29 Sep

Daños colaterales de un verano too much fou

por Carolina Montoto

Soy la doctora M, especialista en medicina familiar y comunitaria, y lejos de mi voluntad convertir este post en algo parecido a una sesión de psicoterapia virtual. Pero hay una cuestión acuciante que me preocupa y que pretendo resolver aquí.

Sin embargo, antes hay algo que debo explicar.

La vida a veces nos lleva por derroteros inexplicables, y yo, imprevisible como soy, un buen día de agosto me monté en un autobús turístico y conocí a un hombre. Creo que eso ya lo he contado. Lo que no he dicho es que ese hombre se llama Carmelo, tiene treinta y siete años, dos hijos, una hipoteca y un plan de pensiones de la entidad bancaria donde trabaja. Una joya.

Con este hombre que nunca se mancha al comer, he salido a cenar en unas cuantas ocasiones desde que nos hemos conocido, y luego hemos acabado retozando en su cama o en la mía. Faltaría más. Además mantenemos buenas conversaciones sobre literatura y compartimos parecidos gustos cinematográficos.

Hasta ahí todo bien. Pero ahora viene la parte negativa.

Lo que al principio era para mí algo excepcional, un intercambio de fluidos tan continuado, se ha terminado convirtiendo en una costumbre y a mis casi cincuenta años me he descubierto esperando ansiosa sus llamadas, desviándome del camino para tropezar casualmente con él en el súper donde compra y enviándole emoticonos varias veces al día. Y eso a pesar de que me considero una persona independiente y emocionalmente bastante estable.

Y aún hay una parte más negativa.

Cuando transcurre un par de días sin que me llame, me sobreviene un extraño ataque de locura que hace que comience a mirar obsesivamente el móvil y hasta a entablar un diálogo imaginario con el aparato, al que interpelo e insulto para que haga algo, aunque solo sea vibrar.

Doctora, ¿qué me está pasando? ¿Es grave mi enfermedad?

A veces nos peleamos, y nuestras broncas acaban con un portazo en la puerta y la convicción de que lo mejor de las discusiones es la reconciliación, cuando yo acabo con el rostro empapado de lágrimas como las protagonistas de esas novelas rosa con las que pretenden convencernos de que: a) los príncipes azules existen; b) las mujeres somos de naturaleza sensible, mientras que los hombre se caracterizan por su racionalidad y fortaleza.

Pues bien, mi príncipe azul me ha salido un poco rana en lo que a cuestiones políticas se refiere. Una vez me dijo que la crisis ya había pasado y yo me tiré tres días riendo porque a) lo que él llama crisis, yo lo llamo convulsiones propias del capitalismo; b) porque todavía hay un veinte por ciento de la población que se encuentra viviendo casi en la pobreza. Pero solo de decírselo, las lágrimas volvieron a anegarme la cara y él tuvo que emplear todas sus dotes de macho man salvador para consolarme.

Puestos ya todos en antecedentes, mi gran pregunta es: ¿de qué está hecho ese hilo invisible que me ata a un hombre que lleva una camisa blanca impecablemente planchada y mocasines? ¿Será mi vocación redentora, esa tendencia que me arrastra a mostrar el recto camino hacia la izquierda a todos aquellos que se han perdido en los vericuetos de la derecha? ¿Será esa la misma capacidad redentora que parece hacer confiar a algunos sectores izquierdistas que se puede orientar el procés independentista potenciado por la derecha catalana para que nos lleve a una república socialista?

 

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