24 Mar

Pon una estrella en tu vida

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y, hoy, 25 de marzo de 2034, he constatado en mi consulta los perniciosos efectos secundarios de la omnipresente entidad bancaria ante la que nos hemos estado postrando durante más de cien años pese a saber de su rapiña.

El caso que me ha llevado a semejante conclusión es el de un varón blanco, sin antecedentes familiares de interés, que dice haber sufrido múltiples y repetidos episodios de ataques epilépticos. La angustia es evidente en su voz. Las manos le tiemblan y comienza a sudar. Temo que vaya a sufrir una inminente crisis, por lo que le pido que se tienda en la camilla mientras aviso a los de la sección de Infecciosas.

Procedo, mientras tanto, a la exploración física. Le retiro la camisa y constato que su cuerpo, igual que la cara, está plagado de logotipos de “la Caixa”. La estrella de los cinco brazos y los dos puntos.

Es un hombre con estrella.

Hasta ahí, todo normal. Es uno más del millón de personas a las que “la Caixa” ha distinguido con el honor de poder llevar su marca (con tintas registradas): el logotipo que en su día hizo Miró, presumen los caixafilios; aquel que, en los años ochenta del pasado siglo, recuerdo yo,  permitió lavar la cara a esta entidad bancaria llamada entonces “Caixa de Pensions per a la Vellesa i d’Estalvis de Catalunya i Balears” para que pudiera transmitir un toque más fresco, alegre y juvenil, y que no oliera a vejez. Son los años preolímpicos.

Para hacer el banco más atractivo a los niños, a los que camelarían con el Super3.

Para así poder infiltrarse en los proyectos educativos y moldear a su antojo los cerebros.

Para que cuando estos niños fueran jóvenes se murieran por tener un carnet jove promocionado por “la Caixa”.

Para que cuando estos jóvenes ya fueran adultos consideraran indispensable contar con una mutua vinculada a “la Caixa” (Adeslas), y mil seguros contratados con el mismo banco. Amén de la hipoteca.

Para que además estos jóvenes nutrieran su sed de cultura yendo a ver las exposiciones de la Fundación “la Caixa”.

Para que todos desearan tener el cuerpo tatuado con su logotipo.

Como el paciente que ha acudido a mi consulta. En el que observo que los brazos de las estrellas se han alargado como si fueran los tentáculos de un pulpo y se han ido expandiendo por todo el cuerpo. Insidiosamente. Y centímetro a centímetro, le han cubierto todo el torso y el cuello hasta casi asfixiarlo. Su rostro ha cobrado un preocupante tono azul, y él boquea como un pez. Su muerte, vaticino, no le tardará en llegar.

 

 

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