25 Nov

Estrip art

Todo incluido

por Santiago Roncagliolo

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Antonio dijo que no usaría el teléfono. Me lo prometió. Me lo juró.

Es lo único que le pedí. Después de treinta años de matrimonio: “por favor, querido, es nuestro viaje de aniversario. No hables por teléfono.”

¿Qué falta le hacía? Estaríamos en Cancún, todo incluido: sol, playa, bebidas, comida. Todo con solo mostrar una pulserita. ¿Con quién tenía que hablar?

Con nadie. Pero Antonio amaba a su smartphone. Hablaba con él más que conmigo. Cuando me llamaba a mí, en realidad estaba hablando con él. Yo solo era la excusa para toquetear a su juguetito 4G.

Al principio, cuando esa máquina infernal llegó a casa, me alegré. Pensé que el smartphone le permitiría a Antonio pasar más tiempo en casa. Podía repasar las cotizaciones de bolsa durante el desayuno, o enviar mails antes de cenar, y pasaríamos en pareja todo ese tiempo robado al despacho.

Nada de eso ocurrió. Todo lo contrario. Antonio pasaba menos tiempo en casa. E incluso cuando se encontraba presente físicamente, su mente partía a un lugar lejano, a 32 megas de distancia. Llegué a creer que tenía un amor a escondidas. Pero no. Era sólo el teléfono.

Antonio adoraba al aparato más que a una amante, porque con él sí podía pasar el día entero, incluso estando conmigo. Ni siquiera lo apagaba en cenas con amigos, en la ópera, o en Navidad. Y lo peor: mientras hacíamos el amor, yo sentía que Antonio dejaba la pantalla abierta, y le echaba un vistazo a cada minuto.

Yo quería algo diferente. Yo quería un fin de semana a solas. Con mi esposo. Llámenme loca. Le pedí que deje el teléfono en casa. Él prometió que lo haría.

En el aeropuerto de Cancún, mientras esperábamos las maletas,  Antonio desapareció. Lo encontré después de media hora en el baño del aeropuerto, mandando whatsapps a escondidas.

-Hiciste una promesa -le recordé.

-Es que… Me aburro. Tienes demasiadas maletas.

-Son dos.

-Pero tardan demasiado.

-Tú llevas perdido más tiempo que ellas.

Durante los siguientes días, traté de recuperar la ilusión en nuestro matrimonio. Y creo que lo pasamos bastante bien. Hicimos compras en tres malls distintos. Bebimos cócteles exóticos en el jacuzzi de nuestra suite. Y nos bañamos en ese mar cristalino, frente a las ruinas mayas. Antonio se mostraba inesperadamente gentil:

-¿Quieres que te traiga una piña colada, cariño? ¿Necesitas una revista?

Demasiado gentil.

En una de sus escapadas para buscar cojines para el cuello, lo seguí hasta el baño y entré de sopetón. Antonio y su teléfono se habían escondido en un retrete, como dos escolares fumando. Tenían abierta la página web de su oficina, y Antonio la observaba salivando, con un deseo que yo llevaba años sin ver en su rostro. Le arrebaté el teléfono, y lo arrojé al wáter.

Antonio no protestó. Pero al día siguiente, mientras nos servíamos el bufé del desayuno, lo sorprendí tratando de comprarle su teléfono a un adolescente de quince años. En el almuerzo, en un restaurante elegantísimo, intentó sobornar al camarero para que le prestase una computadora. Para la hora de la cena, yo estaba furiosa y Antonio, descontrolado. Ni siquiera era capaz de disimular. Si alguien pasaba a su lado con un smartphone o una tableta con pantalla táctil, Antonio perdía el hilo de la conversación.

Entonces comprendí que él no tenía remedio. O quizá sí. Un remedio. El único.

Ayer me desperté atenta y afectuosa, tan luminosa como el Sol del Caribe. Pedí el desayuno a la habitación para dos y mimé a mi marido un poco. Después le dije:

-Quiero un perrito.

Antonio refunfuñó un rato ¿Un perro? ¿Aquí? ¿Ahora? Pero en Cancún todo es posible. Y los caprichos que se resuelven con una tarjeta de crédito son los más fáciles para mi marido. Por la tarde, yo tenía una tierna hembra chihuahua. La llamé “Laika”, como la perra astronauta. Esa que era comunista.

Hoy nos toca lo mejor del viaje: la excursión a Isla Mujeres. Es famosa porque los turistas nadamos entre tiburones. Por lo visto, los escualos merodean a nuestro lado y enseñan los dientes, pero  no son peligrosos.

Bueno, a menos que vean sangre, o huelan alguna presa herida en el agua. Por ejemplo, un cachorrillo de chihuahua pinchado con un buen alfiler de ropa. Según parece, algo así volvería locos a los depredadores. Perderían el control. Devorarían todo lo que vieran. Eso dice en Internet.

Ahora mismo estamos en la lancha, y el guía señala el lugar de los tiburones. Antonio quiere meterse a nadar. Después de la tecnología móvil, lo que más le gusta es el deporte. Yo llego en el lugar diez o doce de la lista. Aunque eso ya no será un problema.

-¿No quieres bañarte? -pregunta Antonio-. Hace mucho calor.

Yo le sonrío, amorosa. En mis brazos, Laika se acurruca, descansando antes de su último vuelo.

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