02 Feb

1989 Lullaby, The Cure

por Javier Avilés

No hay nada que yo pueda hacer, no hay nada que tú puedas hacer. El ser arácnido llegará arrastrándose silenciosamente. Ya está aquí, hace tiempo que está aquí, hace tiempo que nos inyectó su veneno paralizante, hace tiempo que poco a poco va alimentándose de nuestras entrañas en esta ficción que damos en llamar vida. Hace tiempo que vivimos enredados en su pegajosa estructura sin posibilidad de movimiento. Elije la píldora azul, la píldora roja. Ésta es tu última oportunidad. Después de esto, no hay vuelta atrás. Toma la píldora azul: el cuento sigue, despiertas en tu cama y la amenaza se cierne sobre ti agazapada en las sombras. Toma la píldora roja: el cuento sigue, despiertas en tu cama y la amenaza se cierne sobre ti agazapada en las sombras. Recuerda, todo lo que estoy ofreciendo es la verdad, nada más. La verdad es única. No hay agujero de conejo, solo una madriguera de araña. Entonces píldoras rojas y azules y blancas. Miles de pastillas para controlar tu ansiedad, tu desesperación, tu miedo, tu angustia, tu depresión, tu estrés, tu pánico. Cientos de pastillas de todos los colores administradas regularmente para controlar al monstruo que anida en tu interior. Bienvenido al país de las maravillas, chaval. Bienvenido a la realidad, a la única verdad. Así es el mundo que nos rodea, así es el mundo en que vivimos. Nos sonríe, sacude la cabeza y se acerca un poco con sus horrorosas patas. Nos rodea con sus brazos y lame con su lengua nuestros ojos completamente cerrados. “Be still be calm be quiet now my precious boy, don’t struggle like that or I will only love you more” nos dice desde el interior de nuestra cabeza. Muerde nuestro cerebro queriéndonos aún más, amándonos desde el interior. Se arrastra por el interior de nuestra columna vertebral, paralizándonos con su cariño. “Soy la enfermedad, la angustia, el amor”. Es todo cuanto somos y no creemos ser. Seres desvalidos e indefensos, niños aterrados en la cama, asesinos despiadados dispuestos a devorarnos mutuamente. El miedo anida en ocultas y oscuras circunvalaciones de nuestro cerebro de reptil. El miedo y la violencia. Eso es lo que somos, píldora roja o píldora azul mediante. Seguimos al conejo blanco y cuando el perro se abalanza sobre él, muerde su cuello y le destripa con sus dientes, imaginamos un viaje a un mundo de maravillas. Negamos la realidad. Lo primero que vemos al atravesar el espejo es la piel blanca del conejo manchada de sangre. Un amasijo de carne y vísceras en medio de una elegante sala victoriana. Los personajes de una novela de, yo qué sé, de Jane Austen, por ejemplo, tomando te mientras dialogan como corresponde a su clase social, en su modesto, deslumbrante y más que acogedor cottage, mientras en el centro de la habitación unos cuervos se alimentan del cadáver de un perro. El mismo lebrel que antes había despedazado al conejo blanco. Te ofrecen una taza, una galletita, una píldora. Y ves de nuevo al conejo blanco consultando su reloj, llego tarde, llego tarde. Lo sigues al jardín y mientras circula por los arriates de prímulas, entre los rosales de flores rojas como heridas sangrantes, ves como la tierra se levanta ante el conejo y del agujero surgen unas patas peludas que le agarran y le arrastran a la oscuridad de la trampa. Quieres gritar pero no tienes boca o todavía la tienes llena de esas migosas galletas. Y buscas, al pie de un árbol, la entrada al mundo de fantasía. En este jardín los árboles tienen nombres de compañías farmacéuticas. Y hay amables, indiferentes, idiotas doctores que te ofrecen los remedios para los males del mundo moderno. Porque para entrar en el hueco del árbol tienes que cambiar de tamaño. O dormir un sueño libre de terror. Cómeme. Bébeme. Y creces y te haces diminuto y sigues al conejo al país de las maravillas de las píldoras azules y rojas y blancas y duermes. Duermes un sueño tranquilo y sin sobresaltos. Y despiertas con la cabeza emponzoñada de química, con la voluntad abotargada y el ánimo insensible. Despiertas pensando que de nuevo te has librado del monstruo. Pero la criatura anida en tu interior y muerde tu oído, hace repiquetear tus huesecillos, solo por diversión y te susurra, oh, my precious boy, oh, my precious boy, oh, my precious boy, que se convierte en un acúfeno que no te abandona jamás, para que no olvides el miedo y la angustia y la ansiedad y vuelvas a la azul y la roja y ¿quieres dejar en paz la grabadora? Apunta, chaval: las píldoras son nuestra canción de cuna.

 

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