20 Nov

Corrosión, Cap. 31. Literatura e información

Uno de los pasajes más interesantes del primer manifiesto surrealista es aquel en que André Breton reniega de la literatura realista y positivista, acusándola de limitarse a ser una transmisora de información “que se alimenta incesantemente de las noticias periodísticas y traiciona a la ciencia y al arte”. En su opinión, reducir la creatividad a la demostración de “unas pequeñas dotes de observación” es una buena muestra del drama que vive la literatura. La frase de Paul Valéry asegurando que siempre se negaría a escribir la frase “la marquesa salió a las cinco” ilustra de un modo simpático esa oposición visceral ante el estilo puramente informativo que habría patrimonializado el género novelístico.

Esa lógica de los detalles reales y las descripciones fidedignas, que según Breton no hace sino aplastar a los personajes, a los lectores y a los propios autores, ha servido para desterrar todo aquello que se encuentre al margen de las realidades más someras. Un marco de decadencia intelectual y moral que Breton verá enfrentado por los descubrimientos de Freud, que en su opinión devuelven a la imaginación la fuerza para ejercer los derechos que le corresponden. Así expresaba André Breton sus esperanzas: “creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad, si así se puede llamar.”

Casi ha pasado un siglo desde entonces, la literatura ha cambiado mucho y el realismo ha dejado de ser una fuerza tan hegemónica como en tiempos de André Breton, pero igualmente, creo que resulta interesante pensar en nuestros tiempos esa idea del alineamiento entre información y literatura. Nos apasionamos con aquellos autores que nos explican cosas de un modo literario, ameno y creativo. Una novela, por ejemplo, que incorpore la crónica o el ensayo, pasa a ser un libro con buenas expectativas críticas y de venta. Y podríamos preguntarnos si convendría gozar sin más de esa buena literatura que además nos informa, o si se trata de una derrota de la literatura. En la era de la información, una literatura que redunde en colocar la información como centro del acto creativo, ¿no estaría renunciando a la obligación artística de marcarle a la sociedad todos aquellos caminos obviados?

En lo que se refiere a mi novela, ésta no informará de nada ni pretenderá ofrecer ningún dato. La reseña de las cuarenta y tantas bibliotecas de Barcelona, por ejemplo, no intenta situarlas o reivindicarlas en ningún sentido —nuestras bibliotecas se valen por sí mismas—sino que forma el esqueleto de lo que fueron aquellos días para mí. Un esqueleto emocional disfrazado de bizarra aventura policiaca y bibliotequesca.

Puedo ser más concreto si queréis. Corrosión da cuenta de un modo encriptado de mi espiritualidad más profunda. En qué mesura lo lograré no me importa demasiado. Cuando explique que pasé una noche entera encerrado en la Biblioteca Ignasi Iglésias – Can Fabra no estaré intentando informar por la vía narración, sino todo lo contrario. Que imagine el lector por qué me quedé ahí encerrado, si fue un accidente o algo premeditado. Cómo lo pasé, cómo me sentí. Qué logré, qué sufrí. Qué pasó luego.

 

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