10 Mar

¿Quemamos también el Louvre?

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y también en fauna de lo más variopinta. Como el individuo que acaba de entrar en la consulta con poca cara de pocos amigos y expresión patibularia: patillas, nariz larga y voz ronca. Compruebo que a la exploración física muestra un buen aspecto físico: permanece consciente y orientado, normohidratado y normocoloreado, y sin embargo advierto que está visiblemente alterado, con el pulso acelerado. Y juega constantemente con el mechero que lleva en las manos. Intento averiguar las causas de su excitación.

Si por él fuera, me dice a bote pronto, quemaría todos los museos, con todas las obras de arte dentro. ¿Con la Mona Lisa dentro, incluso?, le pregunto con un hilo de voz y algo escandalizada, la verdad sea dicha. Con la Mona Lisa dentro, dice sin dudar. ¿Y también con El Retrato de los Arnolfini o El origen del mundo? Por supuesto, responde muy serio.

Mis ojos fuera de las órbitas de pura incredulidad.

Y ¿por qué?, continúo interrogándole, sin ser capaz todavía de atisbar sus incendiarias razones. Toma aire, tomo aire yo, y se prepara para explicarme la causa de su deseo subversivo. Todo él rojo como un tomate, con la indignación saliéndole por las orejas, me cuenta que ha oído en la radio que Baile en Tehuantepec, del muralista mexicano Diego Rivera, se ha vendido por 15,7 millones de dólares.

Las manos le tiemblan y la ira parece apoderarse de nuevo de él, y de repente a mí también me asaltan unas ganas locas de acabar con esta falacia bautizada como arte y que en realidad deberíamos llamar mercantilización de la cultura. Y con las manos también temblorosas, estoy a punto de preguntarle si comenzamos a quemar las obras expuestas en el MACBA o en el CaixaForum. Pues al fin y al cabo son dos instituciones que contribuyen a ensalzar el arte, a colocarlo en un pedestal, para que luego llegue el listillo de turno, con muchos millones en la cartera, y pretenda especular adquiriendo las obras ya bendecidas en las catedrales de la cultura. Es decir, hacer negocio.

¿Acaso es de recibo que las obras de arte se entiendan como una inversión?, ¿que algunos de los artistas cuyas obras hoy están más cotizadas acabaran muriendo en la miseria, Van Gogh y Rembrandt como paradigmas?

En esto estamos de acuerdo, y él, ya más calmado, con el mechero a buen recaudo dentro de su bolsillo, me dice algo chulesco que quiere enseñarme algo: el valor real de las obras de arte, al margen de los intereses más espurios. Y para ello me invita a tomar un café a su casa. Acepto. Estoy intrigada por saber cómo terminará su piromanía.

Mi paciente vive en una calle empinada de un barrio empinado de la parte alta de Barcelona, y yo llego echando el bofe y maldiciendo mi curiosidad, que siempre se deja llevar por arrebatos ajenos. Llamo al timbre y la puerta se abre. Y yo me asomo tímidamente, como pidiendo permiso para entrar y…

No puedo creérmelo, digo.

No puedo creerme lo que veo. Mis ojos saltan como locos de un rincón a otro, a la derecha y a la izquierda. Imbuidos de belleza, en algunos casos, y en otros, de horror.

No puedes creerte, ¿qué?, me pregunta mi paciente, que ya no presenta aspecto de patibulario, sino el de un monje zen: sus rasgos suavizados y su ondulado cabello sedoso.

Las pinturas negras de Goya, y de Van Dyck, el Triple retrato de Carlos I, y Brueghel (el Joven y el Viejo), Velázquez y Pollock a mi alrededor…

Veo estas obras, y muchas otras, en las paredes de esa casa de la parte alta de la ciudad a la que he llegado echando el bofe. Son imágenes cuidadosamente reproducidas a partir del original. Pues mi paciente ha convertido su vivienda en una National Gallery londinense, en un Louvre francés y en un Prado madrileño. Y él se limita a disfrutar de la belleza de algunas pinturas, de la verdad que contienen otras y de la lucidez que muestran ciertos retratistas. ¿Acaso no fueron creadas para eso? ¿Cuál es la verdadera función del arte?

Ya en mi casa, lo primero que hago es ponerle una velita a san Walter Benjamin, defensor a ultranza de la reproductibilidad del arte con los modernos sistemas de reproducción y opuesto al aura en la obra artística. Y otra vela para que nazcan más elementos subversivos como Piero Manzoni, que vendió su mierda enlatada a precio de oro (arte) y se rió en la cara de los coleccionistas. Viva las fotocopiadoras y los escáneres, me digo, y abajo los pedestales de la cultura: derribémoslos todos como se hizo con esa estatua de Sadam Husein, que sus paisanos tiraron con tanta alegría. Pues quedan aún tantos monumentos por demoler. ¿Y si comenzamos con los de Franco?

 

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