05 Jul

Corrosión. Capítulo 4. Biblioteca Clarà

por Dionisio Porta

Mis hijos me preguntaban por lo que hacía. A qué me dedicaba. Por qué no tenía trabajo. Estaban muy intrigados. Claro que trabajo, pero no me pagan, respondía yo. Pero, qué haces, insistían los niños. Frecuento bibliotecas, cariños míos.

Mis hijos conocían bien las bibliotecas de nuestro barrio, pero eso no servía para aclarar lo que yo hacía, así que decidí organizar una suerte de excursiones bibliotecarias. Hubo varias, pero una de las que recuerdo con mayor fulgor fue la que hicimos a la Biblioteca Clarà, situada en la calle Doctor Carulla, en pleno corazón del Districte de Sarrià-Sant Gervasi.

Cogimos el autobús y avanzamos por General Mitre. Mediados de julio, el bochorno de la canícula en Barcelona contrastaba con el frescor del bus H6. Nos sentamos en la última fila, como si fuéramos adolescentes. La adolescencia, una promesa para ellos, un recuerdo sepia para mí. Se pasaron el trayecto fantaseando sobre las razones por las que aquel taxista nos seguía. Mientras, yo leía. Los niños estaban excitados porque les había comentado que íbamos a visitar una parte ignota de la ciudad. La zona rica de Barcelona, hijos, lo cual despertaba un interés añadido. ¿Qué es ignota, papa? Desconocida, hijos. ¿Y por qué no dices desconocida? El niño también me preguntó si íbamos a ver a Carles Puyol. No lo creo, le respondí. Les hablé de desigualdad (relación de 7,2 por 1 entre Pedralbes y Trinitat Nova), pero sin profundizar demasiado en la cuestión.

Al bajar del autobús empezaron a caer unas gotas muy extrañas, pues hacía sol y apenas había nubes en el cielo. Al atravesar una calle, mi hijo le gritó al conductor de un descapotable que estaba lloviendo. Nos reímos. Luego pasamos por delante de un gran ventanal, dentro del cual había una mujer con coleta haciendo taekwondo sobre un tatami azul. Nos saludó con la mano y mi hija comentó que la gente de ese barrio parecía simpática.

pelirrojaBebimos agua en una fuente, nos salpicamos mutuamente y seguimos avanzando por la calle Calatrava. Me acordé de que en alguna de esas calles había tenido una amante pelirroja. Yo aún vivía con mis padres. Ella también, pero los suyos se iban a L’Escala todos los fines de semana. Una de las veces me quedé encerrado en el garaje. Me escondí debajo de un monovolumen y salí gateando por debajo del portalón. Fui hasta General Mitre y después seguí caminando hasta no sé dónde. Recuerdo aquella luz matutina como uno de esos grandes brillos que te depara la vida. Siempre por la mañana, siempre después de haber dormido poco, siempre entre la belleza y el horror.

Los niños se abalanzaron sobre la sala infantil mientras yo iba a hacer mis cosas. Entrar en una biblioteca significa muchas cosas. En primer lugar, una intervención directa en el parámetro temporal. El exitoso deja de ser el que más corre. La cadencia, la pausa. Una vez entras en materia, cada libro promete algo, se empiezan a abrir puertas. Miras, hueles, te sientas, te callas, tu vida se queda en suspensión. De repente puedes ser esto y también lo otro. Hace falta temple pero también nervio para saber gestionar tanta alteridad. Siempre hay un viejo leyendo un periódico a medio palmo y un cojo revolviendo los CD.

Biblioteca ClaraLa Biblioteca Clarà, inaugurada en febrero del 2000, está situada en un edificio de estilo racionalista obra de Duran i Reynals que fue el taller del escultor novecentista Josep Clarà i Ayats. El año 1964 se hizo efectiva la donación de la casa del escultor junto al taller y el jardín que lo rodeaba. Posteriormente, en 1995, el Ayuntamiento de Barcelona cerró y desmanteló el museo, alegando que apenas acudían cuatro visitantes diarios. Fue una decisión tan controvertida que incluso hubo manifestaciones de ciudadanos que reclamaban que no se cerrara el museo. Cinco años después se abría la Biblioteca Clarà tal y como la conocemos actualmente.

De regreso a casa fue el momento de las valoraciones. Mi hija me preguntó por qué había varias mujeres que estaban cuidando a niños “vestidas de enfermeras”. Mi hijo confesó que había pasado un poco de miedo porque nunca había estado en una biblioteca con tan poca gente. Al doblar una esquina creí reconocer el portalón por el que me había deslizado hacía veinte años.

No hemos visto a Carles Puyol, afirmó el niño. Mejor, añadió poco después. Volvimos a beber agua en la misma fuente. Hazme reír, papa, me pidió mi hija. La hice reír y toda el agua que tenía almacenada en la boca salió disparada hacia nuestros pies. Los niños volvieron a sentarse en la última fila, pero yo no estaba para adolescencias, así que me quedé de pie, en el mismísimo centro del autobús.

– ¿Qué escribes, papa? –me preguntó la niña.- ¿Buscas una frase con gancho?

 

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