad del hombre sobre la mujer… o algo así, estoy dibujándolo a grandes rasgos. Es verdad, no puedes controlar a tu cuerpo cuando se altera y pide una reacción inmediata. Pero el resto, el resto es un comportamiento condicionado, pero no por eso evitable, por miles de años de sociedad patriarcal.

Por otra parte, que buen riff para un anuncio de perfume, ¿no?