08 Dic

Entrega #5, de Alice Munro, 2004

por Javier Avilés

Tentativa de análisis de un relato de Alice Munro.

(Escribo esto en la cocina. He leído (o creo haber leído) en una entrevista, que Munro escribió muchos de sus relatos en la cocina de su casa. No se trata de “una habitación propia” donde aislarse de la cotidianeidad. La cocina es el lugar comunitario por excelencia de todo hogar, un sitio donde puedes ser interrumpido en cualquier momento, la estancia en la que se realizan el mayor número de acciones de un hogar. Me pongo a escribir en la cocina porque quiero sentir cómo Munro es capaz de efectuar un acto de creatividad de manera discontinua, no como tarea principal sino como labor entre labores, entre diferentes instantes de interrelación social. Por supuesto, todo esto me lo imagino, no sé nada sobre Munro y su cocina y, al final, nadie viene a interrumpirme)

(El libro de relatos Escapada tiene una peculiaridad dentro de la narrativa de Alice Munro. Contiene tres relatos centrados en el mismo personaje en tres instantes distintos de su vida (que darán pie al guión de la película Julieta (*), de Pedro Almodóvar) y un relato que abarca desde la juventud hasta la ancianidad de otro personaje. Hay pues una voluntad de abarcar un largo periodo de tiempo, de dejar constancia del paso del tiempo y de los cambios que éste produce en las personas. Quizás estos intentos desembocarían en la consecutivamente posterior (y para mí fallida, quizás por esa forzada continuidad que desatomiza los relatos que contiene) La vista desde Castle Rock. Sin embargo, en Escapada, esos relatos funcionan bien, incluso los tres encadenados que pueden ser leídos independientemente. Mis reparos a La vista desde Castle Rock tenían además que ver con lo excesivamente personal y autobiográfico, como si la narrativa de Munro funcionase mucho mejor desde la absoluta ficción. O desde una ficción menos personal que la que era la base de  La vista desde Castle Rock, una crónica familiar de la autora.

Como lectores no podemos dejar de sentir que hay mucha “realidad” fluctuando en los relatos de Munro. Digamos que una “realidad” ajena, menos personal que la de La vista desde Castle Rock, pero terriblemente mundana y terrenal, como si al escribir se constituyese en una gran obeservadora (y cronista) del comportamiento humano.

Lo que sigue es un intento de entender como logra que esos retazos de realidad se asienten y se impongan en sus relatos, sin perturbar la naturaleza narrativa (ficcional) de éstos.

Escapada (Runaway, 2005)

Personaje 1, Carla, oye llegar el coche de su vecina, Sylvia, Personaje 2, semioculta tras la puerta del establo.

En un solo párrafo de seis líneas, Munro plantea muchas de las condiciones en las que se desarrollará el relato: El carácter temeroso-esquivo de Carla; la vuelta de Sylvia de sus vacaciones en Grecia; sitúa las casas de ambas geográficamente (800 metros de separación) en un ambiente rural (establo); mediante un simple “Mrs. Jamieson (Sylvia)” establece la ambigua relación respeto-amistad de Carla frente a Sylvia.

Hechos: Carla se oculta y observa a Sylvia pasar con el coche. Piensa “Tal vez Clark no se hubiera enterado aún”. Clark, marido de Carla es el Personaje 3. Carla no quiere que Clark sepa que Sylvia ha vuelto, pero sabe que se enterará.

Clark y Carla. Su negocio en declive. El establo, el cuidado de caballos y alquiler para turistas. Se plasma explícitamente el carácter arisco de Clark.

Clark y Carla viven en una caravana en el terreno donde se encuentra el establo, pero sabemos que Sylvia vive en una casa. Sin mencionarlo directamente se ha situado a los personajes 1 y 2 en distintas clases sociales. Se nombra al que podía ser, por razones estrictamente analíticas, el Personaje 4, Flora, la cabra. Más que un personaje es una ausencia. Flora lleva días desaparecida. Munro comenta la especial relación de cariño que Carla mantiene con Flora y el sufrimiento por su desaparición. Carla y Clark hablan sobre el regreso de Sylvia. Clark mantiene un tono irónico-despectivo respecto a su vecina creando un agobio emocional en Carla.

