13 Ene

La toma de invierno de Zara

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y quiero explicar que hoy paseaba yo por Gran Vía, a la altura de paseo de Gracia, cuando de pronto me he visto arrollada por lo que algunos medios de comunicación no dudarían en calificar de turba maloliente, de muchedumbre desalmada o de hordas.

Yo, en cambio, con la mente abierta y el talante prudente, me he preguntado quiénes eran todas aquellas personas que, en un idioma ininteligible (¿bengalí?, ¿tailandés?), coreaban lo que parecían lemas al tiempo que esgrimían en la mano unas coloridas prendas de ropa. Unas personas de rasgos asiáticos y calzadas con chanclas en pleno mes de enero que, como un todo, avanzaban por el centro de la calle, heroicas, deteniendo todos los vehículos que encontraban a su paso.

Hasta que han llegado a una monumental y monstruosa tienda de Zara. El horror para la ciudadanía concienciada. La encarnación de la depredación capitalista.

Mi boca abierta y mis ojos como platos. ¿Qué se proponían? Apenas he tenido tiempo de reaccionar cuando, de repente, me he visto arrollada por toda aquella masa humana, he tropezado y me he caído. El golpe que me he dado, gran golpe, me ha permitido entender que todas esas desharrapadas eran las trabajadoras que Inditex explota para que nosotras, afortunadas habitantes de Occidente, podamos llenar nuestros armarios de ropa y cambiarnos cada día de jersey en una inconsciente demostración de nuestra diversidad y de nuestra singularidad.

Unas desharrapadas y desheredadas de la vida que han acudido a denunciar su situación en países tan lejanos como Bangladesh o Tailandia. Las insalubres condiciones de sus lugares de trabajos. Los míseros salarios que cobran y que solo les dan para malvivir.

¿O no? ¿Acaso no es esta la razón de que se manifiesten en chanclas en pleno mes de enero?

Pues no. De pronto he recuperado la conciencia. Y he perdido la ilusión. En efecto: me encuentro rodeada de las hordas, sí, pero de unas hordas muy distintas: hombres y mujeres de todas las edades que corren desesperadas para acceder al Olimpo de la ropa barata el primer día de rebajas. Hordas, como acabo de enterarme, que me han atropellado hasta hacerme perder el sentido cuando me he plantado delante mismo de las puertas de Zara con los brazos extendidos para impedir su entrada. ¿Quién me mandaba a mí meterme en estas trifulcas? Cuando he intentado convencerlas de la inmoralidad de comprar ahí gritando consignas contra esta cadena que tiene cuentas bancarias en paraísos fiscales, que explota a los trabajadores y que defrauda a Hacienda.

He acabado con el abrigo rasgado y sucio y un zapato roto en la mano. Mi pelo desgreñado y las medias llenas de carreras. Pero con la cabeza bien alta. Pero, mujer ―me ha dicho alguien que no sabía de qué iba la historia―, entre un momento en Zara y cómprese un par de zapatos. No se va a ir así a su casa. La miro muy digna y, sin molestarme ni en contestar,  emprendo el camino, descalza, a mi casa. Y cojeando. ¿Acaso no son muchas las trabajadoras de Inditex que no llegan a final de mes y menos para comprarse un par de zapatos al año? ¿Voy a ser yo menos?

 

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