11 Jun

Desde la caja de libros XLVI

por @librosfera

LA BIBLIOTECA DE… NICOLÁS Y SU JEFE.

Hola. Me llamo Nicolás – bueno, no es mi nombre real, pero si seguís leyendo veréis por qué no os puedo dar el auténtico – y mi jefe es un imbécil. Sí, la sentencia es muy recurrente, lo sé, y seguro que la habréis oído en múltiples ocasiones en boca de conocidos o incluso de desconocidos con los que os habéis cruzado por la calle o en el metro, por ejemplo, pero creedme, escondida tras las letras que conforman la frase (incluso también en los espacios vacíos) hay mucho más que una simple indignación laboral de pacotilla.

Veréis, yo trabajaba en una oficina de atención al público y, básicamente, mi trabajo consistía en atender consultas, más o menos acertadas, más o menos molestas, y vale, reconozco que no era ninguna joya en esta tarea y seguro que más de un usuario salía pensando que yo era un maleducado. Si es así, no me importa; sé que no estoy destinado a sentirme realizado en este puesto.

Pero este hombre, el jefe, el nombre del cual me niego a revelar para no ensuciarme los labios, un día me convocó a su despacho para decirme que no estaba satisfecho con mi trabajo. Según decía, yo me mostraba demasiado apático, y cierto es reconocer que tenía una parte de razón, pero yo ya sabía, igual que él, que el verdadero motivo de la bronca no era este: era por culpa de su hija. A un trabajo como el mío sólo se accede después de pasar una retahíla de psicotécnicos, un montón de entrevistas y un examen con un temario de agárrate y no te menees. Pues la niña de papá entró directa, sin pruebas ni nada. Yo, igual que mis compañeros, no protesté, pero tengo la mala suerte de que mi cara enseguida revela los estados de ánimo. Por tanto, mi fisonomía cantaba cada vez que me cruzaba al padre por los pasillos y era obvio que yo desaprobaba tanto la incorporación de la niña como la vista gorda que había hecho su padre. Y además, la jovencita era una auténtica joya: la primera semana tiró a la papelera unos documentos importantísimos; la segunda pegó fuego a un archivador por no apagar bien la colilla; al mes confesó que se había llevado a casa diecisiete paquetes de folios para una compañera de piso que los necesitaba para Dios sabe qué.  Por tanto, volviendo al despacho, su padre, un auténtico tiquismiquis, harto de mis miradas de reojo y de mis medias sonrisas (consecuencia ambos gestos de la ironía que acostumbra a supurarme del cuerpo) me dijo, después de abroncarme de lo lindo, que me despedía. Yo me indigné y alegué que no había ningún motivo objetivo para echarme, y él no quiso reconocerlo, pero aquel labio medio torcido y aquella cara de pánfilo indicaban que me daba la razón pero que daba igual porque mandaba él y, en teoría no pero en la práctica sí, se cumplían siempre sus órdenes sin necesidad de dar más explicaciones.  Pero lo peor de todo fue que incluso para comunicarme este mensaje se tiró sus buenas dos horas. Eso no lo soporto: aguantar sus discursos rellenos de él mismo durante horas y horas. Llevo demasiados años haciéndolo. Y aquí ya tuve suficiente.

Y esta es la historia. Quizás penséis que todo son exageraciones y que no hay para tanto, pero no es así, y para acabar de convenceros de la ignominia que he sufrido durante tantos años, le cedo la palabra a él.

Sí, todo lo que ha dicho Nicolás es cierto. Soy un imbécil y no tengo ningún tipo de porvenir en la vida, pero eso no es algo negativo siempre y cuando sepas moverte bien en los círculos adecuados y yo eso es algo que siempre lo he sabido hacer, es un arte que domino. En la facultad conseguí aprobar dos asignaturas porque me trabajé a la profesora, una señora a punto de jubilarse que necesitaba más amor que alumnos aplicados en el aula. A la hora de buscar trabajo por primera vez, a pesar de ser un perfecto inútil, me presentaba a las oposiciones que no quería nadie para que me dieran la plaza al ser el único candidato. Y así conseguí un trabajo que ni me interesaba ni estaba lo suficientemente preparado para hacer bien, pero me daba igual porque lo que quería era entrar en la institución y, una vez dentro, me las apañé para ascender y ascender hasta llegar arriba de todo: por eso soy ahora el director, porque no tengo miramientos ni talento pero sí contactos. Y mi principal norma es no tocar nunca nada, todo funciona solo, y si no lo hace, la culpa es de los de abajo. Esta es una sentencia que siempre suelto en todas las reuniones, así de BUENO soy (y además sé hablar en mayúsculas; ¿qué?, ¿cómo os habéis quedado?). De todas maneras, después de mi brillante trayectoria en esta casa, os anuncio que he presentado la dimisión. No, no es que haya dejado de creer en mí mismo o en mis capacidades, ni tampoco es que piense que va siendo hora de un relevo generacional, ni tan solo de un cambio en mi vida. Lo que verdaderamente sucede es que la cuerda empieza a apretar. Y no es ninguna metáfora de mierda. Hablo de la cuerda que me mantiene atado a la silla. Ya hace semanas que Nicolás me obligó a punta de pistola a grabar este mensaje y me dejó aquí, muerto de hambre y de sed, y empiezo a perder el conocimiento y no sé si lo volveré a recuperar. Pero esto no es lo peor de todo. Lo peor de todo es tener que escuchar mis propias palabras una y otra vez en ese magnetófono de encima de la mesa. Estoy harto de escucharme a mí mismo y solo me quiero morir.

Sí, todo lo que ha dicho Nicolás es cierto. Soy un imbécil…

 

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