31 Mar

Estrip art

Mar de sake,  por Pablo Peñarroja Jolonch

I

El tiburón y la Princesa. Ni siquiera los jugosos y apetitosos trozos de carne roja, flotando pacientemente a la espera de ser devorados, perturban la concentración del frío tiburón. Según sus cálculos, hoy debe repetirse el acontecimiento que ahora hace quince años y un día cambió su vida. Observa, atento, todos los movimientos a su alrededor, más allá de la barrera de cristal, y reconoce las figuras que, exactas como sus cálculos, se presentan de nuevo frente a él con rigurosa puntualidad. Por ahí viene el grupo de escolares que pasó hace dos años y tres días, también aparece el caballero del sombrero, justo seis años y cinco días después. El gigante de la mirada de hielo, regresa tras un año y seis días. La mujer de la bolsa verde, siete años y nueve días después de su segunda visita, catorce años y dieciocho días desde que la vio por primera vez. La solitaria joven de paso lento, vuelve pasados ocho años y cuatro días. Hoy también le toca el turno a la pareja feliz, que pasó hace ya doce años y que se presenta por tercera ocasión. Pero no es a esa pareja envejecida por el tiempo a quien el tiburón frío y calculador espera. Los trozos flotantes de carne roja descienden lentamente ante sus ojos dejando un rastro de sangre perfumada. Tiñe el cielo del imperturbable tiburón.

Ahora hace quince años y un día, tiburón, nadabas despreocupado por un mar siempre en calma. Ajeno a los avatares de las siluetas que más allá de la barrera de cristal deslizaban azarosas sus penosas figuras en derredor. Nadabas aferrado a la costumbre de nadar siempre por el mismo cauce, relamiéndote ante la roja carne que siempre atraviesa la corriente. Ese día, turbado por el perfume de la sangre fresca, afilaste tu mirada y, sorprendido, observaste un movimiento extraño al otro lado del cristal. Entre un grupo de figuras bajitas, probablemente turistas japoneses, una chica alta y esbelta, desprendiéndose de sus ropas se separó del grupo y mirándote fijamente atravesó la barrera de cristal y nadó hasta tu lado. Sus sedientos ojos de princesa te atraparon como en un espejo. Ojos lascivos pero fríos como los tuyos, en un cuerpo de terciopelo dulce de brazos largos. Los dos comisteis de la carne roja envueltos en sangre de uva y, saciados, os dejasteis llevar por la corriente en un abrazo muy largo. Antes de irse, ella te susurro al oído: no es la primera vez que vengo y no será la última.

Cuando la princesa atravesó de nuevo la barrera de cristal para incorporarse al grupo de turistas japoneses, el tiburón empezó a calcular. No ha dejado de hacerlo desde entonces. Ahora, pasados exactamente quince años y un día, intuye las dificultades del otro lado. Sabe lo dura que debe ser la vida allí, lo mucho que se tarda en dar una vuelta completa y lo improbable que debe ser enamorarse en un lugar tan grande. Sabe también que esta vez es a él a quien le toca traspasar la barrera.

 

II

La Princesa y el Tiburón. Ebria de vino blanco y en vuelo regular llega la chica de terciopelo dulce al frente de un entusiasta grupo de turistas japoneses. Han pasado quince años desde la última vez que visitó la ciudad. Ya por entonces, y gracias a su talento natural para los idiomas, trabajaba como guía turística profesional. Un oficio que durante estos años le ha permitido viajar por todo el mundo y catar los mejores vinos de la tierra. Ahora, el avión aterriza dulcemente y la esbelta joven desciende por la escalerilla entre el grupo de japoneses para ser conducida al hotel. Cae la noche.

Amanece, y el excitado grupo de japoneses espera puntual a su embriagadora guía en el hall del hotel. Antes, desayuno continental y estiramientos; el día se presenta intenso, lleno de visitas interesantes, de encuentros largo tiempo esperados. Se escucha el sonido del ascensor; es ella, que sobriamente vestida se presenta ante los jadeantes turistas para conducirlos en su organizada ruta. Abre la puerta del hotel y la ciudad solícita se extiende ante sus ojos de princesa, pero han tenido que pasar quince años para que las autoridades locales le permitan volver a pisar sus calles debido al episodio con el tiburón.

