31 Mar

El perquè de tot plegat

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y hoy, según todos los medios de comunicación, es el gran día. Lo llevan anunciando desde hace un mes a platillo y bombo. Y para que no lo olvidemos y nos lo creamos, nos bombardean con anuncios en los autobuses y en las librerías. Y hasta al salir de casa me doy de morros con el Gran Acontecimiento del Año. OH, MY GOD!, que dicen los ingleses. Ante mí, una gran valla publicitaria que anuncia el libro que batirá todos los récords de ventas. Una novela que tendrán que tragarse todas las personas que quieran estar al día y tener un tema de conversación sin devanarse demasiado los sesos.

El mundo, desde luego, está hecho para los vagos. Y para los crédulos, que pican el anzuelo de los departamentos editoriales que consiguen hacer pasar un libro mediocre  por un libro interesante. Que logran encontrar, entre la paja, todos los elementos que los lectores esperan de una novela, y los sacan a flote.

Una mentira mil veces repetida se convierte en verdad.

Y yo decido acudir al acto de presentación para ratificar mis sospechas y tomar un poco de champán y canapés gratis (para qué vamos a engañarnos). Motivaciones intelectuales, cero. ¿Intelectuales, digo? El Ilustre Autor del Gran Acontecimiento del Año, un joven barbudo muy cool, comienza a hablar y a mí se me cae el alma (por no mencionar las bragas). Blablablá. No dice nada de interés. No esperaba menos. Habla luego el editor. Blablablá. Tópicos y más tópicos. Tampoco esperaba menos.

Turno de palabra. Decido intervenir. Me dirijo al Insigne Escritor. Le pregunto por sus motivaciones al escribir. ¿Me confesará que son monetarias, que tienen que ver con la reafirmación de su ego, con la construcción de su identidad como alguien interesante? ¿Se atreverá a reconocer que se sirve de su Excelencia con la pluma para impresionar a las mujeres?

Desde luego que no, sospecho. Pero no tengo oportunidad de averiguarlo. De pronto, alguien (¡un hombre que lleva una camisa de color salmón!) salta entre el público y comienza a echar rositas allí y allá: la literatura sirve para entender el mundo en toda su complejidad, apunta, y transformarlo con una mirada crítica; ayuda, además, a escapar de nuestros fantasmas. A sobrellevar la insatisfacción del presente, termina diciendo mientras con el índice se recoloca las gafas con un gesto largamente estudiado. En el fondo, meras pajas mentales.

Otro del público, lo interrumpe con una pregunta: ¿Y de eso se come?

La camisa de color salmón se infla, de pura indignación, ante la insolencia del impertinente, y da la callada por respuesta.

Una mujer con aspecto descuidado (canas a la vista) y mirada perdida y soñadora apunta, simplemente, que para ella la vocación literaria tiene que ver con la creatividad y la necesidad de inventar todo el rato, con la curiosidad. Aunque luego las editoriales nunca te den ni las gracias por confiar en ellas y poner tu obra en sus manos. Aunque ni se dignen a leerla.

Pero de eso no se come.

[Mientras, el Ilustre Escritor contempla con cara de estupefacción al público, que de pronto le ha robado el protagonismo en un acto en el que Él tendría que haber brillado como una estrella en el firmamento.]

Al instante salta un tipo y dice sentirse muy identificado con las anteriores palabras. Explica su experiencia (3 minutos) y nos aburre con sus lamentos (5 minutos). Considera que la literatura sirve para entretener. Punto final.

La camisa de color salmón entra de nuevo en acción. Henchida esta vez de importancia, le pregunta a este: A ver, ¿cuántos followers tienes en tu cuenta de Twitter? Eso es fundamental para que las Grandes Editoriales se decidan a publicarte.

Y ante tanta tontería (y tanta verdad), solo se me ocurre una cosa: La vocación literaria es un lujo burgués, apunto yo.

El editor se atraganta con el agua que está bebiendo y a mi alrededor se hace el silencio. Solo roto por las toses del editor. Y yo, encantada de la vida, continúo:  Lujo burgués tal como está concebida la… [silencio de cinco segundos para captar mejor la atención] industria cultural, acabo diciendo con retintín y, reconozco, con una malévola risa interior: creo que he logrado introducir cierta incomodidad en la sala, molestar al público. Pero ¿acaso no debería ser esta una de las funciones de todo escritor que se precie, poner entre interrogantes todo lo que ocurre a nuestro alrededor?

 

 

 

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