19 Abr

Viaje a Suecia (2a parte)

por Elsa Plaza

(Aquí la 1a parte)

 Karlskrona

Amanece en Karlskrona, y a pesar del calor seco y sofocante de la habitación donde paso estos días, sé que afuera hará frío.  Los 8 o 9 grados de temperatura, que unos números insistentes señalan  sobre la pared de un edificio, indican que el frío no es intenso, pero sé que el viento hará que nosotros, peatones, caminemos ajustándonos cuellos y bufandas. No hay nieve, invierno eran los de antes, me dicen, cuando, para salir de casa teníamos que hacerlo provistos de una pala para hacernos camino.  La práctica del verso de Machado: caminante no hay camino, se hacía cotidiano. Silenciosa Karlskrona, de acento lánguido y palabras entrecortadas y suspirosas. Cantan mucho cuando hablan estos suecos de Blekinge, tanto que, el intentar imitar el sonido de sus palabras es un difícil ejercicio de rítmica sincopada y de muecas con los labios. Pronunciar sus vocales para que suenen inteligibles al chófer del autobús, cuando pido un billete hasta Öljersjö, necesita de largo entreno previo. 

Karlskrona desde la ventana de la habitación

En la Landsvägrg está el local de la  Cruz Roja, Röda Korset, en cuyo umbral yace una estrella de bronce con una de sus puntas heridas por las pisadas del uso, donde  se inscribe el nombre de lo que en un tiempo fuera  una hamburguesería. Ahora el local es sede de los despojos de las casas que se desmontan y donde se puede adquirir todo lo que dejan los muertos tras de sí,  o de los vivos que deciden nuevos rumbos  y se deshacen de los objetos que ya no desean. Allí paso largas horas, miro bordados en punto de cruz, cortinas  o manteles delicadamente decorados  con los colores de la región  de Blekinge: rosa y azul, para flores y cenefas; tapices con temas populares, cañamazos de lino, vestidos muy usados y muy lavados cuelgan lacios, muebles, artefactos eléctricos, lámparas.  Biblias o misales lujosamente encuadernados y con el nombre del o la propietaria en la primera página. Un  nombre escrito con pluma y tinta, y ese tipo de letra antigua, de los que han aprendido caligrafía o de quienes apenas saben escribir, letras que ya nadie tiene. A veces, a ese primer nombre se suceden otros, de caligrafía diferente, más instruida. Así, aquellos libros religiosos se amontonan en uno de los estantes del local. Me tienta la idea de comprar algún ejemplar, sobre todo me atraen esos que contienen  largas listas de nombres y fechas de nacimientos y muertes que ocurrieron en el siglo XIX y atravesaron el XX, para después perderse en el olvido, y que  explica la historia de una familia que, de pronto, dejó de tener herederos para su fe. Pero me digo que excederían el peso permitido para mi equipaje, y, además, qué haría con ellos, si no sé ni leer en sueco. Y después de acariciarlos, los devuelvo a su rincón: Y herida como un sable de remate ves llorar la  Biblia contra un calefón, como decía Discépolo. Siglo XXI…. sigue siendo Cambalache.