Ahora hace quince años y un día, princesa, la puerta giratoria del hotel se abrió y te adentraste en la ciudad solícita. Te seguía un disciplinado grupo de turistas japoneses ansioso de arquitectura. El recorrido os llevó a los emblemáticos lugares que enseguida reconocieron; rigurosa y exacta, guiaste sus pasos, controlaste los tiempos, colmaste apetitos, concediste descansos. Y la jornada transcurrió monótona y deprimente hasta el mediodía. Entre el grupo de japoneses había uno al que llamaban el príncipe. Recuerdas, princesa. El príncipe no estaba interesado en la arquitectura. Al príncipe sólo le interesaba el Sake. Cada día, antes de salir a la calle, cumplía con un ritual privado; llenar de vino de arroz las siete petacas de  bolsillo que siempre lleva encima. A mediodía, ligeramente sofocada, te despediste del grupo citándolos en el hall del hotel a las cinco de la tarde. El príncipe se quedó junto a ti, se ofreció a acompañarte a comer; quería demostrarte que era el mejor bebedor de Sake del mundo. En el reservado del restaurante japonés al que le llevaste, recuerdas, bebisteis y él te besó para robarte el Sake que se te derramaba por la garganta. Dos horas más tarde, jadeantes, jadeando, jadeante, el príncipe no pudo mantenerse erguido y abatido por el peso que el vino de arroz ejercía sobre su rotunda cabeza, se desplomó sobre la mesa donde había querido emborracharte. Tú, sorbiendo el último trago, trataste de reanimarlo hasta que sonaron las cinco en el reloj de pared del restaurante y recordaste que debías acudir a una cita. Habías bebido un vaso más que el príncipe, princesa, recuerdas, pero ante todo eras una guía profesional. Nadie echó en falta al príncipe aquella tarde en la que el recorrido incluía una visita al acuario de la ciudad. En el trepidante descenso a las profundidades te sentías ligera. Envuelta en una nube de brisa llegaste al acuario. En su interior hacía un calor sofocante. Demasiado intenso. Incompatible con la cantidad de vino de arroz que inundaba tu cuerpo de terciopelo dulce. Ralentizaste tus pasos, abandonando el papel de guía, caminando ya no delante del grupo sino entre ellos. Como una turista más. El calor te golpeaba las sienes. El agua del acuario te reclamaba como un paraíso de oxígeno. Al pasar junto a la gran pecera, te desnudaste y saltándote todas las medidas de seguridad (que obviamente eran insuficientes hace quince años y un día) te sumergiste en la pecera del gran tiburón. Y te dejaste caer flotante entre la carne roja que en ese mismo instante estaba siendo arrojada en el agua para alimentar al tiburón y que este, ciego de excitación, se lanzó a devorar vorazmente. La sangre envolvía tu cuerpo y los gritos horrorizados de los turistas japoneses se escuchaban sordos golpeándose contra la barrera de cristal. Los buzos te rescataron antes de que fueses descuartizada y devorada por el tiburón. Tu cara no reflejaba miedo pero de tu boca seguía saliendo el Sake que se derramaba por tu garganta.

Ahora, quince años y un día después, el tiburón espera. El grupo de escolares se aleja por la cinta automática. La pareja feliz se abraza. La mujer de la bolsa verde se acerca a la joven solitaria huyendo de la mirada fría del gigante. Entra la esbelta guía. Le sigue el disciplinado grupo de turistas japoneses. El caballero del sombrero les saluda. Ella se pasea indiferente ante la gran pecera en el claroscuro de las profundidades del océano. Puntual, el tiburón se lanza con violencia contra la barrera de cristal, atravesándola. Llevándose tras él toda el agua  de su mar privado.

Todavía desconcertados por el incidente en el acuario, el grupo de turistas japoneses prosigue su viaje organizado y parten en un crucero desde el puerto de la ciudad solícita hacia otros puertos. Es noche de luna llena. Se escucha música en el interior del barco fiesta. Una puerta se abre; es ella, la guía con ojos de princesa, vestida de plata con una copa en la mano. Pasea por la solitaria cubierta y se asoma a contemplar el mar. La luz de la luna ilumina la estela del barco: un tiburón le sigue.

