12 Jul

ITACA XXI

per Xavi Ballester

La languidez de los últimos días del verano. El mar y su misma indiferencia de cada día. La arena, esperando siempre. Barcas y botes varados. Y las atracciones de la feria cubiertas con lonas de plástico para no mostrar la tristeza de sus carricoches vacíos y sus bombillas apagadas. Apenas cinco meses atrás, le parecía que todo aquello no acabaría nunca, pero, un año más, la temporada de playa llegaba a su fin.

Una sola cosa le permitía a Juan Heredia continuar con su trabajo: llevar a su hijo Pablo los pequeños guijarros de vidrio verde que encontraba en la arena.

Con el sol naciente a sus espaldas apareciendo lento detrás de los rascacielos, Juan Heredia, encaramado a la cabina de su vehículo escoba de última generación, contempla cómo la noche se aleja perezosa de la playa antes de iniciar su última jornada laboral. Al girar la llave del contacto, el estallido del motor espanta a un grupo de gaviotas que picotean los vestigios del verano: pieles de fruta, envoltorios de helados, vasos de plástico, preservativos, colillas, y huyen mar adentro batiendo las alas al unísono, con pesadumbre. Cuando pierde de vista a la última gaviota – siempre espera este último instante como una señal propicia-, Juan Heredia conecta la sirena ámbar, embraga, pone primera y los gruesos neumáticos tractores se hunden pesados en la arena. A continuación, acciona la palanca para poner en funcionamiento las escobillas giratorias y empieza a peinar la playa en amplios y repetitivos círculos concéntricos.

Al cabo de apenas diez minutos, detiene el vehículo. Hoy, el primero ha aparecido más pronto de lo habitual, pero esto no significa que no llegarán más. Siempre llegan más. Sin embargo, por un momento, duda; los reflejos naranjas e intermitentes de la sirena le deslumbran y quizás no se haya fijado bien. No está seguro, pero la incertidumbre se desvanece al instante. Alza la vista, otros vehículos de limpieza se están aproximando. ITACA XXIQuita el freno de mano, embraga, pone primera y avanza de nuevo lentamente sobre la playa. A medida que se acerca, la silueta se dibuja recortada sobre el cielo liloso; allí, tan lejos y tan cerca, de bruces, rodeado por los caminos sin destino que las ruedas de las máquinas alisadoras han trazado en la arena. Juan Heredia, al mismo tiempo que sus compañeros de la brigada, desciende del vehículo, y camina en silencio hacia su encuentro. A medida que van llegando, las armillas reflectantes forman un círculo luminoso alrededor del cuerpo tendido. Todos ellos, Juan Heredia también, con las manos en los bolsillos del pantalón debido al frío de primera hora de la mañana, contemplan su piel oscura que se confunde con la arena húmeda. Nadie dice nada. Las olas mueren en sus botas impermeables y apenas alcanzan el cuerpo que yace inerte y ajeno. Al cabo de un rato, uno de los operarios saca su móvil y el resto da media vuelta para continuar el trabajo.  Mientras regresa al vehículo, una vez más Juan Heredia se pregunta por la extraña sonrisa que siempre ve reflejada en aquellos rostros sin vida que el mar trae de ninguna parte.

Hubo un tiempo en el que Juan Heredia amaba los amaneceres. Pero ya no. No recuerda desde cuándo, pero ahora cada amanecer trae consigo nuevos ahogados. Al menos, piensa hoy, con la llegada del frío la invasión de cadáveres cesará, aunque él ya no estará trabajando. En invierno, la playa no se limpia.

Se hace tarde, el sol, rojizo, asciende vertical; queda poco tiempo para que lleguen los bañistas más madrugadores. Juan Heredia se dispone a subir de nuevo a la cabina del vehículo y justo cuando baja un instante la vista en un acto reflejo para coger las llaves del bolsillo, el discreto destello de un guijarro de vidrio verde, pulido por las olas del mar, le recuerda que alguien le espera en casa.

 

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