12 Mar

Desde la caja de libros XXXV

por @librosfera

Querida Rosita,

La semana pasada tuve un cabreo monumental en la biblioteca, del que no me apetece hablar ahora porque es demasiado reciente y todavía se me encienden las entrañas cuando lo pienso. Pero este cabreo me ha hecho pensar en otros cabreos previos relacionados con el trabajo y, haciendo repaso, me he dado cuenta de que la mayoría de los disgustos que recuerdo han tenido que ver con jefes y no con el trato al público.

Sí, siempre hay usuarias maleducadas que te tratan como si fueras su criada, o que tienen la bondad de recordarte que tu sueldo se paga con sus impuestos, o que creen que pueden hacer lo que les dé la gana como si estuvieran en su casa (incluyendo, por ejemplo, desenchufar la fotocopiadora para poner a cargar el móvil), o que abandonan a sus asalvajadas hijas en la sala infantil mientras ellas charlan en las máquinas de café, y así etcétera, etcétera… Pero, por algún motivo (¿resiliencia? ¿tenerlo asumido? ¿bajas expectativas respecto a la humanidad?), todo esto no consigue amargarme el dulce de pensar que la biblioteca es uno de los lugares más maravillosos en los que podría haber acabado trabajando.

Sin embargo, basta con que algún superior envíe un correo fuera de tono, tenga un descuido en la comunicación interna, tome una decisión que desapruebo, o dé muestras de ignorancia o soberbia respecto al trabajo de los demás, para dispararme. Y con el paso de los años cada vez lo llevo peor. Algunos de los acontecimientos que más me han cabreado en la biblioteca han tenido que ver con la cacareada estupidez de los jefes (ejemplo: que el superdirector diga que según qué servicios o actividades de la biblioteca “funcionan solos”) o con la burrocracia [sic por supuesto] administrativa (ejemplo: que enviar un correo electrónico informando o consultando saltándome la “cadena de mando” haya sido motivo de toque de atención por parte de mis superiores).

¿Qué os cabrearía más, que vuestra jefa no tenga ni idea del trabajo que supone llevar un club de lectura – escoger los libros, gestionar la petición de ejemplares, hacer una guía de lectura, darle difusión digital, enviar los mails a los participantes -, o que una parejita de niñas decidan pasar la tarde del sábado jugando a bibliotecarias y reordenen según su propio criterio la sección de libros de pequeños lectores? ¿Tener que esperar años y hacer decenas de peticiones para conseguir algo tan básico como que instalen más enchufes en la biblioteca, o que una usuaria se indigne e insista en quejarse porque hay más cola de lo habitual en préstamo?

En el fondo, es lo normal, ¿no? Pues eso.

Estoy cabreada, y no es culpa vuestra.

(A no ser que esto lo esté leyendo mi jefa.)

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *