01 Nov

La lluna i la pruna

per Xavi Ballester

la-lluna-i-la-prunaAl atardecer, cuando el sol empieza a descender sobre la tierra, una leve brisa se lleva el calor que nos ha acompañado durante todo el día. Un polvo amarillento flota en el aire. El desierto queda lejos, al otro lado de las montañas, pero sigue con nosotros. Los jóvenes marroquís llenan la ancha avenida Amir Moulay Rachid; como un solo cuerpo, se dirigen hacia el oeste para refugiarse en los Jardines de la Menara. Chicas con hiyab, otras con largas cabelleras negras, solas o en grupo, caminan entre risas; parejas cogidas de la mano, grupos de estudiantes, adolescentes impetuosos, niños de mirada desafiante vestidos con camisetas de equipos de fútbol europeos: todos forman un río de juventud que rebosa ansias de vida y libertad sobre el asfalto. Tú y yo estamos dentro, andamos cogidos de la mano y nos dejamos llevar por la corriente que nos envuelve. Lejanas y al mismo tiempo tan cerca, las montañas del Atlas, siempre presentes, cuidan de nosotros. Hacía dos días que estábamos en Marrakech.

 

Dos semanas antes, en la sala de actos de la Universidad Pompeu Fabra, pronunciabas tu tesis sobre “El riesgo de la cirugía coronaria. Métodos y usos de su evaluación”. Apenas hacía un mes que nos conocíamos.  Mientras hablabas detrás del atril, te escuchaba fascinado entre el público: ventilación mecánica prequirúrgica, disfunción ventricular izquierda, artereopatía extracardíaca, rotura septal postinfarto…No entendía nada de lo que decías,  pero cada palabra tuya me convencía de pasar el resto de mi vida contigo. Esa misma noche, salimos a cenar para celebrar tu cum laude, mientras andábamos por las calles grises y silenciosas de Barcelona a la búsqueda de restaurante sin decidirnos por ninguno, deambulando por placer, los dos supimos que la ciudad se había agotado para nosotros.  Necesitábamos viajar por la sola idea del viaje, sin más. Sin pensar en ningún lugar en concreto, tan solo salir al mundo. Mostrarnos. Queríamos que otros ojos, otras calles, otros paisajes fueran nuestro espejo. Tú dijiste que no podíamos dejar escapar el tiempo precioso de mirar la tierra que habitamos con los ojos encendidos y yo me callé pensando si alguna vez había mirado alguna cosa con los ojos encendidos.

Era jueves. Nos miramos. Teníamos cuatro días por delante liberados de nuestros trabajos. Nos seguíamos mirando sin decir nada hasta que paraste un taxi. Entramos. Al aeropuerto, dije, y tu sonreíste porque era exactamente la orden que estabas deseando escuchar.

Hasta que no llegamos a la terminal y nos situamos en el plafón informativo de las próximas salidas no escogimos destino. Escogimos Marrakech, o quizás fue Marrakech la que nos escogió a nosotros, qué más da. El lugar no era importante, lo importante era el viaje. Decidimos marchar con lo puesto, sin comprar ninguna guía ni consultar ningún dato ni mirar fotografías por internet. No queríamos aprender nada antes de pisar nuestro destino.  No queríamos encontrar nada, queríamos encontrarnos. Tampoco nos hicimos ilusiones de perdernos porqué los dos sabíamos que en el mundo ya no existen lugares donde perderse, lugares sin nombre. Y siempre hemos pensado que uno puede perderse allí dónde esté. Nos fuimos armados cada uno con su molaskine para hacer del viaje palabras y de las palabras recuerdos y de los recuerdos mentiras.

– ¿Se puede viajar sin convertirte en turista?- me preguntaste divertida mientras esperábamos la confirmación de los billetes en el mostrador de Air Morocco.

– No lo sé, no lo sabremos hasta que regresemos, aunque quizás regresar te convierta en turista- te respondí.

– Haremos una cosa: no nos fijaremos en el nombre de las calles, ni en los monumentos, ni en las fachadas. Sencillamente, estaremos- propusiste.

– Una tarde, entraré en una barbería y me cortaré el pelo- añadí para seguirte el juego.

– Yo te esperaré en alguna librería y me compraré El Quijote en árabe-

Esa misma noche volábamos hacia Marrakech, la ciudad roja, antigua puerta del desierto.

 (continuará)

 

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