27 Oct

Estrip Art, por Elsa Plaza

El grifito de Totchi

Al dar vuelta la esquina recién se atrevió a mirar hacia atrás. A pesar del gorro, con el que había ocultado la válvula que  tenía colocada en la cabeza, sabía que su cara era inolvidable. Refugiarse en la clínica Dermoestética, de la calle Muntaner, era la primera parte de su plan de fuga. ¿En qué mal momento de su agitada vida se le había ocurrido coserse los labios con hilo de zapatero y pedirle a su amigo, el tatuador  oficial del talego, que le inyectara tinta verde  bajo la piel de los pómulos? Un proceso de absorción, inducido por  oxidación de compuestos orgánicos, coincidiendo con el aire mefítico de la cárcel, hizo que el hilo de zapatero se absorbiera, y así quedó para siempre, su  cara como  zapatilla de deporte.  Aquellos eran otros valores, y Totchi (como le llamaban sus coleguis) era el más punk de todos los punks de la Modelo. Decía que él había tocado en Londres con los  X Ray Spex ,y que Marianne Elliot- Said, en persona, la reina del punk de finales de los 70, le había hecho los dos peircings en los pezones, a los que había traspasado un grueso aro de plata. Buenos días aquellos en los que aún, en Semana Santa, lo dejaban hacer de Cristo en la capilla de la prisión, y los coleguis le pasaban la cuerda por los aros de plata y lo izaban a la cruz. ¡Ah, el buen y auténtico  bondage! Totchi sabía como hacerse respetar,  nadie se atrevió nunca  a quitarle nada, ni siquiera las cajas con chinches y pulgas que guardaba celosamente. Eran un arma eficaz contra el guardia odiado, en un descuido se las echaba dentro del uniforme.

La válvula en la cabeza se la había ganado en el Clínico, la noche que se lo llevaron de urgencia. Una hidrocefalia, dijeron, y le implantaron el grifito que, de tanto en tanto, debía vaciar. Por ahí, pensaba, se le iban los recuerdos, por eso le pedía a los médicos que no echaran al sumidero lo que le iban extrayendo. Y, a veces, le hacían caso. Cuando esto ocurría, regresaba a la celda con un frasco transparente, que  llevaba, como  etiqueta, un trozo de cinta adhesiva donde él mismo había escrito con su letra temblorosa de adicto a todo: “Memoria de Totchi, julio de 1998”, por ejemplo.

Al fin, había alcanzado la puerta de la Clínica Dermoestética, y nadie parecía seguirlo, pero su camiseta a rayas, sudada y con un agujero, rastro indeleble de la fuga, saltando el alambrado de púa que bordeaba el muro,  no era la indumentaria  adecuada para presentarse como cliente/paciente de la Clínica. Entonces, tuvo una idea brillante, como todas las ideas que había tenido en su vida: Entró, seguro de sí, ajustando sus gafas oscuras y marcando fuerte el paso con sus botas vaqueras:

─¡¡¡Hola  my pussy, no tengo tiempo de firmar autógrafos, me espera el doctor!!!   acto seguido, ante la mirada estupefacta de la  recepcionista, pasó  su dedo índice ─ previamente humedecido por su saliva ─  por los labios de la muchacha. Tal como había visto en una película de Tarantino. Ella  le mordió el dedo y, a continuación, le encajó una bofetada que hizo saltar su gorro de lana gris, dejando al descubierto la válvula de la cabeza. Y allí mismo, el grifito, abierto sin querer, empezó a arrojar toda la memoria de Totchi. La Clínica Dermoestética, donde la propaganda dice que Aquí tú te debes a tí mismx y tu capricho es tu derecho, se fue inundando del olor a retrete de la cárcel, del olor a semen de  la cama de Totchi, del sonido  de los  palos de los anti avalots  rompiendo huesos, mientras un cantante punky aullaba: Ni Ideales patrióticos ni tenía ni tengo. El culo me limpio  en cualquier ban… ¡ñera!, se apresuraron a completar los clientes/pacientes entre escandalizados y gozosos de la modernidad de los ser-vicios que ofrecía la Clínica.  

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