12 May

The dark side de la economía

por Carolina Montoto

Soy la doctora M., especialista en medicina familiar y comunitaria, y en estos momentos me encuentro en el upper de Barcelona, donde cae una lluvia torrencial. Mis opciones para no acabar como una perra empapada son dos: entrar en el Corte Inglés (y quizá mangar ahí algún paraguas) o meterme en alguna universidad hasta que pase el aguacero. En mi camino se cruza un edificio de estilo brutalista que llama mi atención, y me decido: entro.

Es la facultad de Economía y Empresa de la Universitat de Barcelona, llena a rebosar de estudiantes con gafas de pasta negra que si quieren ser «algo en la vida» tendrán que pagarse un máster [por obra y (des)gracia de los planes Bolonia]. Estudiantes miméticos entre ellos que de pronto se convierten en una muchedumbre entusiasta que, en su avance, me arrolla con su euforia. ¿Habrá llegado ya la revolución?, me pregunto con cierta esperanza. De eso nada. Hay clase magistral con un excelso economista, al que llamaremos Buenaventura Piquillo, que va a dar una charla que lleva por título «Gasto e inflación, the dark side de la economía».

¡Olalá!, me digo, y siguiendo a las gloriosas masas me meto en el aula, donde todo son admirativas bocas abiertas (y visibles dientes perfectos producto de la ortodoncia). Acaba de entrar un hombre con aires de dandi un tanto ajado y, para mi sorpresa, ya sesentón: el excelso economista. Las cabezas con la boca abierta y dientes impecablemente alineados de los estudiantes siguen su recorrido hasta la tarima como si se hallaran en un partido de tenis. El dandi (traje de corte impecable) comienza a hablar y el oooohhh es general.

Cuando al fin consigo encontrar un asiento libre en primera fila, Buenaventura Piquillo ya lleva un minuto pontificando. Dispara conceptos como una ametralladora y yo me siento apabullada con tanto anglicismo, pero logro captar alguna frase al vuelo:

–La inflación equivale al crecimiento incrementalmente desproporcionado, aunque en ocasiones puede ser sorprendentemente paulatino, de precios, tarifas, costes, recursos… Y ello incide negativamente en la competitividad de las exportaciones. ¿Alguien conoce las causas de la inflación? –pregunta con voz ronca por el esfuerzo realizado.

– ¿La no contención de los costes de la mano de obra? –me atrevo a decir con cierta guasa, recordando las palabras del ministro de Economía De Guindos. Pero no oigo las esperadas risas a mi alrededor.

–En efecto –responde el dandi visiblemente satisfecho, y con los brazos abiertos, como si estuviera dando un gran abrazo al mundo, añade, algo agitado, una segunda causa de la inflación–: Y también… ¡¡el endeudamiento de los Estados!!

No puedo contenerme y le digo al estudiante que tengo al lado:

– ¿No fue el imbécil de Hayek el que dijo que el mercado se autorregulaba solo con una mano invisible?

–La mano invisible –interviene Buenaventura Piquillo, que ha debido de oír mi comentario, con el rostro encarnado por la irritación– es una metáfora que acuñó el eminente economista Adam Smith en el siglo XIX para expresar que el mercado se autorregula solo a no ser que el Estado intervenga con su competencia desleal sufragando el gasto público y boicoteando a la libre empresa…

– ¿Gasto público? –suelto–. Querrá decir inversión pública.

Se hace el silencio por mi insolencia. Pero yo, socavada por la inflación, en este caso de mis ovarios (es decir: hasta los ovarios de tanta tontería), insisto:

– ¿Por qué lo llaman gasto, como si fuera algo negativo invertir en nuestra salud, en nuestras escuelas…, como si se tirara el dinero?

–Mire, señorita, en la ciencia de la macroeconomía contemplamos las magnitudes de los indicadores en su conjunto a escala global como una compleja estructura de fenómenos interrelacionados e interconectados, y no nos detenemos en menudencias –me responde el excelso economista arrastrando las palabras, casi en un esfuerzo sobrehumano.

– ¿Le parece una menudencia hablar del uso de los recursos para satisfacer nuestras necesidades más básicas, comer, salud…? –contraataco entusiasmada por el cariz que está tomando la charla. Mientras, los estudiantes me abuchean.

De pronto, el venerable sesentón pasa del rojo de su cara a la palidez más absoluta. Y yo observo con creciente preocupación cómo va quedándose sin palabras y acaba por desvanecerse.

Unos días más tarde, durante el multitudinario entierro del excelso economista, se me plantea una duda más: ¿Por qué la economía que los neoliberales defienden no valora trabajos que son necesarios pero no están remunerados como los cuidados de la casa o la atención a familiares enfermos?

El otrora dandi ya no podrá responderme, pero a mi alrededor veo no solo a muchos excelsos economistas calcados a Buenaventura Piquillo, sino también bastantes jóvenes de mirada soberbia que seguramente seguirán sus pasos. ¿Sería de muy mal gusto acercarme a uno de ellos y darle la murga preguntándole si ha oído hablar alguna vez de la economía feminista de los cuidados?, me planteo mientras reconozco la gran labor del difunto al conseguir despertar en mí el interés por la economía.

 

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