07 Feb

Carla prefería a Papá Noel

por Xavi Ballester

Después de cuatro horas arrastrando los pies bajo la lluvia, el cojín empieza a resbalar por debajo del chaquetón. Son las diez y veinte, y sigue lloviendo. Una lluvia cada vez más pesada. Podría ajustarse el cinturón, una cinta inútil de plástico negro, pero si lo intenta la ropa puede desgarrarse y entonces sería peor. Sería dramático, definitivo.

El cojín se ha desencajado casi del todo y no hay manera de devolverlo a su lugar. Hace frío y sigue lloviendo. El chaquetón, rojo con una tira de velcro blanca en lugar de botones que apenas engancha, no abriga. Con las manos sujetándose la panza, aprieta el paso hasta encontrar refugio en la entrada de una tienda de animales. Mientras brega con el uniforme, los conejos y los peces de colores lo observan en silencio, en cambio los hámsteres lo ignoran y los loros callan. Intenta engancharse la barba blanca, pero las gotas de lluvia que le resbalan por las mejillas impiden que la cola se adhiera a la piel. Levanta la vista y se topa con los ojos diminutos que lo observan. De pequeña, Carla siempre había querido un perro, quizás porque siempre había sido una niña solitaria; de aquellas que si le preguntabas dónde había estado te contestaba que en ningún sitio. Carla no soportaba ver a los cachorros con las orejas caídas detrás de los aparadores, se arrodillaba ante ellos con las manos abiertas sobre el cristal como pidiéndoles disculpas en nombre del mundo. Es inútil insistir, la barba no se engancha.

Ahora son las botas las que han dicho basta. La suela se ha despegado y tiene los pies empapados. A la hora del reparto no ha sido suficientemente rápido y le han tocado unos zapatos que le van estrechos. Se saca la bota derecha y el calcetín: tiene la planta llagada y la uña del dedo gordo medio levantada. Va a maldecir su mala suerte, pero justo cuando coge aire, la lluvia cesa. Decide ir. Sin barba, casi sin panza, pero irá. No está en situación de ponerse digno por cuatro gotas de lluvia. Es la primera Navidad y el tercer trabajo desde el accidente. Quiere conservarlo y está dispuesto a tragarse su maldito orgullo que tantas veces le ha traicionado. Le han prometido que si cumple, el rey Gaspar será para él y esto significa dos semanas más de sueldo.

Saca el papel del bolsillo del pantalón rojo: familia Ribalta, Secretario, 9, 4º-2ª.

Empieza a caminar con la mano izquierda sujetando la barba mientras que con la derecha se carga el saco rojo a la espalda. Las calles, oscuras, estan vacías. El dolor de pies le obliga a andar sobre los talones, sin apenas doblar las rodillas. Al verse reflejado en un cristal, sonríe: parece un robot. Después de ver La Guerra de las Galaxias, Carla se pasaba el día imitando a C3PO. Fue el último día de vacaciones y decidieron ir al cine para despedir el verano. Un bol gigante de palomitas y Luke Skywalker y la princesa Leia salvando la galaxia en pantalla grande. ¿Qué más podían pedir? Fue una tarde fantástica, pero decide no recordar más y concentrarse en la acera mojada. Con el dolor de pies ya tiene suficiente.

Por fin ha llegado. Es una finca con cuarenta pisos. Carla llamaría a todos los timbres del interfono y saldría corriendo como una ardilla sin mirar al cruzar la calle, igual que aquel mediodía que fue a buscar a su amigo Juan a su casa para decirle que después de clase lo esperaría en la plaza Rovira.

Llama. Le abren la puerta sin preguntar.

El ascensor no funciona, no le queda más remedio que subir las escaleras. Apenas puede caminar, las uñas de los pies se le clavan con cada escalón, pero consigue llegar al cuarto piso. Avanza hasta detenerse ante la puerta segunda. Jadea, le cuesta llenar los pulmones, como la tarde que llegó a urgencias corriendo desde casa después de recibir la llamada y no encontrar ningún taxi. Antes de llamar, se da cuenta de que ha perdido la barba; se le debe de haber caído por las escaleras. Está deslomado y calado hasta los huesos, pero hace un último esfuerzo y alarga la mano hacia el timbre. Antes de que pueda apretarlo la puerta se abre de golpe. Ante él aparece una niña rubia con los ojos chispeando y dando saltitos. Se miran el uno al otro: el mismo traje rojo, las mismas botas negras; el mismo vestido verde, los mismos zapatos azules. Se observan de nuevo: los mismos ojos grandes, el mismo pelo blanco pero ¿y la barba?; los mismos ojos marrones, los mismos pómulos redondeados pero ¿y los rizos?

Antes de que ninguno de los dos pueda decir nada, aparece la madre.

-Pasa para adentro, hija-

La niña obedece y él la observa alejándose por el pasillo.
– Desde las diez que esperamos a Papá Noel y ya son casi las doce. Hemos anulado el servicio- Le suelta escudriñándolo de arriba a abajo- Y además, usted ni es un Papá Noel ni nada- añade con menosprecio.

Las gotas de lluvia que chorrean por el traje han formado un pequeño charco a su alrededor.

-Mamá, mamá ¿por qué este Papá Noel no tiene barba?- pregunta la niña desde el final del pasillo, lejos. Antes de contestar, la madre le cierra la puerta en sus narices. Con el portazo resonando aún en la escalera, inmóvil ante la puerta, le parece escuchar una vaga explicación sobre que los Reyes Magos son mejores que Papá Noel seguida por el tono de decepción de la niña.

Recuerda que Carla también prefería a Papá Noel, pero no recuerda por qué. Nunca se lo preguntó, como tantas otras cosas que le hubiese gustado preguntar a su hija pero no estuvo a tiempo de hacerlo.

Aquella tarde, Carla nunca se encontró con su amigo Juan en la plaza Rovira. Cruzó sin mirar.

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