05 May

No queremos bomberos que apaguen nuestros fuegos

por Carolina Montoto

Como soy más chula que un madrileño (por ejemplo, Ignacio González), hoy me han sometido a una sesión de tortura: leer un libro de Megan Maxwell, una autora que, por si alguien es tan afortunada como para no saberlo, ha escrito títulos tan infames como: Fue un beso tonto o Los príncipes azules también destiñen. Y ojito con el booktrailer con el que promociona su último libro, que no tiene desperdicio:

Alguien se preguntará de dónde me sale esta vena tan masoquista. Lo mismo que me pregunto yo, que me he dejado provocar cuando una amiga, vermut por medio, ha pretendido escandalizarme diciéndome que había muchos libros que merecerían que alguien los echara a la hoguera.

¿Libros en la hoguera? ¡Alto ahí!, le respondo ingenua. Pues al fin y al cabo son libros, y por malos que sean pueden propiciar que a alguien le entre el gusanillo de leer. Y así patatín patatán. Hasta que, un par de vermuts con olivita más tarde, he acabado apostando con mi amiga que yo sería capaz de leer una novela entera de tan nefasta escritora sin saltarme ni una línea. Quiero pruebas, ha respondido ella. Y para que quedara constancia de tamaña proeza, hemos enredado a la vecina del ático para que me tomase a fotografiarme cada dos horas.

Dicho y hecho. En la primera foto que me saca, mi aspecto es relativamente apacible, el de una abnegada curranta que va a disfrutar de un relajado domingo leyendo la novela que tiene entre manos. Mis mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.

Página 33 y dos horas más tarde: pelo alborotado y ojos de pez moribundo (como los de las pescaderías). A punto de darme el pasmo, subrayo un párrafo especialmente insidioso:

«Agobiada, se tomó el café y, tras ponerse en pie, iba a marcharse cuando una nueva carcajada de aquellas chicas la detuvo. Al mirar en su dirección, vio cómo todas y cada una de ellas competían con miradas para ver quién se llevaba las atenciones de Jorge. De pronto, harta, y sin pensarlo dos veces, se encaminó hacia él. Cuando llegó a su lado, sin previo aviso, lo agarró del cuello, acercó su cuerpo al de él y lo besó. Sorprendido, él se quedó parado, pero al sentir el aliento de Esther sobre su boca, no pudo rechazarla y, abriendo los labios, acogió su lengua. Con pasión, desenfreno y locura, se besaron en medio de la terraza, sin pensar en nada más.»

Página 50 y cuatro horas más tarde: en mis ojos de pez moribundo aparece un tic y las manos me tiemblan ligeramente. La indignación que siento por dentro va a estallar de un momento a otro. ¿Acaso estamos volviendo a ese modelo patriarcal en el que el hombre es un príncipe azul que hasta nos regala el placer y al que hemos de conseguir hacer nuestro? Arranco una hoja con furia en la que se puede leer:

«Él asintió y, sin permitirle que volviera a preguntar, se acercó a ella y, cogiéndola entre sus brazos con un movimiento rápido, colocó la punta de su duro y excitado pene en su húmeda entrada y, sin dejar de mirarla a los ojos, la penetró.  Aquel hombre tenía muchas virtudes como persona que adoraba, y si a eso le sumaba su increíble cabello, en el que hundir sus dedos cuando le hacía el amor, sus expresivos ojos claros, el cuerpazo cuidado y varonil, la voz profunda y esa sonrisa que la volvía loca…, definitivamente estaba perdida. Sin lugar a dudas, era el sueño de cualquier mujer y, por suerte, Esther lo tenía para ella.»

Página 56: decido dejar de leer el libro por el bien de mi salud mental. Para evitar convertirme en una serial killer de escritoras de tan baja calaña, lo que, recordémoslo, está penado por la ley.

Pues he de reconocer que sobran las razones para querer quemar un libro que es una apología de la mujer estúpida, competitiva y posesiva, además de un insulto a la inteligencia que nos muestra infantilizadas y hasta nos roba nuestras fantasías sexuales.

Y con un gesto que pretende ser heroico, cojo el mechero (fotografía, por favor) y prendo fuego al volumen. La tapa tiene un recubrimiento de plástico y le cuesta arder. El libro, de hecho, parece incombustible. Necesito más leña. Me acuerdo, de pronto, de una novela de Pablo Coelho que me regaló un novio despechado, y voy a buscarla. La echo a la hoguera y de pronto el fuego parece revivir. A mi gato, demasiado curioso, se le chamuscan los bigotes y yo me quemo los dedos al intentar remover los restos para que ardan bien. Pero no me importa y continúo con mi tarea emancipadora. Por el bien de la humanidad, le pido a mi vecina que aporte ella también su granito de arena a la depuración de tanto elemento pernicioso para la sociedad. Me viene con un Federico Moccia, autor de novelas sangrantemente ofensivas para las mujeres como Perdona pero quiero casarme contigo o Esta noche dime que me quieres.

¿No tendrás también unas sombras de Gray?, le pregunto eufórica, y al instante ella ya está llamando a una amiga, que acude en un plisplas a casa. Y acompañándola, otra amiga, que aporta para la causa un ejemplo horripilante de libro que revive el amor romántico, ese amor que nos impide estar en el mundo real y actuar, que nos hace suspirar a todas horas como si no hubiera problemas importantes de los que ocuparnos.

Cuando llega la noche, mi casa está abarrotada de mujeres libres, y juntas celebramos la muerte de los modelos patriarcales alrededor de la hoguera. Y hasta a los bomberos que han acudido para apagar nuestros fuegos hemos acabado echando.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *