13 Oct

Estrip Art, por Esmeralda Berbel

La Casa de Luis, Esmeralda Berbel

Capítulo extraído de la novela: Detrás y delante de los puentes, Editorial Comba

Era la penumbra lo que me molestaba al entrar. Ese pasillo sin luz y él, al fondo, sin acercarse cuando yo entraba. Me esperaba ahí como una sombra delgada, con sus pantalones de pana gruesa y una camisa azul, vestía siempre parecido, los mocasines   granates y lustrados. Su casa estaba llegando al final de la calle Ricart, creo que era la segunda o tercera portería. Venía poco al bar, compraba Mirindas y  paquetes de tabaco, hablaba algo con mi padre y me miraba. A mi padre siempre le han impresionado las personas que saben mucho de números, también los médicos y los abogados. Éste no había hecho ninguna carrera pero sabía de matemáticas, y a mí esa asignatura se me daba mal mal. Era mi padre el que se encargaba de buscar a alguien del barrio. Mañana irás, es aquí al lado. Y me entregaba un papelito donde estaba anotado el nombre, la calle, el número y el piso. Esperaba a que yo leyera la nota, dijera que sí, y me decía, es diabético, el pobre. No me preguntaba nada, irás a hacer algunas clases con este chico hasta que te aclares, parece buena persona ¿verdad? decía y sin esperar respuesta  añadía, y sabe mucho.

Era la penumbra del segundo piso, de la puerta y del pasillo sin luz. Yo sabía que vivía con su madre y esperaba a que saliera ella, la cara de una mujer me hubiera tranquilizado pero ni una sola vez la oí, ni siquiera la vislumbré por el pasillo o cuando tenía que ir al baño a mitad de la clase. Enseguida me preguntó si tenía novio, lo dijo de espaldas y como no respondía se volvió con la hoja ya en la mano, ¿sí o no? No, respondí. Pero te gustará algún chico, dijo acercando la silla. En cuanto encendía la lámpara y yo ponía la libreta y el libro encima de la mesa y lo veía a él concentrándose en los números, me tranquilizaba y pensaba qué tonta que eres y qué mal pensada que eres. Y por primera vez deseaba aprender pronto todo ese lío de cruces, rayas, paréntesis y raíces, aprenderlo de una forma que no la olvidara nunca, tener para siempre esa agilidad, aclararme. Iba mirando el reloj de reojo y cuando pasaban diez minutos me atrevía a retirar un poco la silla, Luis, ya es la hora. Y él despejaba la cabeza de la mesa para mirarme en la penumbra del piso. Sí. Avanzaba rápida por la pared empapelada de flores buscando alguna otra voz, la madre, un ruido, algo. Y al llegar a la puerta tenía que esperar porque a él ahí se le ocurría alguna pregunta. Cómo me iban las otras asignaturas, o si podía venir a las seis y media en vez de las cinco y cuarto. Y yo pensaba en la luz de las seis y media. Creo que no. Bueno, decía tendiéndome la mano blanda y pastosa que me recordaba a la del cura.

Llegaba a y cuarto, puntual,  picaba dos o tres veces por si la madre era sorda, a ver si así; subía al segundo piso a zancadas y ahí la puerta entornada, el rayito débil que iluminaba las baldosas blancas y negras y la sombra de Luis. Me invitaba a una Mirinda que había comprado horas antes en mi bar, a veces en mitad de la clase me pedía un poco y bebía con ansia. Yo me fijaba bien donde había puesto sus labios porque nada más dar el sorbo insistía, bébetela, mujer. Entre la Mirinda y la luz no me acababa de concentrar. Encendía la lámpara de metal que iluminaba mi libreta y sus manos y, doblado ante mis apuntes de octavo, hacía la primera pregunta, ¿te gusta venir? Yo alejaba la silla y procuraba que sus manos diabéticas tan parecidas a las del cura no tocaran más allá de la hoja.

En cuanto salgo del túnel sin oxígeno de esa casa, en cuanto cierra la puerta que parece pesarle un siglo, bajo los escalones de siete en siete, corro por la calle Ricart, aparto la cortina de colores de un manotazo y sorteando a los hombres me escurro hasta la barra en la que me espera mi madre con el bocadillo y el vaso de agua. Me mira pero no me pregunta nada. Tengo que ir y ya está. Hasta que me aclare.

