19 Jun

La caballerosa deferencia de los sábados por la noche (1a parte)

por Elsa Plaza

(Para Carlos Moreira)
Algo pasó aquella noche que alteró la lógica de todas las convenciones, incluso aquella por la que creemos que el tiempo es unidireccional y que a noviembre le sucederá, inexorablemente, diciembre.
Meses después, cuando quise volver a recordarlo, busqué en mi agenda lo que allí creía haber escrito. Estaba segura que durante todo el mes de diciembre había ido anotando mis citas dejando atrás un largo relato; éste comenzaba en una página correspondiente a los finales de noviembre y acababa en octubre, lo había escrito utilizando las páginas al revés para no estropear los espacios dedicados a los días que vendrían. La agenda estaba olvidada en un cajón junto a otros papeles. La abrí, y en el mes de noviembre no había nada que no fuesen las anotaciones normales. Citas con médicos, con mis amigas, fechas de entrega de trabajos, el día en el que realicé el último viaje con mi ex marido, entrevistas con abogados. Hoy me dispongo a rehacer, con lo que queda en mi memoria, aquella noche.


Creo que los fantasmas salen a nuestro encuentro de los lugares más inesperados. Este estaba a punto de cruzar la calle en la confluencia de Tajo y Fulton, dando la espalda a la gasolinera. Detenidos él y yo por la luz roja del semáforo, nos separaba el ancho de la calle y el tráfico. Volví a mi infancia contemplándolo. Alto y con los hombros y la cabeza ligeramente hacia delante. Cuando el semáforo dio paso a los peatones lo vi venir hacia mí, sus brazos separados del cuerpo se movían acompasados, me llamó la atención el gesto de una de sus manos con el índice apuntando hacia afuera y el mayor con el pulgar formando una o, gesto que remarcaba con mayor intensidad la ausencia de su otra mano. Su cara redonda y las mejillas afeitadas, brillantes y lisas. Destacaban sobre sus labios unos finos bigotes dispuestos en ángulo como dos sardinitas, tan negros como su pelo. Vestía una impecable americana a cuadros, camisa blanca y corbata oscura. El gesto extraño, que describí como de “andar inmóvil”, me recordó a los maniquíes antiguos. Ellos habían sido el terror de mi infancia. Mi padre se veía obligado a protegerme entre sus brazos cada vez que los veía detrás de los cristales de una sastrería, ordenados y siempre sonrientes, exhibiendo los trajes que estaban a la venta.
Pensé que ese hombre que venía hacia mí compartía con aquellos muñecos, a los que ya no temía y hasta había olvidado, un aire de “caballerosa deferencia”. La esquemática sonrisa, el gesto como de “ceder el paso a las damas” que a la vez indicaba un orgullo masculino estereotipado, todo esto irradiaba desde lo alto de su mirada. “Tiene algo también que me recuerda a mi difunto tío Héctor”, concluí.
Mi tío nos visitaba los fines de semana, ingresaba al salón luego de atravesar el marco de la puerta, ante el que debía inclinarse para no toparse con él. Antes de irse me ofrecía un billete pequeño -“para caramelos”- que siempre olía bien, como mi tío, como aquellos hombres antiguos con olor a azahar, tabaco y pastillas de menta.
Cuando el hombre que observaba llegó al fin a cruzarse conmigo, percibí ese olor inconfundible, el mismo de mi tío, si bien es cierto que mezclado también con un dejo de humedad. Seguí mi camino en sentido opuesto al que el hombre llevaba. Cuando alcancé la acera giré para volver a mirarlo, se destacaba entre los paseantes que ese sábado a la noche circulaban por las inmediaciones del cine Lauren. Y movida por un impulso inexplicable olvidé mis planes de feliz y recién estrenada soledad de divorciada y atravesé nuevamente la calle, esta vez en sentido contrario, dispuesta a seguir a aquel “caballero”. Creo que entonces dejé de pensar rectamente, dejándome llevar como una sonámbula detrás de ese personaje familiar y algo siniestro.
No me fue difícil ir detrás de él sin que lo advirtiera, el Paseo Maragall estaba lleno de familias con niños que se acercaban al cine que anunciaba el estreno de Harry Potter. Lo vi detenerse ante un kiosco y comprar pastillas de menta. Luego giró siguiendo Llobregós hacia arriba. Entonces dudé si continuar con mi juego. Conocía bien esa calle de largos paredones con grafittis, iba a ser un paseo por lo ya conocido, el recorrido del autobús, el 39. Por allí nada puede suceder, me dije. Pero la noche era clara, el cielo estrellado, y seguí caminando mientras pensaba en lo idiota de mi juego. Quizás aquel hombre detendría sus pasos ante una de esas casitas rurales que aún perduran en esa parte del barrio, allí viviría su madre. Y él cada sábado volvería a visitarla, eso era todo.
Pero no fue así, pasamos los paredones y las casitas y al fin llegamos a la Rambla del Carmelo. Y continué detrás de él, que marchaba seguro, internándose entonces hacia las más empinadas calles de este barrio. Allí donde los edificios hunden sus plantas bajas a dos o tres pisos bajo el nivel de la acera, edificios de desordenado urbanismo y de factura barata que se pierden entre escaleras y pasajes estrechos. Habíamos dejado atrás las calles animadas del centro de Horta. Llegaba a mí desde las ventanas abiertas el ruido de los platos que se disponen sobre la mesa, la televisión vociferante, el llanto de un niño… la vida familiar que se escurría, nada más. Y así, acera tras acera, iba yo jadeante por el esfuerzo de seguir los largos pasos de quien me precedía en la geografía irregular de ese barrio proletario.


Pero a la altura de la calle Pasarell algo cambió. Un murmullo humano subió desde los bajos de un edificio y fue ocupando el aire con insistencia, aunque fue interrumpido de pronto por la cadenciosa música de un tango. El hombre se alejó de mi vista bajando unas escaleras que se internaban en la oscuridad y fue absorbido por el compás del tango que entonces oí con nitidez, Los mareados: “Hoy vas entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida…”

Conozco bien los tangos más famosos. Conservo de mi familia una colección de discos de pasta. Me atrae de ellos la melancolía que surge del sonido de la aguja arrastrándose sobre la mágica esfera negra que desgrana relatos de amores imposibles, hombres abandonados y muchachas engañadas.
Continuará…
Más textos de Elsa Plaza en el blog “El magnetismo del viento nocturno”

 

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