Nota (con, quizás, algún spoiler): Hasta aquí todo es bastante objetivo. Podemos tener nuestras sospechas respecto al carácter dominante de Clark, tanto por sus palabras como por las reacciones de Carla, pero ¿son suficientes para establecer un juicio? Lo comento después de haber leído el relato y releerlo para analizarlo. Creo que en una primera lectura uno puede percibir la personalidad mezquina de Clark ya que Munro nos lo muestra pero sin intervenir. En principio uno desconoce los derroteros que tomará la narración, pero una vez concluido podemos ver cómo Munro sienta las bases para la catarsis del relato. Todavía no podemos juzgar pero nos está dando pistas para permitirnos hacerlo al final. De hecho, Munro nos está dando una especie de lección sobre la vida real, sobre ciertos indicios que nos pueden hacer ver una situación de dependencia-violencia en una pareja. Pero estoy adelantando acontecimientos.

Sylvia. Su reciente viudez. La agonía de su marido. Nadie en el pueblo sabía hasta su muerte que era un poeta galardonado. Clark y Carla hablan de chantajear a Sylvia. Carla accede aunque no quiere.

Sylvia y Carla. La ambigua relación de amistad mezclada con las distintas posiciones de ambas (empleador y empleada) Carla ha atendido a Mr. Jamieson durante su enfermedad. Sylvia era profesora. La relación sobrepasa a la de maestra-alumna sin alcanzar la abierta amistad (¿por imposible?) Carla habla sobre la desaparición de Flora. Llora. Confiesa que no se trata de la cabra. Sin hablar del chantaje explica su decisión (que omitimos para no desvelar (más) acontecimientos). Sylvia la ampara, le ofrece su ayuda, la impulsa a tomar su decisión.

La decisión de Carla. El acto

Vuelta al pasado para mostrar los inicios de la relación entre Carla y Clark. ¿Entendemos la relación de dependencia de Carla? ¿es voluntaria? ¿se debe a una debilidad de carácter?… la cuestión es que se trata de un HECHO. Y de ahí, la decisión de Carla que aboca en el momento culminante del relato.

Clark y Sylvia. La mezquindad de Clark se muestra sin dudas. Su tono violento y triunfante crece sin medida y con amenazadoras consecuencias hasta que el suceso crucial rompe completamente lo previsible. Creo que estamos ante uno de los más grandes momentos narrativos que ha escrito Munro.

Tras el clímax narrativo hay una desconcertante calma narrativa sin más ilación con los hechos sucedidos entre Clark y Sylvia que la continuidad temporal. Obviamente ha ocurrido algo que ni los lectores ni, sobre todo, Carla, en quien se focaliza el fragmento final, saben. Descubrirlo supondrá una nueva culminación narrativa, no tanto un contraclímax, sino una nueva vuelta de tuerca que proporciona tanto certidumbre en las sospechas que genera la historia como una nueva visión de los acontecimientos (en virtud de esa certidumbre). Ahora estamos en una disyuntiva: Nosotros sabemos y Carla sabe; nosotros reaccionamos de una manera y Carla de otra que consideramos emocionalmente insatisfactoria. Este nuevo punto al que nos conduce Munro nos demuestra que NO tenemos el control, incluso puede que demuestre que Munro no tiene control sobre lo que sucede (en la vida real) y que eso sólo se puede mostrar mediante una final insatisfactorio (y terriblemente real)

¿Cómo ha sido capaz de llevarnos desde el momento en que nos muestra al Personaje 1 semioculto en el establo hasta este final en el que de nuevo hay algo semioculto en el bosque que el Personaje 1 no quiere saber? Parece un viaje sencillo y una historia banal contada mil veces de forma melodramática. Pero Munro ha sabido pulsar algunas teclas emocionales de forma imperceptible. Podemos pensar que nos ha ocultado datos, hechos, pero no es cierto. Repasando el relato vemos que todos indicios y claves están ahí, a la vista, presentes pero no explícitos. Y que, como sucede en la vida real, necesitamos una prueba fehaciente de que nuestras sospechas son ciertas. Por eso no intervenimos hasta que es demasiado tarde. Somos espectadores de las tragedias cotidianas. Lo que hace Munro no es sólo mostrarla sino mostrarnos también nuestra pasividad.

Y aquí estamos de nuevo, ante el final de un relato de Munro, como míseros lectores asombrados.

(*) La piel que habito, de Pedro Almodóvar

 

 

Más reseñas de Javier Avilés en su blog El lamento de Portnoy

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *