18 Jun

Desde la caja de libros XLVII

por @librosfera

Salvajemente constantes

Anne Carson

Traducción de Camino Román

Con la colaboración de la libritos

[Aquí, el poema en inglés]

 

El cielo antes del amanecer es verde negruzco.

Quizás sea una señal.

Debería aprender más sobre este tipo de señales.

 

Dando la vuelta a una esquina en el puerto

el viento me golpea

un puñetazo en la cara.

Siempre camino por la mañana,

ya no sé por qué.

La vida es corta.

 

Mi sombra camina delante de mí.

Con su capucha puesta

como si fuera una sirena para la niebla.

 

Hielo en la carretera.

Hielo en la acera.

Nada se puede pisar.

 

Es mejor caminar

por donde están las pequeñas piedras negras.

No resbalan tanto.

 

Me pregunto si esas pequeñas piedras negras

podrían ser de lava.

¿O quizás tengo mucha imaginación?

 

Un hombre pasa apresurado

con un perro pequeño.

Nadie dice Hola.

 

Una colegiala de rosa pasa.

Me mira a la cara.

Nadie dice Hola.

 

¿Quién podría esperar

ver una sirena para la niebla ambulante

en la calle tan temprano?

 

El viento sopla más.

Yo me defiendo.

Casi estoy en casa.

 

¿Por qué he venido aquí?

Un viento nuevo cada día.

La vida es para defenderse.

 

Ahora está amaneciendo.

Un párpado dorado se abre

sobre el puerto.

 

La gente que vive aquí

aprende a no quejarse

sobre el viento.

 

Me voy dentro y hago té.

Como cereales.

Leo tres hojas de Proust.

 

Proust está quejándose

(es 1914)

sobre el verbo savoir utilizado por los periodistas.

 

Dice que lo usaban

no como una señal de futuro

sino como una muestra de sus deseos –

 

muestra de cómo querían que fuese el futuro

¿Qué hay de malo en eso? Pienso.

Debería saber más sobre esas señales.

 

La primera cosa que vi

la primera mañana que fui a dar un paseo en Stykkishólmur

fue un cuervo

 

tan grande como una silla.

¿Qué está haciendo esa silla en lo alto de esa casa? Pensé

entonces se alejó.

 

Un cuervo tan grande es una corneja.

Corvus corax en el sistema binomial de Linneo.

Cada uno hace un sonido

 

como toda una ciudad llena de cornejas

en el país del que vengo.

Tres adjetivos que se repiten

 

en la literatura sobre cuervos son

omnívoros.

Perniciosos.

 

Monógamos.

Estoy interesada en los monógamos.

Me casé el pasado Mayo

 

y fui de luna de miel a Stykkishólmur.

Este año he vuelto a Stykkishólmur

para vivir con mi marido

 

durante tres meses en una pequeña habitación.

Esta monogamia extrema

ha sido casi demasiado para nosotros.

 

En vez de matarnos el uno al otro

alquilamos otra casa

(La casa de Greta)

 

cerca de la piscina.

Ahora somos felizmente

duógamos.

 

Hay cornejas en el tejado

de las dos casas.

Quizás sean las mismas cornejas.

 

No lo puedo afirmar.

Si Roni Horn estuviera aquí

diría que las cornejas

 

son como agua,

salvajemente constantes.

Un símbolo de Islandia.

 

Debería aprender más sobre señales.

He venido a Stykkishólmur

a vivir en una biblioteca.

 

La biblioteca no tiene libros

sino glaciares.

Los glaciares son verticales.

 

Silenciosos.

Tan perfectamente ordenados como estarían los libros.

Pero están derretidos.

 

Cómo sería

vivir en una biblioteca

de libros derretidos.

 

Con frases corriendo sobre el suelo

y toda la puntuación

depositada en el fondo como basura.

 

Sería confuso.

Imperdonable.

Una gran aventura.

 

Roni Horn me contó una vez

que uno de los exploradores de la Antártida dijo

Estar viviendo una aventura

 

es una muestra de incompetencia.

Cuando me siento

más inútil

 

como hago en Stykkishólmur

a menudo en una mañana oscura

caminando entre el viento,

 

trato de atraer a mi cabeza

algo que sea lo contrario de inútil.

Por ejemplo un huevo.

 

Esta forma perfecta.

Contenido perfecto.

Comida perfecta.

 

En tus sueños

dijo una exploradora (Anna Freud)

puedes tener tus huevos cocinados tan bien como quieras

 

pero no puedes comerlos.

A veces por la noche

cuando no puedo dormir

 

por culpa del viento

voy a estar un rato

en la biblioteca de glaciares.

 

Me sitúo en otro mundo.

Ni en el pasado ni en el futuro.

Ni paraíso ni realidad ni

 

un sueño.

Otro logro,

Salvaje y constante.

 

Quién sabe por qué existe. Yo

entre glaciares.

Escucha al viento de fuera

 

cayendo sobre mí desde los bordes exteriores de la noche y el espacio.

No tengo una teoría

de por qué estamos aquí

 

o de qué somos presagio cualquiera de nosotros.

Pero una habitación de glaciares derretidos

balanceándose en el viento nocturno de Stykkishólmur

 

es un buen lugar para medirlo.

Cada glaciar es iluminado desde abajo

como lo es la memoria.

 

Proust dice que hay dos tipos de memoria.

Está la lucha diaria para recordar

dónde pusimos las gafas de leer

 

y hay una profunda ráfaga de anhelo

que se eleva desde el fondo

del corazón

 

involuntariamente.

En momentos repentinos.

Por razones inesperadas.

 

Aquí un extracto de una carta que Proust escribió

en 1913:

Creemos que ya no queremos a nuestros muertos

 

pero eso es porque no les recordamos:

de repente

vemos un guante viejo

 

y nos saltan las lágrimas.

Antes de abandonar la biblioteca

apago las luces.

 

Los glaciares se oscurecen.

Entonces regreso a la casa de Greta.

Despierto a mi marido.

 

Le pido que nos hagamos unos huevos.

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