23 Mar

1996, 36 degrees, Placebo

por Javier Avilés

Me siento como si estuviese respirando metano. (Enciende un cigarrillo). Pero sigo respirando, y eso, teniendo en cuenta que nunca he sido extrovertido, es todo un logro. (Tose) Ya, ya… yo tampoco sé que puñetas quiero decir. Pongamos que me estoy enfriando, que mi temperatura corporal desciende, que poco a poco me estoy convirtiendo en un cadáver. Llega un momento en el que uno siente que el tiempo que le queda de vida se va agotando. Ve el contador descendiendo velozmente hacia el cero absoluto. Puedes ver claramente los segundos desgranándose, los minutos cayendo implacablemente, el dígito de las horas descendiendo, los días transcurriendo similares uno a otro a otro a otro. El resto del contador está borroso. Eso es lo más gracioso y jodido, que no sabes cuándo terminará la maldita cuanta atrás. Pero estás abocado a un final inevitable. Tienes un tiempo prestado, pero no sabes cuánto tiempo es. Así que la temperatura desciende, la plata se oscurece, todo lo que relucía tiene una pátina de tristeza que ya no puedes quitar, sigo vivo porque sé que sigo respirando… o será al revés. (Ríe). Pero mi piel se está azulando y toda nube es gris y arrastra sueños del ayer, sueños inútiles que no se realizarán. Me duele cada parte de mi cuerpo y estoy frío. Miro por la ventana ese luminoso cielo azul, pero sé que no es para mí. Mis cielos azules se perdieron en el tiempo y en la memoria. Estos cielos azules pertenecen a otras personas que todavía no sienten que se están enfriando. Me prendería fuego si supiera que eso iba a ayudarme a recuperar mi temperatura. Pero no hay vuelta atrás. La flecha del tiempo es implacable. La entropía no admite recursos judiciales que alarguen el proceso. Y a pesar de aceptar lo inevitable, aceptarlo con rabia después de negarlo tanto tiempo, todavía tengo miedo a que me causen dolor. Pero estamos bien acorazados, ¿verdad, chaval?… (Vierte licor en el vaso y lo alza.) He aquí la defensa impenetrable, el escudo de Aquiles. (Bebe) Cada vida es como el escudo que Hefesto construyó para el héroe. Con el cielo y las constelaciones, la Tierra y la Luna en el centro. Con la representación de dos ciudades una en guerra y otra en paz. Y múltiples escenas de cosechas y bailes y… joder, no querrás que me acuerde de todo… búscalo, si te apetece, está por ahí. (Señala vagamente una estantería) En el escudo que el dios construyó para Aquiles está toda la vida tal y como la conocían los griegos de aquella época. Era un escudo impenetrable porque contenía todo el pasado. Pero sabes una cosa, el pasado no sirve para nada y el escudo de Aquiles no le iba a proteger de los ataques de Héctor… joder, chaval, el escudito de Aquiles no valía una puta mierda en combate. Era para tenerlo colgado en una pared, un elemento decorativo. (Vuelve a alzar el vaso ya casi vacío) Eso es lo que son nuestros escudos, una falacia. Aún no sé cómo Aquiles pudo derrotar a Héctor con esa filigrana ornamental. Tal vez todo el tema este del escudo signifique otra cosa, un cambio de época o la resistencia a cambiar, pero a la mierda los significados ocultos. Dale a un mono medio cerebro y buscará significados ocultos en cualquier cosa. Y la verdad… La Verdad… y la realidad… La Realidad… es que nada, ni siquiera el escudo más magnífico, nos puede librar de la conclusión. Que se lo digan a Aquiles y a su patético tendón. El reloj de Aquiles también agotaba sus dígitos y la flecha del tiempo fue lanzada desde las murallas de Troya por el arco de Paris y volaba implacable  hacia el cero absoluto. Tengo frío. Mi piel está azulada. Ya no hay más que nubes grises. Piénsalo, chaval. Algún día también te arrebatarán esos cielos azules.

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