26 Jun

Desde la caja de libros VIII

por @librosfera

Antes de que Rosita pase del 400 al 300, quería dejar por aquí restos de un libro al que le tengo un cariño especial. Se trata de Signatura 400, de Sophie Divry (Blackie Books en castellano / SD en català).

Una bibliotecaria entra a trabajar por la mañana y se encuentra con un usuario que se ha quedado encerrado toda la noche.

Despierte, ¿qué hace ahí tumbado? La biblioteca no abre hasta dentro de dos horas, no debería estar aquí. Esto es el colmo: ahora encierran a los lectores en mi sótano. ¡Lo que no me hayan hecho en esta casa!

Lo que sigue son aproximadamente 100 páginas de perorata en las que la bibliotecaria sin nombre aprovecha para desahogarse con ese anónimo lector que la escucha sin decir ni mu.

Y habla, sobre todo, de su trabajo…

¿Registrar los libros que salen y entran haciendo bip-bib en el código de barras le parece creativo? ¿Sí? Bip-bip, “para el 26 de septiembre, adiós”; bip-bip, “para el 14 de mayo, gracias”. Ser bibliotecario no es nada gratificante, se lo digo yo: se acerca a la condición de obrero. Yo soy una taylorizada de la cultura.

La biblioteca es la arena donde se renueva a diario el combate homérico entre los libros y los lectores. El bibliotecario es el árbitro del combate. En esta arena, desempeña una función crucial. Bien se alinea cobardemente con la muralla de libros, bien apoya valerosamente al lector descolocado. En este combate cada cual elige según su conciencia.

…de la gente que va a las bibliotecas…

[…] en el fondo, el lector solo viene a la biblioteca a desordenar. Por eso, para limitar los daños, es necesario vigilarlos de cerca. Mi misión puede resumirse así: impedir que los lectores perviertan el perfecto orden de mi sótano. No siempre lo consigo. A menudo hacen tonterías.

No son lectores realmente. Deambulan. Por el rincón de las revistas, luego por el rincón de literatura. Bajan aquí para no llamar la atención. Hacen como que leen. No hacen ruido, buscan un hueco y lo que quieren es pasar inadvertidos. A veces, sentados en una butaca, se duermen, los pobres. Me inspiran mucha ternura. Los llamo los “refugiados de la calefacción eléctrica”.

…de la gente que no va a las bibliotecas…

Hicieron falta siglos para que se abriera una biblioteca en esta pequeña ciudad de provincias. Y el señor alcalde no está mucho por ella. Lo cierto es que nunca se le ve por aquí, ni a él ni a su familia. Aparte de las personas como usted, capaces de dormirse en una sala de lectura, ¿quién viene? Poca gente. Son unos ingratos.

Para que me entienda, le diré quién no entra aquí por definición: el hombre blanco rico de entre treinta y cinco y cincuenta años. ¿Por qué? Porque a esa edad forma parte de los bárbaros dominantes. El señor no utiliza las infraestructuras públicas. Nunca verá al señor en un autobús. El señor no comparte nada con los demás, el señor posee.

Podría seguir añadiendo pedacitos del discurso de esta mujer por la que siento – como ella por los “refugiados de la calefacción eléctrica” – mucha ternura. Pero quizás que lo deje aquí, ahora que os la he presentado, y, quizás, vuelva a citarla en alguna otra ocasión.

Desconfío de aquellas compañeras de profesión que, tras leer el libro, tildan a su protagonista de neurótica amargada.

 

 

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