 

III

El Tiburón. «No es la primera vez que vengo y no será la última» El tiempo no se ha apropiado de aquel susurro, de aquella verdad, dejándolo en el olvido; destino de toda palabra no escrita. Esa promesa, ya por una vez cumplida, permanece impresa en mi piel; pergamino áspero y cortante inmune a la corrosión del agua, ajeno a la despiadada acumulación de ausencia, como un perfume antiguo.

Respiro y por primera vez navego en línea recta. Nací en cautividad y ahora huyo en busca de un rastro más atrayente que la sangre. Implacable como el destino, dulce y aterciopelado. Obedezco a mis cálculos. Oriento mi rumbo hacia el este, me adentro en un mar desconocido siguiendo la estela de  un buque que se aleja de todo lo que yo había conocido hasta ahora.

Al romper la barrera, llevándote tras de ti tu mar privado, recuerdas, tiburón, volviste a sentir la piel de la princesa en un abrazo breve interrumpido por el latigazo que te arrancó de la sala inundada expulsándote hacia el mar que ahora surcas en una demostración obvia de que las medidas de seguridad del acuario son ahora mejores que hace quince años y un día.

Ahora, mientras tú te alejas son los turistas los que ocupan tu lugar en la gran pecera desgarrada. Los peces de otras peceras observan perplejos bajo la carpa anegada de un circo en el que los observadores son ahora observados. Y adherido al rastro perfumado, el canto irrenunciable de la sirena princesa de brazos largos y mirada fría: «No es la primera vez que vengo y no será la última».

La princesa emerge y respira. Yo, desaparecidos los límites de la copa, encuentro el vino amenazadoramente  insípido.

 

IV

El Príncipe. Acaricio la voluptuosa copa. Respeto su forma. Atiendo su sonido.

Derrama el Sake entre sus manos y se lava. Extiende sobre su piel de príncipe el líquido que desde siempre ocupa sus venas, ausentes de sangre. Se acaricia. Vacía, devuelve la copa a su lugar, junto a las siete petacas de bolsillo rebosantes de vino de arroz. Se viste. Distribuye las siete pequeñas botellas en la chaqueta. Se dispone a salir. Abre la puerta. Sale. La calle lo recibe perfumado por dentro y por fuera.

Camino sumergido en mi particular mar de Sake.

¿Desde siempre? No, pero hace mucho tiempo. Y se atormenta. Se atormentará hasta el final. Pasea por el puerto, entre olores de pescadores, ausente, sudando el sake que le hace olvidar, le permite vivir. No, no es desde siempre que él ocupa sus venas; ahora ya no se irá.

Jamás volverá, volverás, volveré a estar solo.

El recuerdo persiste, príncipe, y no quieres recordar solo: la playa. El sol que empieza. Caminas a la orilla del mar. El mar. La arena. Los cuerpos que pasan. El grupo de escolares, el caballero del sombrero, la mujer de la bolsa verde, rebuscando, y acercándose, el gigante de la mirada de hielo, que precede a la joven solitaria, la única que te mira. Pero la pareja feliz no pasa, ¿por qué? —Te preguntabas— y entonces el golpe de viento y la sombrilla, su sombrilla, recuerdas, que se eleva como una lanza que lanza la mano del viento, la imprudencia, tu mano. Y te descubre el engaño que es desengaño al ver a tu mujer en la arena con otra pareja. Ella, a la que hoy no esperabas ver, porque la veías siempre, en casa, ríe nerviosa. El amante también ríe, desafiante. La risa hiriente de esa mujer tiñe el débil horizonte del imperturbable príncipe, tu cielo, príncipe, ya ciego como tus ojos. Sí, amargo verano. Sí, para siempre. Pero es la vergüenza la que consigue que su rostro se incline y baje la mirada y a su alrededor vuelven a pasar, ahora sí atentos, las figuras exactas y rigurosas que ahora sí le miran como un animal encerrado como esperando una reacción inesperada. Como en una urna de tierra te ahogas, príncipe, recuerdas, y el mar te reclama como un paraíso de oxígeno, pero es la vergüenza que lo empuja mar adentro. Y te sumerges, príncipe, y ensordeces; pero escuchas llegando a lo lejos de las profundidades transparentes una voz que te atrae alejándote de las miradas cómplices, rompiendo la barrera inhumana que te retenía en la vergüenza y que ahora ya no recuerdas porque has descubierto un rastro que hay que seguir y que se impregna en tu piel; pergamino áspero y cortante inmune a la corrosión del agua, ajeno a la despiadada acumulación de ausencia, como un perfume antiguo. Y salgo del mar de Sake y recuerdo lo que una vez leí:

