09 Feb

1990 The Weeping Song, Nick Cave and the Bad Seeds

por Javier Avilés

Del cuaderno robado:

 Ven. No hemos llorado suficiente. Tu cara parece triste mientras conduces el coche a través de la noche. Quema los puentes que atraviesas. Ven. No acciones el limpiaparabrisas. Son tus ojos los que están llenos de lágrimas. Sube a la montaña por el camino serpenteante iluminado por la luna. Ven, te espero derramando lágrimas porque el verdadero llanto está aun por llegar. Lloro mientras me acuno para dormir. Lloro por tu ausencia y por tu regreso. Lloro porque conduces de vuelta llorando en la noche. No pensé hacerte tanto daño. No quise hacerte daño. Quise darnos una oportunidad para el llanto. Pero fue demasiado. Construíamos una historia cada vez que estábamos juntos. Construimos la gran historia de nuestras vidas. Solo quise, no llores, crear una pequeña subtrama sin importancia. Un receso, una digresión. Lo nuestro era indestructible, pensaba. No había secretos entre nosotros, pero no caí en la cuenta que siempre fuiste un pequeño misterio que nunca supe resolver. Ven. Conduce hacia mí. Baja la ventanilla y deja que tu pelo ondee al viento. Dirige las proas de tus naves hacia aquí. Lanza tus perros sobre mí. Lo merezco. Choqué contra los pilares de la moralidad que habíamos acordado. Fue toda una traición. Merezco que tus perros me despedacen, que esparzan por la tierra mis huesos y mi sangre en una siembra estéril. Lo merezco por mi traición. Pero, ¿ves como te lo explico llorando?, todas esas mujeres no significaban nada para mí. Cada vez que volvía entre tus brazos todo se derrumbaba. Nada importaba porque había regresado al cobijo de tus abrazos y tu cariño. Y tu perdón inconsciente. Sí, de acuerdo, lloro porque me perdonaba a mí mismo. Ven, conduce hasta aquí, reconstruyamos nuestra historia, construyamos una nueva historia de cada momento que estemos juntos. Dejemos que las lágrimas arrastren con ellas el pasado. Sabes que no creo en Dios, pero si lo hiciera le pediría que no tocase un pelo de tu cabeza y que te dirigiese directamente entre mis brazos. Le pediría que sus ángeles te protegiesen mientras conduces atravesando la noche inundada en lágrimas hasta llegar a mis brazos. Porque creo en el amor. Como tú. Y por nuestro amor dejaré a todas esas amantes llorando. Las personas no son buenas. Yo no soy bueno. Y lloro por eso. Lloro porque nuestro amor, tu amor, me hace bueno. Vuelve. A través de esta noche infinita bajo el cielo estrellado. Vuelve. Las campanas han empezado a repicar la insistente pregunta. Digo sí. Sí. Vuelve. El cerezo ha vuelto a florecer y sigo derramando lágrimas. Intentaré explicarlo otra vez entre mi llanto. Me perdí en un rincón remoto del planeta y nadie sabía decirme cómo regresar. Yo no era yo. Era otro yo intentando reconstruir mi yo. Intentando destruir nuestro amor para darle más fuerza. Ni siquiera, yo, sentía nada por esas mujeres. Ya te lo he dicho, mil veces, entre lágrimas. Siempre volvía contigo y me sentaba tristemente a tu lado. Porque entre tus brazos era capaz de percibir la belleza del mundo. Pero cuando me quedaba solo era capaz de percibir únicamente su miseria y su dolor, la tristeza y la fealdad del mundo. Y lloraba. Y me comportaba miserablemente. Contagiado por su fealdad. Infectado por tanta desproporción. Y esas mujeres formaban parte de esa enfermedad. Y no podía dejar de llorar hasta que volvía entre tus brazos. Mis lágrimas te piden perdón. Vuelve a través de la noche, quema los puentes, reconstruyamos nuestra historia. Esta noche, mientras te escribía esta carta he visto demasiadas imágenes de una belleza desbordante que me han hecho llorar porque me han recordado nuestra vida. Esto no puede morir así. Ven. No volveré a intentar cortarte las alas ni las ilusiones. Me convertiré en quien deseas que sea. Ven porque no estaré llorando demasiado tiempo.

(la página está a medio arrancar del cuaderno y salpicada de gotas… no de lágrimas, se dice el periodista, de whisky)

 

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