06 Oct

Estrip Art, por Xavier Valles

 Un día en la vida de un demonio, por Xavier Valles

 

– Oh, no. Dios mío. ¡Mi mejor vestido!

La mujer contemplaba la prenda negra con un enorme lamparón grisáceo en medio.

–¡Luis, tú y tu maldita lavadora!

–¡Qué dices, no he puesto ninguna!

Nemrot, sentado en el alféizar de la ventana, enroscaba cuidadosamente el tapón de la botella de lejía. Después, no sin cierta aprensión, la introdujo en su mochila al lado del botellín de agua mineral y el bocadillo de sapo. Deberíamos tratar con más cuidado las sustancias peligrosas, pensaba cuando sonó el móvil de la oficina.

–Hola, cariño, ¿dónde estás?

–Hola Lilith, en Llançà, saliendo.

–¿Cómo?, ¿dos horas para arruinar un vestido?

A ver, el planning decía cargarse su mejor vestido, pero no especificaba cómo era. He tenido que buscar en las etiquetas de todo el ropero para escogerlo.

–¿Y cuál ha sido?

–Hermés, los demás eran Zara y HyM.

–Es decir, que no has encontrado ninguna diferencia entre un vestido de Zara y uno de Hermés.

Nemrot guardó silencio. Por el auricular escuchó risotadas.

–Bueno, ya está hecho, necesito que vayas al cámping El Delfín Azul y que arranques las piquetas de las parcelas 21/51 y 21/ 57 este mediodía. Por la tarde anuncian tramontana severa.

–¿Y lo de aventar las granjas porcinas?

–Déjalo, con la de mierda que han tirado en los campos y el vendaval que viene, tenemos el trabajo hecho. Esta tarde en el Empordà van a vomitar hasta las ratas, ja, ja.

–Ja, ja.

–Después del cámping te vas a pinchar balones. Date prisa, no tenemos todo el día, besitos.

Nemrot cargó su mochila y descendió por la pared lateral del edificio de apartamentos. –Brujas dirigiendo a demonios–, no se iba a acostumbrar nunca.

En un instante se plantó en la oficina del camping. Mientras consultaba el plano de las parcelas sonó otra vez el móvil. Esta vez era Tsagan, su sobrino preferido, un crack en numerología.

–Hola, tío, qué tal andas.

–Bien, ¿y tú, donde estás?

–Aquí, en Bruselas, en el FMI.

–Vaya, ¿y qué haces?

–Estoy en un departamento donde prestamos dinero a países y luego les vamos diciendo cómo queremos que lo devuelvan. Es muy divertido.

–Caramba, suena importante, seguro que estás rodeado de peces gordos.

–¡Los más grandes del acuario!

–¡Impresionante! Oye, Tsagan, ¿es verdad lo que dicen de la Lagarde, que solo desayuna sangre fresca de vírgenes?

–¿Cómo lo sabes?– La sorpresa del sobrino hinchó de orgullo a Nemrot.

–¡Tengo mis contactos, chaval!

–Y buenos, por lo que veo. Ya te contaré, si solo fuera eso…, por aquí son muy tremendos.

–Me imagino.

–Tio, no tengo mucho tiempo, estoy a punto de empezar una reunión, quería hacerte una consulta.– A Nemrot le encantaba que los jóvenes le pidiesen consejo, reconcentró el ceño.

–Me han invitado a una cena importante y verás, es mi primera vez, no sé muy bien cómo encararla.

–Bueno, siempre de apariencia humana. Y rigurosa etiqueta –dijo el tío.

–Tienes razón. Pero me da la impresión que esperan algo más.

–Si te sirve de algo, nosotros cuando íbamos a las cenas del G-7, les enseñábamos las pezuñas y el rabo al final. Esto les entusiasmaba, aplaudían como locos.

–¿Cómo se atreven a pedirnos eso? ¡Si los podríamos fulminar solo con mirarlos! El rugido de Tsagan distorsionó el wifi de la zona. Nemrot sintió una gran ternura por la impetuosa juventud de su sobrino, pero debía apagar el fuego.

–Tsagan, escúchame bien. Ten muy claro quiénes somos. Estamos aquí desde el principio. Y tenemos nuestra función. Lo que hacemos es de gran importancia para preservar el equilibrio. No lo olvides.

–¿Y ellos, para qué sirven ellos? – A Tsagan no se le pasaba el cabreo.

–Ellos son unos recién llegados que no sirven para nada. Pero son peligrosos. Podrían cargarse el planeta, ¿me entiendes?

–¡Qué rabia!, pero tienes razón, no haré nada, les enseñaré la pezuña y ya está.

–Tampoco hay que resignarse–, dijo Nemrot, –no perdimos las alas por tener vértigo. Seguro que en la cena hay marisco. Una semana de gastroenteritis no estaría mal.

–¡Buena idea! Tío, te dejo que empieza la reunión, gracias por tus consejos.

Qué majo. A medida que Nemrot arrancaba las piquetas, la tienda iba perdiendo su tensión, flameando a la más leve brisa. En la parcela de al lado un hombre parecía observarlo con rostro aturdido. Era calvo y con un gran bigote a la prusiana. Su brazo derecho estaba tatuado desde el hombro hasta la muñeca, como el brazal de un gladiador. Sujetaba una cerveza de medio litro.

Curiosa humanidad. Nemrot lo contemplaba, cuando sonó el móvil. Era Lilith.

–Hola, cariño, no encuentro el informe que te pedí sobre la plaga de moscas de Sant Jordi.

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