27 Nov

Corrosión, Cap. 32. Echar mano

He sido deliberadamente inconcreto en lo que se refiere a mi cese como empleado del banco, alimentando con mi ambigüedad la idea de que mi expediente debía incluirse entre aquellos despidos que se han venido generalizando en el ámbito de la banca desde hace unos cuantos años. Pues bien, ha llegado el momento de aclarar que fui invitado a marcharme porque le eché mano a la caja.

Algún día hablaré de ello, ahora apenas daré un par de pinceladas. En primer lugar, y como cualquiera puede imaginarse, odiaba el banco, sus comisiones, sus beneficios, sus jerarquías y el carácter menguante de los derechos y márgenes de acción en nuestra condición de trabajadores, así como el marco mental en el que se nos iba imbuyendo en relación con los clientes, esos ignorantes pusilánimes a los que había que dinamizar y financiarizar debidamente para que la economía pudiera seguir creciendo. En segundo lugar, que no me movían exclusivamente los intereses pecuniarios, sino que mis actos también estaban impregnados de ciertas inquietudes sobre el autoconocimiento. Por eso, un día me guardé en el bolsillo los veinte euros de un descuadre favorable. Un billete para regalarme un buen menú en La Fonda, pero también para demostrarme mi propia complejidad: no hay nada peor que la autocomplacencia para alejarnos de ese estado del alma en el que uno es capaz de juzgar al prójimo de un modo bastante aproximado a como lo hace consigo mismo. Sin superar ese abismo mental que levantamos entre los otros y nosotros, sin esa cierta componente empática, todo se empequeñece hasta que acabamos solos, tristes o muertos.

Echarle mano a la caja, acabó trayendo consecuencias, entre las cuales está el despido, pero también una aproximación mucho más íntima hacia la literatura. He narrado mis visitas recurrentes a la Biblioteca de Gràcia, pero éstas tenían que ver más con una presencia y una estética del objeto que con la literatura propiamente dicha, que en mi caso fue fruto y consecuencia de la mano en la caja. Por el vértigo que sentía y la necesidad de buscar cómplices —y en literatura, cómplices del delito los hay por doquier—. Y por la soledad de quien penetra en el terreno de lo prohibido y necesita prepararse los argumentos y los recursos explicativos y expresivos para cuando llegue el día de justificarse.

Todo esto, amigo lector, para advertirte de que a lo mejor te he estado engañando. Quizás has creído que soy un enfermo literario que se ha visto mezclado contra su voluntad en una trama criminal —lo cual te honraría, porque demuestra la robustez de tu fe en la literatura—. Te has sentido cómodo pensando de mí que soy un incauto escritor novel que no se decide a escapar de esas arenas movedizas pues sospecha que a través de esa extraña trama gombrowicziana puede acabar dando con una buena historia que le permita acabar la novela que estaba escribiendo. Esa sería una interpretación suntuosa de la corrosión en la que ando metido, pero voy a ser franco contigo, amigo lector: no estoy en condiciones de afirmar que ese sea el único relato subterráneo a mis actos. No he dado ningún paso en falso, pero estoy cerca de hacerlo. Más allá de los mensajitos interceptados entre los polacos, he descubierto detalles mucho más concretos sobre su modus operandi. De aquí a un par de días habrá la entrega de un paquete importante en la Biblioteca Manuel Arranz del Poblenou. Ya he decidido que por ahí estaré, atento a lo que se cuece, pero también con algunas dudas respecto a mí mismo: ¿me limitaré a estar ahí o algo dentro mío me pedirá volver a los viejos tiempos de la mano en la caja?

 

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