19 Oct

2015 Repentless, Slayer

 

por Javier Avilés

Nos estamos matando entre nosotros. Cada día un poco más. El personaje (¡Vive rápido!¡En lo más alto!¡Sin arrepentimientos!¡Ve a por todo!) se planta en medio del concurrido paseo. Justo en el centro. Inmóvil, contempla la riada de personas que fluyen arriba y abajo, sin más objetivo que el propio deambular. Una única dirección, cualquier sentido. Sin mirar atrás, sin arrepentimientos, sin disculpas. Sin perdón. Con las manos enlazadas en la espalda por debajo de la chaqueta larga que le cubre hasta las rodillas. Espera. El metal aceitoso en uno de los bolsillos. La camiseta negra debajo. Letras blancas: “I hate the life, hate the fame, hate the fuckin’ scene”. Espera, al igual que esperó en el edificio más alto de la ciudad. Esperando el derrumbe, sumido y enfrentado a la locura todos los putos días, incapaz de olvidar las atrocidades de la guerra que reviviría en cada canción si siguiese escribiendo canciones. La guerra que ahora se libra en las calles. El odio y el asco es demasiado intenso para. Entonces la espera. Espera sin mirar atrás, sin arrepentimiento, sin disculpa, sin perdón. Espera la furgoneta a toda velocidad. Espera la explosión. Espera la demolición. Espera su muerte y morir matando. No tengo tiempo y no quiero nada de ti, le dice a cada una de las personas que pasan a su lado. Pero quiero que sigas aquí, formando parte de la marea que asciende y desciende por el paseo cada día. Olas chocando unas con otras, avanzando en sentidos opuestos, sin que su ímpetu disminuya por el choque, sin que el flujo se interrumpa, sin que se detenga jamás. Y el personaje permanece justo en el medio y las olas avanzan y le sobrepasan y no le afectan. Piensa que tocar su guitarra es justo lo que le mantiene vivo. También la intensidad, la anarquía, el odio amplificado y la incapacidad de soportar más a la jodida sociedad. Acaricia el arma en el bolsillo de la chaqueta. Por un momento una de las olas lo zarandea. Es contradictorio, piensa. Odio esta sociedad y quiero convertirme en el salvador de esta sociedad. Quisiera matarme, pero odiaría no saber el final de la historia. Quisiera que me matasen y convertirme en leyenda, pero de qué serviría no saber que te has transformado en un mito. Sólo los asesinos perduran para saber el final de las historias de las que han formado parte. Los asesinos escriben la Historia. Las riadas que ascienden y descienden por el paseo lo acometen sin descanso. Se siente desplazado, una boya a merced de la marea, bamboleándose como un borracho sin hogar en busca de un callejón o un banco a la sombra. Se sienta. Mareado. Ahogándose. Ve la sangre y el horror. Y se ve a sí mismo en medio de esa barbarie impotente y desbordado. Su arma pesa inútil en su bolsillo como culpa y responsabilidad y se da cuenta que no es wysiwyg. Es wygiwys. Lo que hay es lo que ves en lugar de lo que ves es lo que hay. Y que en cualquier caso no puede cambiar lo que hay. Ni su odio ni su rabia puede cambiar nada. Lo que ve no es lo que hay. Lo que ve es una porción de lo que hay. Ve el esplendoroso día cuya luz se derrama por el paseo, entre las ramas y las hojas de los majestuosos árboles. Pero lo que hay es una suciedad encostrada en las baldosas que no se puede limpiar. Hay odio y miedo y violencia y muerte. Hay una amenaza latente empañando la luz y la propia existencia. Eso no es lo que ve. Lo ha visto y lo verá. Pero no lo que ve ahora, esperando el momento de detener al asesino. Tanta violencia, piensa. Y piensa en las letras de las canciones que toca y de las imágenes que se desprenden de ellas y piensa en que ha fomentado esa violencia, ese odio, ese rencor permanente y piensa que está, estaba, en su derecho a reivindicar la violencia, el odio y el rencor. Pero nunca fue más que un juego, se dice, un ejercicio lúdico para canalizar tanta frustación. Pero, piensa, que quizás lo que han logrado después de tanto tiempo es trivializar la violencia, han conseguido que el mal sea algo cotidiano y reivindicable, que el odio y la respuesta brutal sea una reacción común y aceptable. Solo queda, piensa, combatir la violencia con violencia. ¡Vive rápido!¡En lo más alto!¡Sin arrepentimientos!¡Ve a por todo! Se levanta de nuevo y se encamina al centro del paseo. Abre las piernas. Espera impertérrito con el arma preparada en su bolsillo. Espera al asesino que intentará arrollarle.

 

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