16 Dic

Es otoño en el Corte Inglés y yo me voy a exiliar a Alaska

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y, como todo el mundo, yo tengo «mis días». Mañanas en las que no soporto que nadie me dirija la palabra antes de haberme tomado el café. Cuando, después de haber leído los diarios, salgo a la calle con un sombrero bien encajado en la cabeza para que mis ideas, aparentemente radicales, no se escapen volando. Y es que estamos en unos tiempos peligrosos para todo lo que se salga de la corriente y vaya más allá de nuestra domesticada educación.

Pero hoy, además, me he puesto mis gafas críticas, dispuesta a pisar el asfalto urbano con una mirada indagadora, personal, inquisitiva y libre de ideas preconcebidas. Así que, mi querido Gary Cooper, ya puedes ir preparándote porque allá voy: sola, desde luego, ante el peligro.

¿Y qué es lo que veo?

Veo, en primer lugar, a una ciudadanía que cada vez se está volviendo más perezosa, a la que le ponen ascensores y cintas transportadoras por todas partes para aligerar el ejercicio físico, como si no tuviéramos piernas, unos músculos para impulsarnos hacia delante y subir escaleras. Más ejemplos: Los supermercados que envían las compras a casa y los miles de restaurantes que llevan la comida hasta la mesa. ¿Acaso nos estamos convirtiendo en una sociedad de tullidos?

Entro seguidamente en el metro para continuar mi prospección y también ahí capto indicios interesantes de las patologías que asaltan a nuestro sistema capitalista:

Observo, entre otras cosas, a una ciudadanía abducida por móviles, iPads y todo tipo de pantallas. Y lo que raya en una conducta casi enfermiza: nadie se mira en el metro.

¿Dónde ha quedado la curiosidad hacia nuestros congéneres?

Me instalo en un asiento y miro, por el rabillo del ojo, lo que hace la joven que se encuentra a mi lado. Y de acuerdo, no es lo más correcto del mundo, pero leo lo que está escribiendo rápidamente y como una posesa en su móvil y… ¡cielos!, no me lo puedo creer, no puedo creerme que esté cortando con su pareja con un whatsup. Una prueba más de la pereza humana: mensajes sintéticos que se envían por whatsup para tratar de asuntos complejos, sean sentimentales o políticos, estos últimos del tipo: «Este mensajito no es de derecha, ni de izquierda, ni de centro… Tenemos EL DOBLE de políticos que el segundo país con más políticos de Europa (Italia)…».

¿Es que ya nadie tiene tiempo para hablar o para ir a conferencias?

Con una profunda desazón, veo, acto seguido, que la pasajera que se sienta a mi derecha está leyendo el último premio Planeta. Y me subo por las paredes y no puedo evitarlo y lo hago: «Toc, toc, toc, ¿hay alguien allí?», le pregunto mientras le golpeo suavemente con los nudillos en la sien derecha. La lectora levanta la ceja derecha y se aparta como si yo estuviera loca. Que yo estoy algo loca no lo niego, pero no menos verdad es que la ciudadanía se ha vuelto perezosa hasta para pensar: nos endilgan premios Planeta, el hit del verano, la serie del año y el destino estrella y nosotros tragamos como si aún creyéramos en los Reyes Magos.

Y encima, resulta que ya es otoño en el Corte Inglés.

 

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