08 Feb

Trump y los fragmentarios

por Dioni Porta

Las noticias dramáticas –un atentado, un gran accidente, una catástrofe natural o humanitaria- inundan las redes sociales de reacciones. Las primeras suelen oscilar entre el sentimentalismo –tan bienintencionado como ridículo – y el humor negro –tan humano como desafortunado-, pero aún peor es lo que llega después, cuando la emocionalidad empieza a remitir en favor de la fría hora de los análisis. Aunque nada me llama tanto la atención como la plaga de pequeñas teorías que ponen el acento en una de las aristas del asunto promocionándola a la categoría de totalidad.

Las redes sociales necesitarían inventarse un mecanismo para el duelo y el silencio que substituya esos momentos de horror vacui digital bajo los que se esconde el pánico que nos provoca lo trágico.

Ha ocurrido con Donald Trump presidente, fatalidad en la que he añorado un poco más de luto y un poco menos de verborrea. Sin tiempo para digerir lo ocurrido se marcó una de las líneas maestras que dominaría las primeras envestidas de opinión pública, según la cual, del mismo modo que Obama no ha podido aplicar su programa, tampoco podrá hacerlo Trump. Lo cual me parece un grave error. Estamos frente a algo muy bestia, y aunque resulte cierto que no lo acabe siendo tanto en la concreción de determinadas políticas efectivas, lo será absolutamente en el plano cultural, porque la elección de Trump como mamífero más poderoso del mundo, es un impacto brutal, es el triunfo del odio y la estulticia, además de una legitimación global de discursos misóginos, xenófobos, racistas, supremacistas, totalitarios y un horrible etcétera.

Apresurarse a hacer teorías fragmentarias sobre lo que puede suceder de un modo inmediato, no hace sino distraernos de conocer las profundas razones que han empujado a la realidad hasta este extremo. Uno de los discursos que más ha circulado es el que apunta al obrero blanco arrinconado que ha visto en Donald Trump un payaso sin complejos que se atreve a defender en público todas aquellas ideas políticamente incorrectas que ellos sienten y el establishment silencia. Lo cual no es sino un trozo, como parcial es volver a hablar de la televisión, que eleva a Trump a personaje mediático mediante un reallity show, o de la identificación del empresario de éxito como un guerrero de éxito en un mundo en el que las guerras económicas han substituido –parcialmente- a las guerras violentas, o incluso del populismo y la postverdad.

Porque precisamente lo más peligroso e insondable de Trump es su idea de totalidad, frente a la cual debemos enfrentarnos desde nuestro pensamiento fragmentario. De repente, el pedazo y el retazo que tanta gracia nos han hecho -literariamente y en la propia vida-, nos explota en la cara a través de un tipo que no reconoce ningún tipo de complejidad.

La literatura es una cosa y la política otra muy distinta, pero conviene no olvidar a aquellos protagonistas permisivos que tanto nos ha gustado denunciar en lo que se refiere a los orígenes del nazismo o similares. Fluye la literatura de conciencia después del horror –Levi, Semprun, Kertész -, pero necesitamos encontrar a los que lo anticiparon, porque a quién le gustará recordar que el día que semejante individuo se hizo con el botón rojo, él se encontraba jugando a los fragmentos.

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