09 Dic

Las naranjas amargas de la sanidad

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy me he vestido de luto para denunciar las políticas homicidas de varios consellers de Sanitat del gobierno catalán. Vestida de arriba abajo de negro, llego al punto donde hemos quedado las compañeras y, ¡oh, sorpresa!, veo que solo somos tres gatas. Tres gatas del colectivo sanitario. Me subo por las paredes: ¿Qué está pasando para que nosotros, sector gravemente afectado por los recortes y las privatizaciones, apenas hayamos sacado las hachas de guerra? Tres ratas y, sin embargo, cortamos la calle, gritamos consignas y nos plantamos ante las puertas del Palau de la Generalitat. ¡Alto ahí! Un gorila con cara de «A ver si nos enteramos aquí de quién lleva los pantalones» nos pide las acreditaciones.  Cagada pastoret. Así que al final una servidora acaba accediendo sola a la sala donde se celebra un encuentro de todos los consellers de Sanitat que han pasado por la Generalitat desde 1980. Sola, indefensa y acoquinada.

Y también furibunda: ¿una loa a la sanidad catalana en boca de quien ha sido sus mayores boicoteadores?, como viene a decir en la presentación del acto. Iracunda y colérica. E irrumpo en la estancia dispuesta a arrancarle el peluquín a Marina Geli, consellera de Salut del tripartito que creó el SISCAT (red que integra centros sanitarios de titularidad pública y privada). Preparada, también, para cortarle la cabellera al no muy honorable señor Boi Ruiz, anterior conseller de Salut con Mas y expresidente de la Unió Catalana d’Hospitals, un lobby de empresas que prestan servicios a la sanidad pública. Y en cuanto al señor Comín, el actual titular, tengo mis dudas: en su discurso, se pone la medalla de ser el gran desprivatizador de la sanidad, mientras su antecesor, Boi Lobby Ruiz, con tics en los ojos, cada vez se parece más a Jordi Pujol y no dice nada. Los hitos de Comín: haberles quitado el pastel a la Clínica del Vallès, el Hospital General de Catalunya y el Hospital Sagrat Cor, hospitales privados que, gracias al concierto con determinados hospitales públicos, se llevaban parte del presupuesto de la Generalitat. Pero ¿qué pasa con el Hospital del Mar, integrado dentro del Consorci Parc Salut Mar?, quiero preguntarle: ¿Acaso los estatutos del Consorci no abren las puertas a que en un futuro puedan participar en su gestión entidades con ánimo de lucro? ¿De verdad no se está repitiendo el modelo que permitió la entrada de la empresa privada en la sanidad pública?

Indignada, respiro hondo, demasiado hondo, y los botones de la blusa salen disparados y uno de ellos está a punto de darle en el ojo a la señora Geli. Todo el mundo me mira, también don Desprivatizador. Quizá ya ha llegado el momento de pirármelas, se me ocurre. Salgo a pasear por el Pati dels Tarongers del Palau de la Generalitat mientras me planteo por qué los políticos hablan sobre todo de hospitales pero no de la Atención Primaria y de la domiciliaria. ¿Por qué nuestro modelo sanitario se basa tanto en la curación del enfermo y no en prevención y en el fomento de buenos hábitos sanitarios y alimenticios del paciente?, le pregunto a un endomingado mosso d’esquadra con sombrero de copa. Ni me contesta. Los guantes blancos parecen conferirle cierta dignidad y me mira por encima del hombro, inmutable. Y yo, para ver si reacciona, le pido un cigarrillo. Aunque entre mis hábitos no se cuenta el tabáquico, después de lo que he escuchado dentro de esa sala pienso que nunca es tarde para comenzar a llenarme los pulmones de nicotina.

Continúo paseando por el patio, y qué veo de repente: ante mis ojos, como si yo fuera Eva, tengo delante el árbol de las tentaciones, unos naranjos. Miro a mi alrededor: el mosso está distraído recolocándose la faja roja. Cojo la única naranja que, triste, cuelga del árbol, la guardo en el bolso y me largo.

En casa me hago un zumo con la naranja. Y sale tan amargo como lo es mi amargura cuando veo que un paciente mío está en lista de espera de un año para una operación de menisco, por decir algo. Añado una cuchara de azúcar y la cosa no mejora. Dos cucharadas, y nada. Tres, y lo mismo. Por mucha azúcar que ponga, esto no se arregla. Y por mucho que las intenten endulzar, los políticos no conseguirán  engatusarnos con sus medias verdades.

 

 

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