27 Sep

Cap. 26. El Turó Park

por Dioni Porta

Habrá quien se pregunte qué hacía yo sentado en un banco del Turó Park, si no tengo perro ni niños y ese no es mi barrio. La razón es tan sencilla como difícil de creer. Esa misma noche había soñado que mis libros —de los que no había dudado en deshacerme durante el divorcio y la mudanza— flotaban como peces muertos en la superficie del pequeño lago del parque. Así que al despertarme, me aseé, me vestí con urgencia y me dirigí al Turó Park. Tomé un café acompañado de un cruasán en la cafetería que está frente a la entrada de Ferran Agulló con Tenor Viñas y luego pasé al parque, donde, después de dar un par de vueltas de reconocimiento, me dejé caer en uno de los bancos que están repartidos alrededor del lago.

Me causó más desagrado que extrañeza que a los pocos minutos de acomodarme, un individuo tuviera que sentarse precisamente a mi lado, habiendo tantos bancos libres. Sin demora, el sujeto en cuestión se colocó el maletín sobre las piernas, lo desabrochó y extrajo un libro; un acto que me remitió irremediablemente a mi sueño. El tipo apartó el maletín y empezó a sacudir el libro —que estaba mojado— mientras se disculpaba conmigo a media voz. Pero las hojas húmedas no fueron ningún impedimento para que se pusiera a leer.

Cerré los ojos y traté de recordar algún detalle más del sueño. Mis libros flotaban como peces muertos, pero no todos, porque alguno de esos ejemplares se movía con gracia por debajo de los cadáveres. La enseñanza parecía clara: la muerte siempre es presagio de algo, un algo que acostumbra a pertenecer al mundo de los vivos. Afortunadamente, esa idea no se presentaba en mi sueño de un modo empalagoso ni positivista, sino más bien como una mera constatación de nuestra insignificancia.  Al rato desperté y miré de reojo el ejemplar que mi acompañante tenía entre las manos, aprovechando para leer alguna frase al azar. ¡Bello rostro es mi rostrito, pero no es para Pepito! ¡Vaya, Pepito, como yo! No supe identificar de qué novela se trataba, pero no tenía ninguna duda de que en cuanto descubriera qué título era, la presencia de ese sujeto a mi lado —que de algún modo sentía claramente conectada con el sueño que me había llevado hasta el Turó Park— empezaría a cobrar una cierta explicación.

¿Qué lee?, pregunté al cabo de un buen rato. El tipo, que era argentino, no respondió directamente a mi cuestión, sino que lo que hizo fue cerrar el libro mojado y teorizar sobre los pecios, esos restos de barcos que se encuentran hundidos en el fondo del mar, y que según la UNESCO deben tomar la consideración de patrimonio cultural subacuático, un concepto que me fascinó. Había algo de patrimonio cultural subacuático en los libros de mi sueño, y, lo que aún era mejor, había algo de patrimonio cultural subacuático en mi propia persona.

Como no podía ser de otro modo, hablé con ese tipo de mi sueño y de mis libros en el lago del Turó Park, y él me mostró, por fin, la novela que tenía entre las manos: Pornografía de Gombrowicz. ¡Claro, Pepito, cómo no se me había ocurrido antes! La clave Gombrowicz servía para aclarar lo que estaba ocurriendo: una nueva intersección de la trama criminal con mi persona. ¿De qué va todo esto?, pregunté con brío al argentino. El tipo, que se presentó como Raúl y llevaba una boina azulada de fieltro y un chaleco beige multibolsillos, y cuyo rostro estaba dominado por una abundante barba canosa, me propuso que le acompañara a la Biblioteca Joan Maragall de Sant Gervasi, que se encontraba a unos pocos minutos del Turó Park.

De camino, Raúl se identificó: era un miembro satélite del grupo de traficantes —la palabra concreta es mía, naturalmente, pues él hablaba en términos mucho más abstractos—. No eran ellos quienes le enviaban, sino él mismo  había tomado la iniciativa de ponerse en contacto conmigo. Entendía que no tenía ningún sentido que alguien como yo se viera involucrado en una trama como esa. Hasta ahora los polacos habían tenido paciencia con mis juegos y mis injerencias, pero estaban dispuestos a pasar a la acción en cuanto volvieran a verme por ahí en medio. Sabían que yo no tenía nada que ver con ese mundo y se preguntaban porque me estaba complicando la vida tan gratuitamente. El consejo de Raúl era claro: déjalo correr; ya; antes de que sea demasiado tarde.

Y sí, estaba complicándome la vida absurdamente, interfiriendo en las actividades ilegales de una trama polaca con guarnición argentina —por eso Gombrowicz— con la pobre excusa de buscar materia prima de interés que me permitiera acabar la novela que había comenzado a escribir. Pero, ¿buscaba literatura o buscaba amor?

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