20 Ene

La mano justiciera

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy me he visto inmersa en una situación algo comprometida. Enervante, más bien. Con una paciente que decía padecer insomnio y que mostraba síntomas evidentes de ansiedad. Treinta y cinco años, exfumadora y bebedora de una cerveza diaria. Sin otros antecedentes de interés y sin anomalías en la exploración física.

Hasta ahí todo correcto.

Casi correcto, rectifico, cuando me doy cuenta de que la paciente se ha puesto a toquetear como una posesa su móvil. De forma compulsiva y con una agilidad sorprendente. Para consultar sus mensajes y ver sus whatsApp. Y yo he estado a punto de ofrecerle un cigarrillo para que se calmara. Sus ojos fijos en la pantallita y los míos lanzado destellos de incomprensión. De rabia, incluso, porque no puedo entender la dependencia que existe hacia estos aparatitos que, como todo el mundo sabe, necesitan del coltan para funcionar, cuya extracción y control tanta violencia ha provocado en la República Democrática del Congo, por decirlo de un modo simple.

¿Acaso no podemos eludir el ritmo febril que nos impone la sociedad, la dictadura de tener que estar siempre al día, el mandato de permanecer conectados en todo momento con nuestros semejantes a través del móvil, el exhibicionismo que propician estas plataformas?

―Es por si me llega algún mensaje del trabajo ―se justifica la paciente.

Respiro hondo y procuro ser tolerante (palabra que detesto por la condescendencia que denota), entender a esa mujer que, al parecer, es víctima del acoso en el trabajo. Pero el móvil, mientras tanto, ha cobrado vida propia y vibra, silba y emite sonidos y luz.

Procuro ser tolerante, de verdad, pero de repente mi mano empieza a actuar por su cuenta, sin previo acuerdo con mi sistema racional: se pone en movimiento y alza el vuelo hasta el otro extremo de la mesa. Y, estupefacta, observo cómo le da un manotazo, estilo Bruce Lee, al móvil de la paciente y este sale disparado. Al principio, el móvil surca los aires con cierta elegancia para continuar planeando sin ninguna gracia y acabar cayendo en picado al suelo, donde se rompe en mil pedazos. La congoja de la paciente es indescriptible. Mi vergüenza, enorme.

Pero la mano justiciera no ha acabado todavía con su labor reformadora.

Esta misma tarde, para mi pasmo, la mano justiciera vuelve a estampar contra una pared otro móvil. El de una amiga, con la que acabo de tener una bronca. Pues me ha acusado de dejarla plantada. De acuerdo que, antes de mi plantón, me ha estado informando, a través de whatsApp, de todos sus movimientos y de la lentitud del autobús en el que iba para justificar su retraso y explicar que mi larga espera en un bar tenía un sentido. De acuerdo, también, en que habíamos quedado en que ella se acercaría al bar en cuanto acabase de hacer unos recados. Mea culpa. Pues ¿acaso las nuevas costumbres derivadas del uso de la tecnología no propician la ambigüedad y la ausencia de compromiso, o, como en el caso que me afecta, la desfachatez de algunos individuos?

¿Acaso estos nuevos hábitos no llevan a que perdamos de vista que tratamos con personas en nuestro afán de ganar tiempo?

A regañadientes, le compro un móvil nuevo a mi amiga. Alegría, alegría. ¿Ha acabado ya mi penitencia? Al parecer, no. Todavía tengo que soportar que ella se entretenga enviando varios whatsApp para comprobar que el aparato funciona perfectamente. Mientras, continúo mi reflexión: ¿No será que el uso excesivo de la tecnología nos  hace olvidar que las personas no somos máquinas?

Y esta vez no es la mano justiciera, sino yo, quien en un descuido, vaya por dios, tropieza con una Coca-Cola y toda la bebida se derrama encima del nuevo móvil, que se va al carajo.

¿Me lo perdonará algún día mi amiga?

 

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