25 Sep

Memeco

por Adrián Demichelis

43 velas no se pueden poner en una torta, por eso seguro que soplaré dos números encendidos, luego se apagarán y ya no tendrán valor. Pensé que esto pasaría con mis recuerdos. Mientras más años menos importantes los momentos, o más lejanos, o más olvidados. Pero no es así, cada día los siento todo tan cercano, que mis 5 años están a la vuelta de mi vida, o la secundaria fue hace un mes y que mis hijos nacieron ayer. También me sucede cuando creo que mi cuerpo tiene la misma reacción de mis 18 años y noto con tristeza que el cerebro ordena a sus extremidades, y estas reaccionan para la reiteración. En esos momentos entro en crisis con los años, de lo contrario, me parece que todo paso  “hace un rato”.

Viendo una foto que enviaron por “face”, recopilando momentos de mi vida, encuentro una que me emociona, me descoloca, me invita a buscarme adentro. Memeco. Así le decían, así yo le decía, nunca supe su nombre. Puedo asegurar que fue mi amigo de menos tiempo, pero esencial, importante, trascendental. Tan corto fue el lapso de nuestra amistad y tan misteriosa su partida y su vida para mí, que creo, pienso,  tal vez fue un amigo imaginario.

Recuerdo como si fuera hoy la “casi siesta” de la foto, la recuerdo por el sol que calentaba en un noviembre del 80 y pico, por el olor a pasto regado, por mi remera verde que se parecía a la camiseta de Camerún (no sabía donde quedaba Camerún pero me gustaba por  “clemente” y la canción burum bum bum, yos soy el negro…). Porque tenía puestos los “Sacachispas” sin medias y un cordón a la cintura sosteniendo la Cartuchera de “Llanero Solitario”. Pero lo que más recuerdo es que antes de posar para la Kodak gris sin Flash que gatilló mi vieja, es que con Memeco veníamos de una carcajada, no sé por qué, ni por quién, pero veníamos de una risa grande y en ese tiempo debo confesar, yo era un niño que no tenía tantas ganas de reírse. Por eso Memeco fue importante en el poco tiempo que jugamos a crecer.

En la foto mi tío Andrés me agarra la mano (yo le robaba las monedas de su cajita de cartón), yo abrazo a mi hermana (me costaba en ese tiempo abrazarla, ahora me arrepiento de los abrazos perdidos), ellos miran a la cámara. Yo miro a Memeco, él toma mi hombro, baja la mirada y con el cuerpo parece despedirse. El único que mira y se sonríe con Memeco soy yo. Nadie lo registra, por eso creo que jamás existió. Después de la foto se fue,  para siempre, quizás porque había terminado su misión.

Hoy cumplo 43 años, si alguien al ver la foto reconoce a Memeco y sabe de su paradero, me haría un gran regalo me pasen su dirección. Si es que no lo encuentro, entonces continuaré con esta teoría de mi “amigo Imaginario”… o tal vez, ahora que lo pienso bien,  haya sido un ángel que ganó sus alas después de haberme enseñado a reír.

 

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