Sé que mi padre me vigila de cerca, es un hombre robusto y aunque cojea eso nunca le ha impedido nada, ni ir en bicicleta ni conducir la decauve, ni estar las catorce horas de pie en el bar ni, como él dice, trabajar como una bestia. Así que no creo que la fuerza de mi padre le pase desapercibida a nadie, aunque eso no lo pienso entonces. Mi padre es así y todo en él me parece lo normal de un padre, igual que en los otros me parece también lo normal. Él se fía y no se fía de la gente, lo sé, eso es necesario para poder trabajar en el bar y tener clientes fijos, para que nadie se enfade y a la vez, dice, para que no le tomen a uno por el pito del sereno,  pero mi padre guarda dentro de sí un zurrón que va llenando con flema. Eso lo sabe muy bien mi madre y por eso antes de apagar la luz me dice, de todo esto del Luis ni una palabra a tu padre. Y apago la luz, meto el libro debajo de mi almohada y me callo. Ni una palabra.

Los martes y los viernes me bebo la Mirinda casi de golpe para que el resto se lo beba él, cualquier cosa con tal de no volver a coger el vaso. Ah, qué exagerada, dice mi madre, no le des importancia a eso. Y me la bebo de un golpe, ya lo he calculado. Tampoco le des importancia a la luz. Tampoco. Así que me siento en la silla de madera que él insiste en acercar hasta que casi mi pantalón tejano toca el suyo, grueso, verde o marrón. Dice, ¿te gusta ir a clase? Y le dijo que sí, sin saber a qué clase se refiere, a mi escuela mixta o a estas clases. ¿Tendrás muchos amigos? Sí, respondo de nuevo. Eso está bien, buena chica. Y me palmea la rodilla, suave, con su mano blanda. Son esos cinco o diez minutos, los de la luz, el pasillo y las preguntas al empezar o después, frente a la losa de la puerta, lo que no me deja en paz. En cuanto puedo me concentro ante los números. Sudo. Estoy a punto de llorar. Empezamos de nuevo, dice. Va, concéntrate. Y me palmea con la misma mano que pasa las hojas, con la que rotula en rojo lo que no aprendo. Fíjate bien, dice. Pero los números son como esta estancia. Enciende la luz y por fin me aclaro en la primera hoja, en lo que sus manos me subrayan, en los dedos que se acercan al renglón y al margen. Él sonríe mientras da con ansia un sorbo, cierra la libreta y se levanta. Ven aquí, dice. Son y diez. Y no voy. Ven, mujer. Cojo la libreta y me quedo quieta. Ven, insiste. Salgo, me adelanto a abrir la puerta, me vuelvo, hasta el martes, digo. Salto de siete en siete, mis piernas avanzan a la velocidad de mi corazón, corro por la calle Ricart y de un manotazo abro las cortinas de plástico, entro, me escurro y busco mi bocadillo y mi vaso de agua. Me mira y no pregunta nada. Por la noche vuelve a decir que no le diga nada a mi padre. Eso me lo dirá muchas veces. Y cogeré el libro que me ha dejado Ana, lo pondré debajo de mi almohada bordada y cerraré los ojos. Al rato los abriré, encenderé la luz y volveré al silencio de las letras.

Es viernes, hace casi dos meses que voy a la segunda o tercera portería de la calle Ricart, al final. Y hace casi un mes que en las clases que da Don Mario no dejo que nadie me hable, que nadie me distraiga y me he atrevido a pedir a Amador, el chico de la primera fila, que me ayude con algunas cosas. Sudo. Las manos de Amador morenas y fuertes van hacia una página y otra del libro y me lo explica entre los gritos de los que sí han ido al patio. Solo me ha hecho una pregunta, ¿te ha reñido tu padre? No, le digo. Y ya está. Y para compensarle le traigo los Bazocas y los últimos Palotes que han traído. Cuando suena el timbre, Amador se va corriendo a su pupitre y yo me quedo en el mío. Todos saben que desde hace unas semanas no salgo al patio porque he sacado un cero y creen que mi padre me ha dado unos azotes.

