24 Nov

1982, Should I Stay or Should I Go, The Clash

por Javier Avilés

 

¿Me frío o lo soplo? Si me voy, va a haber peligro. Si me quedo, es doble. Pero que tienes que decir.

¿Me frío o lo soplo?

¿Me quedo o me voy? ¿Acepto la traducción o invento otra? ¿Qué quiere decir en el fondo? ¿Habla sobre la permanencia de Mick Jones, el guitarrista, en la banda o sobre sus desavenencias sentimentales? Da igual, rompería con Elen Foley poco después de ser despedido de la banda. ¿Debo quedarme o debo irme? Como sea. Os dejo ese riff.

Ahora yo, ¿qué debo hacer?, ¿me frío o lo soplo? ¿Abro otra botella de bourbon o abro otra botella de bourbon? ¿Me la soplo entera o me frío suficiente con media botella?

Nota antes de que sea demasiado tarde: La excusa de Strummer de que la madre del técnico de sonido era ecuatoriana y por eso los coros en español no tienen sentido pues… no tiene sentido.

Otra nota: chaval, ese trasto, grabadora o como lo llames, es verdaderamente ruidoso y no deja que me concentre.

Me la soplo. Si me quedo es doble.

¿Encontró Strummer su coche? Qué sé yo. Ya veré el documental algún día.

Should I Stay or Should I Go. Dígame que tengo ser. Debo permanecer o debo ir. El traductor automático que puedes encontrar en internet es como una madre ecuatoriana. Yo siempre fastidie, fastidie, fastidie. Una pobre excusa para paliar tu desconocimiento y tus errores. Sabes que ropas me queda. Las páginas con letras traducidas no son mejores. ¿Debería calmarme o debería soplar? Al final todo es un despropósito porque en principio, originalmente, también lo es. Esperda. Nada tiene sentido más allá de la música. Ese inicio expectante rasgueando las cuerdas. Esa cadencia demorada y contundente que propulsa la batería. Esa incertidumbre prolongada durante toda la canción hasta explotar para que al final la pregunta quede sin respuesta. ¿Me quedo o me voy?. London calling to Ecuador. Should I Stay or Should I Go? No sé, hijo, haz lo que te de la gana y deja de joderme.

Trae, chaval. Acércame esa botella. Quedémonos y hagamos la revolución. Seamos sandinistas. Hombres libres luchando contra el imperialismo y la opresión. Juntémonos a los siete magníficos. Hagamos rap de blanquitos. Pásame la botella y acabemos con ella. Joder… lo sé, lo sé… es lo primero que se me ocurrió.

Escucha, ¿funciona ese trasto? ¿seguro? Creo que voy ha hacer una declaración importante. Jajajajaja. Toma. ¿No quieres beber nada? Bueno, pues me lo soplo yo. Lo tuyo y lo mío. Vamos. El día que murió la música fue… ya lo he dicho también… diciembre de 1980… un avión en el que varios músicos viajaban desde el pasado se estrelló contra el edificio Dakota. Los músicos que viajaban en el avión murieron. Parte del edificio se desmoronó. El hijo de Rosemary quedó herido gravemente y a un transeúnte de apellido Chapman, sepultado bajo cascotes, atravesado por el metal de una de las lámparas de la entrada, se le encontraron en el bolsillo de su chaqueta una novela y un revolver. El arma había sido disparada. Todos los músicos murieron. La música murió y el No-Futuro nos alcanzó a todos. Escucha otra vez el inicio de la canción. ¿Lo ves? La guitarra quiere abrirse paso con cuidado desde un improbable lugar en el que la música ha muerto. No hay futuro, no hay futuro, lo saben. Y la guitarra entra y no parece suceder nada. No hay futuro pero aún podemos hacer algo. Y luego entra todo el grupo y no parece suceder nada. Y comprueban, con animación creciente, que todavía se pueden hacer canciones. Pero hay que romper primero el muro del pasado. Entrar tímidamente. Preguntar si podemos tocar. ¿Debemos quedarnos o irnos? La música ha muerto, sí, pero ¿podemos seguir tocando?

Me la soplo.

Gracias.

 

 

 

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