21 Jul

1972, “Rock’n’Roll Suicide”, David Bowie

por Javier Avilés

El tiempo y los cigarrillos. Los apuramos, los fumamos frenéticamente. ¿Qué hacemos aquí, en esta esquina del mundo, sino esperar, viendo la inmutabilidad del tiempo? Sintiendo el tiempo. Ya ni puedo perder ni puedo elegir. Solo me queda esta estéril dilación de suicida de rockandroll, un tiempo que el reloj se niega a medir, en el que el eco ha dejado de oírse, en el que solo queda esta sucia húmeda calle, en esta triste noche, en la que los pocos coches que pasan se niegan a detenerse. No estoy solo, pero los cuchillos me laceran el cerebro. No estoy solo pero no hay nadie a mi lado.

Sombras. Espectros distantes en sombrías calles de lejanas ciudades que repiten el cigarrillo y la espera y la humedad y el tiempo detenido junto a la misma cabina telefónica que no funciona. Que nunca funcionó. Cinco años y cinco veces cinco años y más de cinco veces cinco años y miles de cigarrillos que al encenderse iluminan fugazmente la esquina y el sonido intermitente y constante del auricular descolgado señalando la comunicación interrumpida hace cinco años, hace una eternidad. El tiempo, ya se sabe. Avanza inflexible hacia ninguna parte, desde ninguna parte, como un dios ciego y obstinado y a esta noche que transpira una oscuridad viscosa le seguirá el sol intentando arruinar tu sombra. Y aunque intentes correr hasta casa para ocultarte de la luz, no podrás librarte de los cuchillos ni del grito permanente que se ha instalado en tu cabeza. Sí, somos maravillosos. Una excepción. Una preciosa y luminosa singularidad. Pero lo único que hacemos es esperar la muerte. Cinco años y cinco veces cinco años y más de cinco veces cinco años. Sí, somos maravillosos, pero estamos solos. No hay nadie que quiera, que pueda, coger nuestras manos y decirnos, sois maravillosos y no estáis solos. No merecemos a nadie así. Mataríamos a alguien así. El hombre de las estrellas vino a advertirnos. Cinco años. Al final lo expulsaron de la banda. Acabó tocando la guitarra en una sucia esquina no muy distinta a esta en la que el tiempo es un cigarrillo consumiéndose, prácticamente agotado. No hay futuro, pero el tiempo seguirá transcurriendo como un idiota incansable que no sabe ver el final del camino. Ya no estaremos allí, como ya no está el hombre de las estrellas. Recogieron al amanecer sus huesos, tiraron al contenedor sus ajadas ropas glamourosas, vendieron su guitarra a un prestamista por cinco libras y éste la tiró al fondo de su almacén. Ningún coche se detuvo tampoco para él. Ningún coche se paró mientras tocaba la guitarra y se transformaba, el-ella-él, y le invitó a subir. Sí, somos maravillosos. Unos maravillosos seres creados con el polvo de las estrellas, y estamos solos.

Y solo somos capaces de cultivar rosas muertas y cuchillos que se clavan en la cabeza. Y solo podemos sonreír con bocas de reptil mientras hordas de ratas invaden todo. Y solo podemos esperar al hombre de las estrellas que nos observa desde el cielo mientras la policía golpea al hombre equivocado y no hacemos nada excepto fumar el tiempo.

Esperando.

Deberíamos haber muerto hace mucho, mucho tiempo. Seguir en la oscuridad es odioso. Cierto. Pero nos aferramos a ello. Seguimos esperando, con la vana esperanza en la cuenta atrás de cinco años. Seguimos esperando como si eso diese sentido a nuestra existencia. Sobrevivir unos minutos más, unas caladas más al cigarrillo.

Miro el reloj y son las nueve y veinticinco y pienso: “¡Dios mio! Aun estoy vivo”.

Y te dices: “Desde este callejón sin salida las estrellas lucen diferente hoy. Apuraré este cigarrillo unos minutos más”

Canto: ‘cause you’re wanderful.

Wanderful.

Los frenos chirrían en la calzada mojada.

No. No voy a subir a tu coche.

Y entonces lanzo la colilla lejos de mí, con fuerza.

Y traza una parábola.

En la oscuridad parece una nave espacial entrando en la atmósfera. Incendiándose. Estrellándose.

Dejaré que el sol me destruya. Que solo mi sombra quede grabada en el sucio asfalto. Ni eso. Que sea barrida luego por la brigada municipal de limpieza.

Que las cenizas de mi cigarrillo las disperse el viento.

 

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