26 Ene

1988 First We Take Manhattan, Leonard Cohen

por Javier Avilés

Es una mañana gris. El cielo está cubierto de nubes como una amenaza, pero todo está detenido. Incluso las olas del mar se han paralizado junto a la orilla. El futuro nos ha alcanzado, nos ha herido, nos ha matado. Y todo se ha detenido. Nada se desliza. No hay direcciones ni espera. La ventisca del tiempo ha emitido su último soplo salvaje y moribundo y nos ha alcanzado. No hay lugar para el arrepentimiento ni para aleluyas. Nos han dejado de herencia el aburrimiento sin límites, una condena eterna en una larga fila que no avanza. Te lo dije, te lo dije. El futuro es un crimen por el que deberemos pagar. Te lo dije. Y aquí no-estamos. Esperando que suene el violín de contrachapado, esperando la música del hombre que toca junto a la puerta del crematorio, esperando que la fila avance hacia el futuro, para poder bailar el tiempo y morir el tiempo y que “futuro” vuelva a tener significado. Entonces podremos comprar entradas para la Galería del Hielo y hacer cola toda la mañana esperando que se nos muestren, por fin, tantos secretos: la combinación de acordes; el sollozo lleno de pisadas y arena; el contenido de la revista muerta que yace en la silla; el famoso impermeable azul colgado en un perchero al fondo de un pasillo que ya ni la memoria transita. Todo será en vano. En nuestro no-aquí no hay posibilidad de movimiento. Incluso las palabras penden inertes de nuestros labios, incluso la esperanza ha muerto, diluida en el gris eterno que cubre todo el silencio del mundo. Todos los bailes que no bailamos. Todas las horas muertas en la barra esperando la hora del cierre. Todas las mañanas en las que nos extrañamos. Todas las veces que no supimos, no quisimos, temimos, decir “Siempre”. Ya es demasiado tarde. Los dados trucados han corrido por el tapete y aunque cruzamos los dedos, la guerra terminó, perdieron los buenos, este y todos los combates amañados. Si algo sirve de consuelo es que su victoria no sirvió de nada. Pero hasta el consuelo está congelado en nuestra cabeza y no logra avanzar en nuestra paralizada red sináptica. No hay tiempo, no hay dolor, no hay sentimientos, ni consuelo, ni esperanza. Es hora de cerrar, de bajar la persiana metálica, de dar carpetazo al mundo y a su miserable historia. De nosotros no quedará más que una fotografía polvorienta y mohosa abandonada en el suelo de un perdido pasillo por el que hace una eternidad que no transita nadie. Una foto que se deshará en los dedos de quien la recoja. Es posible que antes de que se diluya en el polvo pueda ver el gris mar paralizado en el tiempo en la fría mañana en la que el futuro nos alcanzó. Es posible, pero ahora, este no-ahora congelado, solo tenemos constancia de la imposibilidad. La imposibilidad de Manhattan; la imposibilidad de Berlín; la imposibilidad de la derrota que debería atravesarnos como una afilada certidumbre; la imposibilidad del milagro por venir, ni siquiera tras la infinita espera que es nuestra severa condena llegará el milagro; la imposibilidad de la ventisca de hielo que arranque tus ropas y me haga suplicar por adentrarme en ella; la imposibilidad de mil millas de silencio mientras vuelvo a ti; la imposibilidad de la poesía, que viene de ese lugar en el que nadie gobierna, ese lugar que nadie conquista; la imposibilidad de reírnos y llorar y llorar y reírnos de todo; la imposibilidad de mirar entre la basura y las flores; la imposibilidad de héroes en las cloacas y niños en la mañana y amor reflejándose en espejos por siempre. El futuro nos ha alcanzado, nos ha herido, nos ha matado. El futuro es un crimen. Arrepiéntete.

Won’t be nothing

Nothing you can measure anymore

The blizzard, the blizzard of the world

Has crossed the threshold

And it has overturned

The order of the soul

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