«Las cosas que yo vi en el fondo del mar, primero, solo a ti te las quiero contar»

Hay que atravesar todo el puerto. En el restaurante espera la princesa. El recuerdo jamás se desvanece. Solo él; ella.

Hoy tengo una nueva oportunidad. Vuelvo a estar en la cresta de la ola. Debo demostrar que soy el mejor bebedor de sake del mundo.

 

V

La Princesa. «He salido en busca de algo que todavía no sé qué es» La habitación del violonchelo, iluminada tan solo por los reflejos del sol durante el día y la pálida luz de la luna por la noche. El techo y el suelo de madera recogen la luz que atraviesa los cristales. En el centro de la sala, junto a la bandeja de sake, la princesa toca, toco, y ante mí, a través de los ventanales silenciosos, la escarpada montaña que se alza, recortando el cielo, llena de abetos, llena de verdes y el cielo cortado en azul; el sol, amarilleando las copas, derramando ese ámbar sobre el violonchelo, sobre mí.

Toco hasta la completa penumbra y en la oscuridad brilla la música.

Sigo tocando, tocabas, princesa, hasta que la botella de sake sorbió los primeros destellos de la luna, emergiendo de la sala oscura para conformar un claro de luna en la desolada habitación; un círculo de luz que te rescata una vez más de las tinieblas.

Música para violonchelo. El viaje permanente de una guía profesional, solo detenido, ahora, siempre, por la melódica nebulosa del sake. Y la música. Música para violonchelo. El eterno retorno a nada. Nadie espera; no hay partida ni llegada: viaje, solo, sola. Buscas, lo sé, aquel sonido audible en las profundidades del océano, entre mares. Aquél susurro; una promesa, una respuesta, un nuevo encuentro. Yo lo sé, princesa, ahora corre, no puedes llegar tarde, él (tú, príncipe) te esperará si no se arrepiente si se vence y no recuerda, tan solo si la memoria lo traiciona; una vez más.

Y no habrá soledad en las tinieblas.

 

VI

Un Mar de Sake. Sushi con hojas de caqui, pides, princesa, decidida, y exiges: espere a que el agua esté a punto de hervir para añadir el sake.

Por fin el restaurante apareció a la vuelta de una esquina, cuando parecías desfallecer de tu paseo por el puerto; herido, te hacen pasar al compartimiento iluminado por antiguos candelabros donde te espera la princesa, príncipe. La oscuridad de fuera compite con la interior y de esta oscuridad invisible emerge la princesa de terciopelo dulce de brazos largos. Hola, saludas con respeto ante un rival inaplazable.

Siéntese, dijiste, princesa, todo está dispuesto.

Habláis, ahora hace un año de aquellos quince años y un día, también septiembre se acaba, recuerdas princesa; recuerdo príncipe. Hoy no hay que regresar al acuario. No, hoy no hay que regresar (Traen el sushi, acercan el sake) Es cierto, hoy no hay tiempo.

El príncipe añade las siete pequeñas botellas de sake a la bandeja.

Yo me alejo, y los dejo, para siempre, sudorosos entre la brillante neblina, jadeantes, jadeante, jadeando a la luz de una vela que sigo viendo a lo lejos, donde ya no me escuchan y yo no los veo, bebiendo hasta el último sake del mundo. Ahora pertenecen a la oscuridad de la que emergen los monstruos… Y siento la bruma de un mar que acecha, te acecha princesa, recuerdas, desde hace quince años y un día.

A Liena

 

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