13 Mar

Podría empezar por el final

por Adrián Demichelis

Podría empezar por el final. Despeinado, apretado por una maraña de amigos, ahogado por la falta de aire, por el calor de un partido y de un sol de siesta de otoño joven. Debería decir que el pibe no sabía cómo carajo gritar el gol. No existen manuales para tanta alegría junta. Por eso uno se queda en offside de alma, no sabe si correr o gritar, o las dos cosas juntas. Esto le pasó en el último minuto, en el último centro del partido. Todos corrieron a su encuentro, es que los amigos están en las malas y las buenas, pero mucho más en las que emocionan. Los vio correr a todos, desesperados en busca de su encuentro y él sin saber qué carajo hacer. Una montaña de cariño corriendo transpirados, locos de alegría, borrachos de sueños. Diez tipos, amigos, con una sola intención, apretarlo en un abrazo. Él solo corrió tímidamente, cerró los puños y se dejó aplastar. Eso es lo mejor que uno puede hacer, cuando no sabe qué hacer.

Podría empezar por el principio. El pibe armó la mochila nueva, puso los botines,  las medias, las canilleras y antes de cerrar, se pregunto: ¿será esta tarde? Siempre había guardado los elementos necesarios para despuntar el vicio de correr tras una pelota. Y en cada jornada guardaba imaginariamente en su bolso, un gol. Nunca lo había usado, porque nunca había marcado un tanto. Por eso casi perdía la fe y cuando uno anda medio escéptico, hasta se olvida de los rituales. Tomó el bondi. No quería pensar en el partido, ni en ninguna jugada, menos aún en algún festejo de gol. Es que siempre, en la previa,  pensaba en todo esto y jamás había podido concretar. Es como cuando uno se arma la noche ideal, con la mina más linda del barrio, te invita  a su casa y vos te imaginas todo lo que vas hacer. Pero la piba está con todos los parientes festejando el cumple de la nona. Por eso no quería pensar en ningún centro, menos en una acción de empujar la pelota contra los piolines.

También podría empezar por lo importante. El partido estaba abajo, dos cero,  para el equipo de amigos. Un penal en el final del primer tiempo les dio vida. El pibe estaba en el banco. Esperando. Deseando al menos entrar un rato. Cuando la siesta marcaba el barro en la transpiración de los titulares, el técnico lo llamó. Te quedan veinte minutos pibe, le dijo. Anda por afuera, bien por afuera, no mires más que el arco y en cada pelota cruzada cree en vos. El partido se moría en derrota y en sequía goleadora para el pibe. Hasta que un centro agónico, casi moribundo, pasó a todo el mundo. Él corrió en busca de la redonda. Cerró los ojos. Metió un pase de baile y con la punta del botín tocó la esférica número cinco. Cuando levantó  los parpados y la vista se le puso clara… vio como la pelota cruzaba la línea, despacito, tímidamente, como la primera vez. Lo despabiló un grito visceral de gol, sus amigos festejaban el empate, pero mucho más el debut goleador del pibe…

Podría terminar por lo que nadie vio. Él guardo sus timbos en el bolso. Tomó el bondi de vueltas.  Una mueca eterna en la cara. Esa noche no durmió, en todos los ángulos se repetían las imágenes… la pelota cruzando la línea, tocando los piolines, una montaña de amigos diciéndole que estaban orgullosos  pero en forma de abrazo apretado.

Sin dudas… La primera vez siempre es inmortal.

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