Es viernes, el último día del mes. Le doy el dinero de las clases en un sobre que ha hecho mi padre, sellado con celo y puesto, Para las clases que Luis da a mi hija. Y mi nombre. Lo ha escrito con su letra clara e inclinada, con boli azul. Se lo he llevado porque este mes él casi no ha ido al bar, pregúntale si le pasa alguna cosa, dice mi padre tendiéndome el sobre, o qué. Le pregunto si le pasa alguna cosa. Sí, dice mirándome tras las gafas que le agrandan los ojos. Pero no me dice el qué y yo tampoco le pregunto. Y está más serio y deja el sorbo anaranjado de Mirinda ahí, sin tocar. ¿Te gusta venir o no? Le miro tras mis ojos estrábicos y me pregunto por qué no está su madre, por qué no abre la puerta y pregunta qué tal todo como hace mi madre  cuando viene alguien a casa. Sí, le digo con un hilo de voz. Puedes venir cuando quieras no hace falta que sean los días de clase. Y no sé si digo vale o no puedo o ya voy mejor. Me indica la silla, acerca sus rodillas, la mano blanda, y abre el libro. Miro la manecilla del reloj y miro la liberta de cuadritos con mis números, mis rayas, el problema, la solución que él con destreza va encontrando y diciendo, ves, ¿lo ves? Sí, digo. Ya es la hora, pasa un poco.

Pongo el libro bajo la almohada antes de que entre mi madre a darme las buenas noches. Frunzo los labios y le vuelvo la cara cuando se acerca a darme el último beso del día. ¡Qué arisca! Va, no te lo tomes así. Pero sale de la habitación sin nada, sin ninguna palabra, como ella quiere.

Es viernes. Hago la raíz cuadrada tal como me ha enseñado Amador. No espero ni un minuto más a decir que es la hora. Espera, dice y coge mi mano hasta rastrearla a ese color de pana. Ven, dice sosteniendo mi mano y arrastrando la silla hasta hendir las rodillas en mi pantalón. Me mira y yo bajo la vista. ¿Te gusta? Sí, le digo. Entonces acércate. Es que pasa de la hora, Luis, digo enseñándole con la mano libre el reloj que me ha dado mi padre. Es que pasa… y me suelta. Salgo al pasillo, me llama para que recoja las cosas. ¡Te dejas las cosas! Pero no vuelvo, las dejo ahí. Me castigarán si no llevo los deberes que además hoy he hecho con tanta rapidez. ¡Llévatelas! dice. ¡Llévatelas! repite su madre que sale del fondo de la casa y me pega un susto de muerte. Coge las cosas, repiten ¿por qué te las vas a dejar aquí?  No digo nada, los miro mientras abro la losa de la puerta.  Concéntrate, me digo, y echo a correr. ¡Oh, qué niña! ¡Qué niña! le contará a mi padre. No sé qué le pasó. Mi hijo se quedó tan sorprendido. No lo sé qué le hicimos. Mi madre no dirá nada. Mi padre me pedirá alguna explicación.

Al salir, antes de ir a comer, tengo que ir a la segunda o tercera portería y recoger mis cosas. A la una la casa tiene la misma luz que a las cinco y cuarto de la tarde. Me abre la madre. Sonríe. Mi hijo no está pero no tardará. Recojo mis cosas. Miro la habitación por última vez. Salgo.

El corazón me palpita pero no quiero ir por la calle Ricart como si huyera sino todo lo contrario, es la una del mediodía y tengo al fin mis cosas, y también un pequeño castigo que cumpliré mientras oigo los gritos de los que corren por el patio de mi escuela y desde el ventanal veré a Amador y a mis amigos que corren libres, mientras escribo cien veces lo que no tengo que olvidar.

Cuando llego al bar mi madre me pregunta si ya lo tengo todo. Sí. Si le debemos algo. Bueno, la última clase, le digo. Y mi padre que está limpiando la cafetera, dice, pues esa la tendrá que venir a cobrar él.

Y no decimos nada más porque en mi barrio que es mi ciudad son así las cosas, silentes y escasas, pero de alguna manera también conseguimos entendernos.

 

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