 Unos metros antes de llegar al  local de la Cruz Roja, en esa misma calle (una de las más desoladas de Karlskrona), hay una peluquería, y al lado, un local que exhibe: objetos de arte y artesanía “realizados a mano”, como puede leerse en letras escritas sobre el cristal del escaparate. Es una incógnita la persistencia, (sobrevive desde hace años), de un comercio de estas características, donde se vende  lo que a pocos pasos se paga veinte veces menos. Porque lo que allí ofrecen es lo mismo que podemos encontrar en la Cruz Roja. Al menos, es lo que adivino  si me valgo  de lo que se exhibe en el escaparate, cuyo contenido permanece inalterado desde hace al menos 3 o 4 años. Allí, el tiempo va dejando apenas una huella sutil, es la de la luz solar que  va destiñendo el  paisaje que se yergue sobre todos los demás objetos amontonados. Se trata de  grabado, a color,  de un artista de la región, informa una etiqueta, donde se agrega el precio: 3000 coronas ( unos 300 €). A sus pies un rey sapo coronado, de cerámica,  ríe de la pretensión y lo acompaña otro sapo, ¿jefe de su guardia real?,  más grande  y que aprisiona una  arma larga entre sus brazos; el Buda de porcelana gris, ya no ríe, sino que se parte de risa, y su enorme barriga tiembla en la carcajada.  Otro cuadro, este pintado al óleo con mucho azul, quizás una marina malograda, se ofrece a  un precio extraordinario…Intento mirar hacia el interior de la tienda, pero, dentro nunca hay luz. Sobre la puerta una nota, escrita a mano, informa a los interesados dirigirse a la peluquería de al lado. HER FRISÖR (peluquería de caballeros). La peluquería y el peluquero tiene sus rituales y su estricto horario de 9 a 16 hs. siendo que de 12.30 a 1.30 cierra por LUNCH . Todos los días laborables el peluquero, un anciano muy alto, aunque sus muchos años le hayan encorvado la  espalda, planta, sobre el frente de la peluquería, el palo de madera que sostiene la bandera sueca, aquella es la señal de su presencia en el local. Y, puntualmente, a las 4 de la tarde, recoge la bandera. Creo que sólo una vez le vi atender a un cliente, (o quizás haya sido sólo un sueño). Permanece allí, sentado en un sillón, el cuerpo inclinado, los brazos apoyados sobre las piernas, apenas adivino su gesto en la oscuridad del interior del local. ¿Qué piensa mientras deja pasar las horas? ¿Qué piensa el peluquero y comerciante de antigüedades? ¿Cree aún que el negocio puede remontar, algún día?

El local de los objetos “hechos a mano” es un anexo a su profesión principal, la de peluquero, puesto que es en la peluquería donde pasa todas las horas laborables ¿Cómo se le ocurrió abrir ese otro local? ¿Es él mismo quien realiza alguno de las obras que exhibe? ¿Es un lugar donde amontona lo que va encontrando o donde, viejos artistas locales depositan sus obras, con la misma esperanza de que alguien  aprecie lo que ofrecen. Imagino para él  una  soledad de viudo o divorciado,  de desayuno en una cocina atestada de objetos  y escasa de comestibles,  sorbiendo  el café  como mucho ruido, como suelen hacerlo los suecos campesinos, y untando con gruesos  trozos de mantequilla  una rebanada de pan oscuro. Con su andar encorvado va hacia la puerta, antes de abrirla se calza las botas y el abrigo que cuelgan de un perchero, oscuro de madera. Y sale a la calle, como todos los días, va hacia su peluquería donde  lo espera la bandera que debe hacer ondear para explicar, a todo el que pasa,  que aún resiste .

En este, mi último viaje, encontré la peluquería cerrada, en la puerta había  una pequeña nota escrita con letra  temblorosa y envejecida, en ella se anunciaba que la peluquería permanecería cerrada hasta el jueves, y firmaba con su nombre: Hans. Pensé que quizás Hans  ya no volvería, que , tal como denotaba su escritura  estaba ya muy viejo y el temblor era un síntoma de alguna enfermedad que lo habría llevado al hospital. Pero, no,  el peluquero estaba allí el jueves anunciado, y sentí un cierto alivio al verlo, porque con su presencia continuaba mi propio tiempo en aquella ciudad. Mi madre seguía viva, Hans volvía a la peluquería, el local de la Cruz Roja estaba en el mismo lugar y la pintura continuaba  destiñéndose en el escaparate. Y yo yendo y viniendo  por aquella callecita gris de Karlskrona, con un único  árbol que la precede,  de ancho tronco y de melena greñuda, como leñosa  Lady Godiva  ¿Hasta cuándo? Es todo tan frágil, como la salud de Hans.

 

Más textos de Elsa plaza en el blog “El magnetismo del viento nocturno”

 

 

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