07 Jun

Corrosión. Capítulo 2. Francesca Bonnemaison

por Dionisio Porta

¿Cómo aceptar que un compatriota de línea de metro, vagón y horario, lea más y mejor que uno mismo? Es gratificante descubrir que compartes el trayecto con mamíferos que abren y cierran buenos libros, pero el mejor ejemplar entre los túneles, debe ser el propio.

interior-de-un-vagc3b3n-de-la-l3-del-metro-de-barcelonaAntes de tomar asiento suelo mirar en derredor para localizar peligros, belleza, algún rostro conocido, lo típico. Pero también busco a otros lectores: ¿qué tipo de persona son y qué están leyendo? Sin tiempo para parpadear ya tengo preparada una radiografía rápida: perfil del sujeto, estilo de libro, posible editorial.

Lo habitual es que la cosa no vaya mucho más allá, pero en ocasiones se dan algunas situaciones que trascienden lo cotidiano. Estoy pensando, claro está, en aquel magnífico lector suburbano con el que coincidí durante unos cuantos meses en la línea amarilla.

Para hablar de él, es obligado referirse a su gabardina de cuero marrón: una pieza noble, elegante, propositiva. Dentro de la misma, fuera invierno o primavera, no fallaban el traje, la camisa y la corbata, ropa más bien anticuada pero valiente. El perfil se completaba con unas gafas redonditas de profesor en su segunda juventud, una coleta que recogía un cabello sedoso y larguísimo, y, en los dedos, gordos anillos plateados. Lo que unido a su carpeta de cuero negro insinuaba que me encontraba frente a un cargo intermedio del ministerio de trabajo con complejas inquietudes sexuales.

La guerra propiamente dicha comenzó cuando ambos reparamos en que el otro sabía que sabíamos. Sin ningún pudor pero sin ninguna evidencia de complicidad, nos buscábamos, exhibíamos nuestra nueva apuesta y nos zambullíamos en su lectura. Durante las primeras semanas se libraron bellas batallas. Él aparecía con Kraznahorkai, a lo que yo respondía con Miquel Bauçà, contestado por él con un Piglia, refutado por mí con El astillero de Onetti, contraatacado por él con Viaje alrededor de mi habitación de Xavier Maistre, replicado por mí con los Diarios de Frederic Amiel, de ahí a Ubik, de Ubik a El alquimista (humor en los túneles), de ahí a Nicanor Parra, no hace falta seguir.

En esas primeras semanas, los libros duraban dos, tres o cuatro días, pero la cosa se empezó a poner fea cuando el esquema transmutó en la necesidad de presentar una novedad por jornada. No me arrugué y me obligaba a leer un libro diario hasta el momento en el que perdí el paso y empecé a engañar al tipo y a engañarme a mí mismo desplegando sobre mis piernas libros que no leía. Si él hacía lo mismo o no, puedo imaginármelo pero no llegué a confirmarlo.

Fue todo un fracaso observar en lo que se había convertido nuestro juguete literario. Las luchas de poder, la competitividad y el orgullo habían vencido a la literatura, que había quedado relegada a la condición de bichito intrascendente al lado de la monumentalidad de nuestros egos.

Y bien, todo esto no es más que una anécdota inacabada que desemboca en la biblioteca Francesca Bonnemaisson, que era la razón por la que durante el periodo comprendido entre el 16/12/2008 y el 03/04/2009, cada mañana, a las 7 y 40 minutos de lunes a viernes, yo cogía un metro de la línea amarilla. Andaba buscando rutinas para incomodar mi yo más bocazas, no tanto por dogmatismo, sino porque quería oír mis otras voces antes de tomar una decisión.

Alrededor de las ocho llegaba a la parada de Urquinaona, me tomaba un café americano y un donut en un bar que hay justo al lado de la siniestra comisaria de Vía Laietana, luego bajaba andando hasta la Barceloneta, me sentaba un rato a observar el mar, volvía al Gótico, callejeaba un rato y a las diez en punto entraba a la biblioteca.

Francesca Bonnemaison fue una pedagoga y promotora de la educación femenina popular catalana de comienzos del siglo pasado. Bibliotecaria de la Obra de Buenas Lecturas, a partir de la cual fundó l’Institut de Cultura i Biblioteca Popular de la Dona, participó en las campañas a favor del voto femenino, se hizo cargo de la organización femenina de la Lliga Regionalista y fue de las primeras mujeres que se presentó como candidata a unas elecciones. El edificio en el que se encuentra la biblioteca fue construido en el siglo XVII para uso residencial, y después fue reformado en el año 1857 y también en el 1922.

image_galleryLos que conocen esa biblioteca comprenderán la serenidad que encontraba al entrar en esa finca regia, el sosiego al subir por las escaleras que quedan a la izquierda y la autoestima que me insuflaba ese lugar tan noble, con sus techos altos, sus librerías de madera auténtica, sus diferentes espacios y la riqueza de su fondo bibliográfico. En ese entorno conseguía olvidarme por unas horas de que estaba en paro y de que no iba a ser sencillo volver a ser alguien a ojos de los demás.

Por supuesto, he regresado a la Francesca Bonnemaisson, pero la irrupción del mapa (el mapa, el famoso mapa, verdadero protagonista de esta “Corrossión”), fue un estímulo definitivo para abandonar mis rutinas de usuario. Un mapa que llegó, entre otras cosas, para mostrarme las posibilidades de un nomadismo bibliotecario al que no tardé en convertirme.

He hablado de anécdota inacabada y es que hace algunos meses volví a ver al lector suburbano. El pobre tipo tenía la cara consumida, ya no leía, se limitaba a sentarse y esperar su estación. Estoy seguro de que no me reconoció y el resto del trayecto me lo pasé observando lo único que quedaba de él. Me refiero a su vieja gabardina de cuero, que ahora le quedaba dolorosamente holgada.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *