06 Feb

$20 y un par de chirolas

por Adrian Demichelis

Todo comenzó con $20 y un par de chirolas, por eso le era tan difícil creer que hubiera terminado así, increíble que pudiera pasar, nunca pensó estar en esa cancha repleta de gente, ese estadio que siempre veía por la televisión desde su pueblito, a unos cuantos kilómetros de distancia de la capital. De haber  sabido  que esa tristeza de antaño traería aparejada esta alegría, no habría sufrido tanto.  Si le contaban este final tampoco lo hubiese creído.

La crisis fue dura en todo el país, como casi siempre a lo largo de la historia, pero ese año 94 fue complicado, sufrido, difícil para él. La fábrica había cerrado, poco laburo para la industria nacional, era más barato lo que venía de China, el seguro de desempleo más algunas changas cortando césped paraban la olla por esa época.  La comida no faltaba, pero no había lugar para “los gustos”, como ese sábado antes del día del niño, cuando comenzó todo, porque $20 más algunas chirolas era poca plata para comprar los regalos que sus hijos le pedían. El más grade,  tenía 5 años, quería  un video juego y el más chico, el de 4, un robot que había visto en la tele.  La recorrida por las jugueterías daba un valor de ambos juguetes de $90. Los 20 que tenía en su bolsillo no se acercaban ni por asomo a la cifra que daría con los gustos a sus hijos. Se cuestionó la suerte que le tocaba.  Insultó para  adentro, para que explotara en su alma. Levantó la vista al cielo y le recriminó al Santísimo por qué él no podía ser como los demás padres, que llenaban sus bolsas con los regalos prometidos.

Cuando su búsqueda estaba casi perdida la vio en la estantería y pensó que podía ser la solución. Ella estaba sola, como esperando que alguien la rescatara del aburrimiento, esa pelota de color azul y amarillo podría apaciguar la desazón de no poder comprar lo que sus hijos le habían pedido. Al consultar el precio con la cansada y mal humorada vendedora, esta le respondió que la número 5 costaba $22. Como adivinando lo que había en su bolsillo, sin dudar, no por convicción sino porque no tenía más remedio, decidió llevarla, le pidió que la envolviera, que le pusiera un moño y con todo el temor por la reacción de sus hijos se llevó el regalo para el día del niño.

Ese domingo se despertó antes de lo previsto con un nudo en la garganta, el que se atraviesa en los padres cuando no podemos explicar la triste realidad a nuestros hijos.  Mientras la pava se calentaba y limpiaba el mate para  tomar unos amargos, practicaba en la cocina el discurso que daría a sus dos hijos.  Como le explicaría que le había sido imposible comprar los regalos prometidos, porque se los había prometido unos días antes de que llegara el telegrama de despido, intentaba buscar en su mente y corazón las palabras mejores para que su imagen de padre que promete y cumple no se cayera al piso y se estallara en mil pedazos. Él sabía que 5 y 4 años eran muy pocos para entender de crisis, desempleo y frustración.  En todo esto estaba pensando cuando desde la pieza aparecieron las dos pequeñas figuras de sus hijos, al verlos se quedó paralizado, no había tiempo para más. Tenía que enfrentar la realidad, sabía que esos ojitos silenciosos reclamaban el regalo prometido. Transpirando en seco, tragó saliva, abrió la puerta de la alacena en donde había escondido la pelota, la sacó y solo les dijo dos palabras, antes de que una gota gruesa cayera por sus mejillas: -¡Feliz día! Esperó con temor la reprobación y el reclamo, pero no fue así, sus dos hijos se abalanzaron hacia el regalo y de un salto treparon a su cuello y en un par de segundos los besos lo  empezaron a asfixiar y hubiese deseado morir así, aplastado por tanto amor incondicional.

En esa mañana de domingo comenzó todo. Porque esa primera pelota fue el comienzo de la historia, sus dos hijos y el baby, las inferiores y siempre la pasión de sus pequeños por el fútbol.  Todo paso rápido y siempre él al lado de sus pibes.  Y en ese viaje de la vida y el fútbol, la realidad  lo tenía sentado en ese místico estadio, esperando que aparecieran los equipos  y cuando la boca del túnel se abrió y el conjunto local piso el verde césped, otra vez aquella gota gruesa volvió a recorrer sus ahora arrugadas mejillas.  Al ver en el círculo central a sus dos hijos levantar los brazos y saludar a los cuatros costados de la cancha, debutaban en primera y él no lo podía creer.

La vida le había dado un pase gol, esa pelota en aquella juguetería, sus $20 más algunas chirolas y un par de palabras temerosas habían sido el comienzo de esta historia, nunca lo imaginó, jamás lo hubiese soñado mejor.

 

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